jueves, 5 de enero de 2017

Comentario a las lecturas del domingo del Bautismo del Señor 8 de enero de 2017.

La solemnidad del bautismo de Jesús en el Jord, señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es también el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo ordinario.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario. La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, el 1 de marzo, y con ella se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa.

En la primera lectura tomada del libro de Isaías (Is 42,1-4.6-7) presenta el plan de Dios realizado a través de su ungido.“Mirad a mi siervo a quien prefiero”.
Tenemos aquí la primera de las cuatro piezas literarias que se conocen con el nombre de "cantos del siervo de Yahveh". Se trata de un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión. Se describe la figura del discípulo verdadero de Yahveh que ha sido elegido para enseñar "el derecho" a las naciones (esto es, la religión legítima), que ha sido fortalecido para aguantarlo todo con tal de cumplir su misión y que, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios. La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta exegéticamente imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Probablemente se refiere a todo un grupo dentro de Israel.
El autor ha vivido entre los deportados a Babilonia, ha conocido las victorias de Ciro, rey de Persia, pero no parece haya visto la caída de Babilonia. Los primeros oyentes del anuncio de la llegada del "Siervo" se encontraban en una calle sin salida.
Habían perdido la patria, el poder político y el centro de su vida religiosa -el templo- era un montón de ruinas. En esta situación les llega el mensaje del siervo que anuncia la liberación. Se presenta como elegido de Yahvé, consagrado por el espíritu, para que establezca en los pueblos el derecho=la ley de Dios. Es una decisión que ha tomado el Señor ante testigos. Tiene un carácter político. Es como una acción judicial entre Dios y los pueblos y constituye una declaración jurídica según la cual la pretendida divinidad de los dioses es nula y falsa porque sólo Yahvé es Dios. Este parece ser el sentido y contenido de los vv. 1-4.
"Siervo" es aquí un título honorífico, no tiene que ver nada con la condición y el "Status" sociológico de los esclavos.
La misión del Siervo se formula con una serie de negaciones y la figura que de ellas resulta es totalmente contrapuesta a la tradición oriental. Según ella, en los procesos, después de proclamar la condena, el heraldo rompía una caña y apagaba una lámpara, signos de muerte. Esto es lo que no hará el Siervo... El siervo proclamará la misericordia de Dios a todos los pueblos y les hará conocer el derecho de Yahvé. Realizará su misión con firmeza = fidelidad y verdad. Con un juego de palabras, que remite al v. 3, dice que no se apagará ni quebrará hasta que haya cumplido su misión.
La misión del siervo hunde sus raíces en la elección o llamada del Señor (vv. 1-6). Por voluntad divina el siervo está equipado con el don del espíritu, al igual que los jefes carismáticos y profetas de Israel (Jc 6, 34; 1 S 11, 6; Is 6; 11, 2ss.). Pero la elección de ésos no era hecha pública como le ocurre al siervo: "miras a..." del v. 1 exige unos testigos y nos recuerda la presentación pública de los reyes ante el pueblo (cf 1 S 16: David, equipado con el don del espíritu, es proclamado rey). Así pues, el siervo es mediador carismático, y posee además prerrogativas reales.
Su misión es muy dura, ya que debe "implantar el derecho en la tierra...". Machaconamente el autor repite este idea: traer, promover, implantar la justicia. ¡Casi nada! Y este reinado de justicia, y no de violencia, debe traducirse en obras concretas: abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas (v. 7). Ceguera, prisión, tinieblas, evocan realidades negativas que deben ser transformadas a través de actuaciones liberadoras: abrir, sacar. Toda la teología bíblica rezuma liberación; todo ser humano con vocación de redentor debe ser necesariamente liberador, ya que ambos términos se identifican.
La forma de actuar del siervo en nada se parece a la del común de los mortales: "no gritará, no clamará..." (v. 2). El siervo no se hace propaganda electoral, no busca compensación alguna.
Muchas veces su premio será el sufrimiento, pero no importa, ya que no vacilará ni se quebrará (v. 4). Siempre confiado, transmitirá este sentimiento incluso a aquéllos que están a punto de extinguirse: "la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará". La postura del siervo es firme, inquebrantable en el cumplimiento de su deber.
 “La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará" (Is 42, 3) La caña cascada ya no sirve para nada, le falta consistencia. Mejor es tirarla, terminar de quebrarla, hacerla astillas para el fuego. Y el pabilo vacilante da poca luz, apenas si alumbra. También dan ganas de apagarlo de una vez y encender otra luz más fuerte y segura.
Dios sabe esperar, Dios tiene una gran paciencia. Y al débil le anima para que siga caminando, al que está triste le infunde la esperanza de una eterna alegría, y al que lucha y se afana inútilmente le promete una victoria final, una victoria definitiva.
"Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes que esperan las islas" (Is 42, 4) El anuncio de Isaias sigue realizado en Cristo. Cristo sigue promoviendo el derecho sobre la tierra, despertando en los hombres la inquietud por una justicia auténtica. Su voz sigue resonando en las conciencias, reclamando el derecho de los oprimidos. La Iglesia es la continuación de Jesús, es el signo sensible de su persona, su voz clara y valiente. Lo dijo Él: Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien a vosotros escucha, a mí me escucha.

