sábado, 28 de noviembre de 2015

Comentario a las lecturas del Domingo I de Adviento. 29 de noviembre 2015.

Comentario a las lecturas del Domingo I de Adviento 29 de noviembre 2015
Este domingo, 29 de noviembre, empezamos el año litúrgico con el primer domingo de Adviento, el tiempo en el que toda la Iglesia se sitúa expectante, ante la venida del Señor.
Contra pesimistas y profetas de calamidades que quieren paralizarnos, el Adviento se presenta siempre con esta llamada: No todo está hecho y acabado. No es verdad que no se pueda hacer nada ni esperar otra realidad. La plenitud está en el futuro y Alguien ha venido a hacerla posible acompañándonos para poder caminar hacia ella.
Este Tiempo supone una sacudida a nuestra comodidad y nuestro estancamiento. Por eso empieza interpelándonos: Cread e inventad el futuro; recibid al que viene en vuestra ayuda: Él es EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.
El Adviento nos llama a preparar el camino hacia la plenitud y no dejar la marcha; estar alerta y vigilantes para no dormirnos ni estancarnos. Nos sitúa en nuestra condición de caminantes para renacer, cada día, a la vida nueva que nos ha traído su ENCARNACIÖN que  celebramos al final del Adviento.
Cada cual tendrá que revisar en qué se ha estancado y paralizado, y escuchar el mensaje del Adviento: Tienes que caminar y seguir adelante. El Señor viene a visitarte.
Destacar también que en este ciclo C el evangelista será San Lucas, el evangelista de la Misericordia de Dios. Lucas se siente seducido por Cristo y decide a seguirlo, él no se propone realizar una descripción ni una biografía de Jesús, sólo cuenta a sus discípulos una experiencia de fe: “He descubierto que Cristo es el Señor, y quiero anunciaros que tan solo Él libera".

Ya, en los albores del Renaciendo, Dante Alighieri definía a Lucas como el “evangelista de la ternura de Dios”. Y, ciertamente es así; Lucas como todo evangelista, nos expone la salvación de Jesús y nos invita a seguir sus pasos. Al hablarnos de Él, Lucas, nos lo presenta con el rostro de la ternura y la misericordia de Dios.
Pronto, el día 8 de diciembre, el Papa Francisco abrirá con solemnidad el Año de la Misericordia. El adviento, como tiempo fuerte cargado de muchas connotaciones sobre el Jesús que viene, nos prepara también a ese gran acontecimiento de magna misericordia que fue, es y será el Nacimiento de Cristo en Belén. ¿Hay mayor misericordia por parte de Dios que nacer en un mundo que le rechaza, en medio de nuestra riqueza que es pobreza y en el corazón de una humanidad apurada por tantas espinas? Este Adviento, el de la misericordia, nos invita, desde su balcón, a no olvidar dos rostros: el de Dios que habita en las alturas y el del hombre que gime o llora en el mundo. Pero sin dejar de lado algo esencial en la vida de todo cristiano que, nuestra fuerza para el bien, tiene un secreto escondido: el Señor que viene a nuestro encuentro en cada situación y momento.

La primera lectura tomada del libro de Jeremías (Jr 33,14-16) Este texto del profeta Jeremías lo hemos entendido siempre los cristianos como un texto mesiánico, en referencia al advenimiento de Cristo. Este Mesías, Cristo, nos traerá la verdadera justicia y la verdadera paz, de las que tan necesitado estaba el pueblo judío y de las que tan necesitados estamos nosotros ahora. Porque