El responsorial es el salmo 28 (Sal 28,1-4.9-10). Salmo que celebra al Dios de la tempestad está lleno y unificado por la presencia de Dios. Un movimiento interno presenta el «poder divino» con la siguiente gradación: En la introducción, como algo que recibe de los «hijos de Dios» (dioses inferiores); en el cuerpo del salmo Dios ostenta el poder en propiedad y lo manifiesta en la vehemencia de los siete truenos («voz de Dios») espaciados; en la conclusión, se lo dona a su pueblo. En medio de este poder transcurre la «gloria de Dios», que «los hijos de Dios» deben reconocer y el pueblo proclama.
El salmo tiene tres partes distintas que conviene tener en cuenta a la hora de rezarlo: Invitación a la alabanza: «Hijos de Dios... en el atrio sagrado» (vv. 1-2). Descripción de la tormenta: «La voz del Señor sobre las aguas... un grito unánime: Gloria» (vv. 3-9). Conclusión inclusiva: «El Señor se sienta... como rey eterno» (v. 10). Conclusión programática: «El Señor da fuerza... a su pueblo con la paz» (v. 11).
Más allá de la imagen «mítica» -Dios deja oír su imponente voz en la tormenta-, la solemne teofanía del presente salmo sigue una invitación a escuchar la voz de Dios. Si en otro tiempo habló desde la cumbre sinaítica para que su pueblo le obedeciera y cumpliera sus mandamientos, en los tiempos finales nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien debemos escuchar o dar acogida. Su voz, cuyo eco ha llegado a toda la tierra, es como un estruendo de cascadas numerosas, y es, a la vez, la voz íntima que, por el Espíritu, grita en nuestro interior el inefable nombre del Padre. Escuchar hoy su voz es descubrirlo en el entorno, sobre todo el personal, y convertirse en eco (trueno) de ese rumor de aguas: ¡Saltan hasta la vida eterna!
Un poder capaz de dominar las aguas destructoras, los árboles más engreídos, de sacudir los montes -morada de los dioses- y de hacer revivir el desierto. Es un poder sobre todo lo creado. Ese poder, creador y recreador, es el propio del Resucitado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Para quienes confesamos su nombre es un poder liberador; sus oponentes, por el contrario, lo experimentarán como un poder destructor. Por eso los creyentes contemplamos y esperamos el advenimiento del Hijo vestido con «gran poder y majestad» (Lc 21,27): es el momento de nuestra liberación. Pidamos ahora que nos conceda su fuerza para sacudir, dominar y vencer a tantos antidioses como tenemos.
La gloria divina es la irradiación fulgurante de Dios. La creación entera está marcada por las huellas de su gloria. Para Israel esa gloria es definitivamente salvadora. Desde Jerusalén -circundada por la gloria divina- se irradiará a todas las naciones. Todos vendrán a ver la gloria de Dios. 

La segunda lectura del Libro de los Hechos de los apóstoles (Hch 10,34-38) presenta a un Dios es distinto, a como muchas veces lo imaginamos. "Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia..." (Hch 10, 34). La justicia de Dios es también diversa, diferente de la justicia de los hombres. Ésta consiste en dar a cada uno lo suyo, según la conocida definición de la justicia retributiva. La justicia de Dios va mucho más allá. Da a cada uno lo que le corresponde y mucho más. Por eso la justificación del hombre es totalmente gratuita, se debe no a los méritos del ser humano, sino a la infinita misericordia de Dios.
Su justicia equivale a su santidad, es decir, a su trascendencia, o más claro aún, a su inmenso amor, esa esencia inefable y misteriosa que rebasa infinitamente nuestra capacidad de entender y de amar... Conviene que cumplamos toda la justicia, dice el Señor al Bautista, que se resiste a bautizarlo según los designios de Dios. Claramente se refiere esa justicia a los planes divinos de la salvación, a la respuesta fiel del hombre a las exigencias divinas. A lo mismo se refiere Jesús cuando afirma que lo primero es buscar el Reino de Dios y su justicia. La justicia de Dios, no la de los hombres, tan raquítica y tan meticulosa.
"Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien..." (Hch 10, 38) Jesús de Nazaret practicó siempre la justicia; pero no la humana, sino la de Dios. Es esa justicia la que le hace clamar "injustamente" en la cruz: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Así es la justicia de Dios: perfectamente combinada con la misericordia, con el perdón, con la benevolencia...
Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, sed misericordiosos como Él lo es, justo con la justicia de Dios. Lo demás es cuento, demagogia barata, conformismo, estrechez de miras, ramplonería... Entonces, sí habrá paz, comprensión, perdón, alegría, amor. La justicia, sí; pero la de Dios. Esta es la justicia que Cristo ha predicado y esa la que la Iglesia proclama, esa la que los hombres de Dios han de predicar, esa la que todos hemos de practicar. Sin dejarnos engañar con argumentos falaces que hablan a gritos -porque no tienen razón- de una justicia que no es la de Dios.
 “Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo”

En el evangelio de San Mateo (Mt 3,13-17), después del "evangelio de la infancia", se pasa a la presentación de Juan Bautista en el desierto de Judea. San Mateo es el único que recoge el diálogo del Bautista con Jesús, quizá para explicar el absurdo que parece el hecho de que Jesús, que no tenía pecado, acuda a recibir este "Bautismo de Penitencia".
El bautista anuncia un bautismo de penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca. No se trata de un mero rito vacío, sino que exige el cambio de vida radical.
El bautismo de Juan incluía la confesión: el reconocimiento personal de los pecados. Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente.
Jesús quiere ser bautizado, y se mezcla entre la multitud gris de los pecadores que esperaban a orillas del Jordán.
Ante la solicitud de Jesús de ser bautizado, Juan reconoce la grandeza de esta persona, sabe de quién se trata de ahí que se negará a hacerlo: “Soy yo quien necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Y la respuesta de Jesús un tanto enigmática es la siguiente: “Ahora haz lo que te digo pues de este modo conviene que realicemos la justicia plena”.


Es un escándalo que Jesús esté en la fila de los pecadores. Por eso Juan intenta disuadirlo. "Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú acudes a mí?". La respuesta no es sólo que Jesús quiera darnos ejemplo de humildad. El gesto de Jesús es mucho más profundo: Jesús en el Jordán se hace solidario con los pecadores. Es el "Siervo de Yahvé" de la lectura de Isaías que acepta la misión de cargar con los pecados de todos los hombres.
Puesto que este bautismo comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Solo a partir de la cruz y la resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento. Al entrar en el agua, los bautizados reconocen sus pecados y tratan de liberarse del peso de sus culpas. Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo “Éste es mi Hijo amado” es una referencia anticipada a la resurrección.
El Espíritu Santo es representado “como una paloma”, probablemente, a causa del primer versículo del génesis, donde el Espíritu de Dios, aleteaba sobre las aguas “como una paloma”. Este símbolo evocaría entonces la nueva creación inaugurada en el bautismo de Jesús. 
Jesús se bautiza como uno más, pero entonces se oye la voz poderosa del Padre que lo declara desde el cielo "su hijo amado, su predilecto." Es el mismo Padre quien no quiere en ese momento el anonimato producido por la modestia de Jesús. Es necesario conocer que la fuerza de Dios también está en el Señor. Lo dice Mateo en su texto.
 
Para nuestra vida.
A las comunidades cristianas les preocupaba por qué Cristo se hizo bautizar. La razón de que “cumplamos así todo lo que Dios quiere”, parece expresar la plena solidaridad con la humanidad pecadora a la que había venido a salvar. La presentación como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” invita a pensar así. La salvación la llevará a cabo como “siervo paciente de Dios”, según Isaías.

En la primera lectura el “Siervo” es presentado por Isaías como alguien excepcional y desconcertante. Su misión de renovar a Israel, haciendo retornar a los exilados, es presentada por S. Mateo, tan amigo de citar el AT, como el que toma nuestras flaquezas y carga con nuestras enfermedades.
El cuidado de Dios va más allá del siervo.
Llega hasta la "caña cascada" y el "pábilo vacilante", es decir, llega hasta hombres que, a juicio de los demás y desde su propia impresión, están acabados; a hombres de quienes la sociedad nada puede esperar, porque no van a aportar nada al resto; a personas sobre las que no quedaría más que romper el bastón en sus espaldas, como cuando al pábilo vacilante sólo le cabe esperar una mano que lo apague: el hijo no querido en el seno de la madre, el viejo que se acaba y que no es más que una carga para el entorno y, en fin, todos aquellos de los que se dice o al menos se piensa, "mas valía que no existieran".
El siervo de Dios actúa de otra manera; actúa por encargo del Señor, en su nombre, guiado por su Espíritu y, en definitiva, a la manera que Dios actúa, que también es diferente. El siervo no pronuncia grandes discursos ni palabras altisonantes: "No grita, ni clama, ni vocea por las calles". Promueve fielmente el derecho, que no es precisamente como el del mundo; su lenguaje son los hechos; y éstos no consisten en acabar con la caña cascada ni en apagar el pábilo vacilante.

En el salmo se describe el espectáculo de una tempestad que, como impresionante azote, descarga sobre la tierra su abundancia de lluvias torrenciales y lanza, rasgando las nubes plomizas, el dardo encendido de sus rayos. Los truenos que hacen temblar los valles y las montañas son para el salmista la voz del Señor, que retumba sobre las aguas de forma grandiosa y potente.
Los vientos desencadenados y las aguas en cataratas sirven de símbolo para hacernos comprender, aunque sea de modo aproximado, el poderío y la majestad de Dios. En esos momentos en que la tempestad es más intensa y los truenos resuenan al unísono con el resplandor rutilante del relámpago, el hombre se ve pequeño e impotente, indefenso y frágil. Entonces es capaz de intuir la trascendencia y la majestad excelsa del Señor de los cielos y tierras. Es entonces también cuando la plegaria brota espontánea del alma, como un suspiro que se escapa o como un clamor desesperado.
"El Dios de la gloria ha tronado" (Sal 28, 4) Ante la grandeza divina reflejada en el fragor de una tormenta el salmista nos exhorta a que aclamemos al Señor, postrados en honda adoración, ante Dios, Creador y Redentor nuestro. En su templo sagrado ha de resonar un cántico unánime que glorifique el poder del Altísimo.
Poder que aquí se destaca en relación con las aguas, sobre las cuales su voz se hace sentir como un mandato que las suelta en aguaceros que caen a mares. El Señor, dice el canto sagrado, se sienta encima de las aguas como si estuviera sobre un trono. Y por esa soberanía sobre esas aguas les confiere el poder de purificar hasta la mancha más profunda del hombre, la del pecado original.
Si escuchas la voz de Dios: Contrasta este salmo con la sensación que se va imponiendo en nuestra sociedad del «silencio de Dios». En la medida en que los hombres se van haciendo más protagonistas de su destino y se sienten más autónomos, la voz de Dios tiene menos ámbito de resonancia. ¿Cómo proclamar hoy que la voz del Señor es potente, magnífica, que lanza llamas de fuego?
Si es que lamentablemente los hombres nos hemos creído la alternativa Dios-hombre, resulta pensable la incompatibilidad entre ambos. Un mundo sin la voz de Dios es un mundo de gritos desgarradores, de palabras malditas, de esbozos inconsistentes de intenciones de amor, felicidad y paz.
Nosotros, hijos de Dios, que deseamos escuchar su voz, y a quienes su voz poderosa ha arrancado de nuestra familia, posesiones, posibles proyectos, hemos de romper la sordera de nuestro mundo. Porque hoy también la voz de Dios es ese trasfondo ineludible de nuestra existencia. Y ni los orgullosos, ni los desolados, ni los rebeldes, ni los hombres de piedra podrán resistir su voz.
Ratifiquemos hoy nuestra fe en la Palabra de Dios. Dejémonos doblegar, sacudir, retorcer, descuajar por ella; y a través de esa alteración, que produzca en nuestra existencia, alterará y transformará este mundo, que se ilusiona autónomo, porque sólo percibe el silencio de Dios.

El evangelio nos presenta el inicio de la vida pública de Jesús. Después de treinta años de vida oculta, ignorada de todos en una de las más recónditas y olvidadas aldeas de Palestina, Jesús desciende hacia el Jordán para iniciar su ministerio público.
El bautismo, suponía para un judío una decisión personal de consagrarse a Dios y de renunciar al pecado. El que decidía bautizarse, decidía cambiar de vida, empezar a vivir para Dios, cumpliendo fielmente la Ley de Dios. Así era el bautismo de Juan: un bautismo de arrepentimiento de los pecados y de conversión a Dios. A este bautismo es al que se presentó Jesús, poniéndose en la fila de los que querían ser bautizados, como un judío más. Bien, lo que sucedió ya lo sabemos; nos lo cuenta hoy San Mateo, en su evangelio.
Jesús de Nazaret fue “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, y pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Cuando fue bautizado por Juan, Dios le llamó su “Hijo amado, su predilecto”.
Cuando Jesús llegó al Jordán para bautizarse, el Bautista se resistió a hacerlo. No entiende cómo ha de bautizar a quien está tan por encima de él. Tampoco comprende de qué se habría de purificar quien era la pureza misma.
Estaba Juan bautizando cuando llega Jesús a pedirle que también a Él lo bautice. ¿Necesitaba Jesús este bautismo? ¿Necesitaba Él renunciar a una vida de pecado, de infidelidad a la Ley divina y de lejanía de Dios, para empezar una vida nueva? No. Juan lo sabe y se resiste a bautizarlo. Jesús no tiene pecado, Él no necesita ser bautizado con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Ante el Cordero inmaculado Juan se siente indigno y dice ser él quien necesita ser bautizado por Jesús. Aún así, el Señor insiste: «Déjalo así por ahora. Está bien que cumplamos todo lo que Dios quiere» (Así la traducción litúrgica. La traducción literal del griego dice: «conviene que así cumplamos toda justicia»).
Comentando este salmo dice el Papa Benedicto XVI: «No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra “justicia”: debe cumplirse toda “justicia”. En el mundo en el que vive Jesús, “justicia” es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo» (Jesús de Nazaret, Planeta, Bogotá 2007, p. 39).
Él no necesita ciertamente este bautismo, sin embargo, obedeciendo a los designios amorosos de su Padre, se hace solidario con los pecadores: «Sólo a partir de la Cruz y la Resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento… Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores… El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la Cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del Cielo —“Éste es mi Hijo amado” (Mc 3,17)— es una referencia anticipada a la resurrección.
Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo.
Esta obra la llevaría a su pleno cumplimiento en la Cruz, el momento al que el Señor mismo se referirá como el “bautismo” con el que tiene que ser bautizado (ver Lc 12,50). Es muriendo como se “sumerge” en el amor del Padre y difunde el Espíritu Santo para que los que crean en Él renazcan de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna que es el Bautismo cristiano. Así, por su muerte y resurrección, y haciéndonos partícipes de su misma Pascua por el baño bautismal, Cristo nos libró de la esclavitud de la muerte y nos “abrió el cielo” es decir, el acceso a la vida verdadera y plena.
Jesús vence su resistencia pues así lo disponían los planes del Padre. Ante todo para enseñarnos la primera lección que ha de aprender quien quiera entrar en el Reino de los cielos, la lección de la humildad. Luego lo repetirá de muchas formas y en repetidas ocasiones. Nos enseña, en efecto, que es preciso hacerse como niños y que quien se humilla será exaltado, o que quien quiera ser el primero que sea el último. También alabará la humildad de la mujer cananea, o el valor de la pequeña limosna que echó una pobre viuda en el gazofilacio del Templo. También se alegrará y alabará al Padre porque ha ocultado los misterios más altos a los sabios y a los orgullosos, y se los ha revelado a los sencillos y pequeños. También nos dirá que aprendamos de Él, que es manso y humilde de corazón.
La palabra del Padre después del Bautismo declara a Jesús "Hijo amado, mi predilecto". Esto quiere decir que es ungido, escogido y consagrado para la misión que libremente acaba de aceptar. La misión recibida es poner en práctica el anuncio del profeta Isaías: abrir los ojos a los ciegos, sacar de la prisión a los cautivos y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas. Cuando Jesús acuda a la sinagoga de Nazaret leerá precisamente este texto para ratificar su misión. El lo asumió desde el principio: vino a liberarnos de todo mal y de toda injusticia, para promover el derecho en la tierra. Liberarnos a todos...., sin distinciones, sea de la nación que sea, como recuerda Pedro en su discurso.
Si la historia de la Salvación se inició en Siquem y aceptó y recogió el proyecto del Señor el patriarca Abraham, llegada la plenitud de los tiempos, Juan la culminó y aceleró. Su testimonio personal de vida y su función salvífica, fueron su grandeza.

Preguntémonos ahora ya que es indudable que necesitamos el Bautismo "en agua y Espíritu Santo".  Necesitamos renovar nuestra unción y compromiso cristiano radical.
¿Qué orientación tiene nuestra  vida cristiana hoy?
¿Abundan en ella las prácticas externas sin conversión?
¿Tratamos de emprender acciones brillantes sin contar con la fuerza de la cruz? ¿Nuestros compromisos son con las personas más agradables o inteligentes sin acercarte a los auténticos necesitados?
¿Cómo  reaccionamos ante las catástrofes sufridas por tantos hermanos en nuestra sociedad (guerras, persecuciones, terrorismo…)?
¿Es así como Dios quiere que cumplamos su voluntad?
¿Qué siento al conocer que Jesús fue bautizado? ¿Me siento agradecido de haber recibido el don del sacramento del bautismo? ¿Pido al Señor que renueve en mí cada día el don del Bautismo?
¿Y si soy bautizado, vivo como tal? ¿Comprendo que el bautismo es gracia pero también tarea, es decir una forma de vivir? ¿Cuál creo que es esta forma de vivir a la que estoy llamado? ¿Cuál lejos estoy de llegar a vivir de tal modo? ¿Qué debo cambiar, mejorar, proponerme o comenzar a hacer?
¿Escucho la voz de Dios? ¿Busco el tiempo y el espacio apropiado para escuchar la voz de Dios, y vivirla? ¿Entiendo que también hoy Dios señala a su Hijo para que miremos su vida e intentemos imitarla?
¿Me siento también yo “hijo predilecto del Padre”? ¿Entiendo que Dios me ama con predilección desde todos los tiempos? ¿Qué siento al pensar en el amor de Dios por mí? ¿Recuerdo momentos o experiencias en la que sentí concretamente cuanto Dios me ama?¿Me quedo conforme con saber que Dios me ama, pero me cierro a comunicarlo? ¿Estoy dispuesto a que otros puedan conocer este mismo amor de Dios? ¿Quiénes creo que hoy están necesitados de conocer cuánto Dios les ama? ¿Me ofrezco como instrumento para que Dios lleve su obra en sus vidas?
¿Pienso en mis amigos y/o familiares que no están bautizado, y rezo por ellos para que algún día puedan acercarse libremente al sacramento?

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

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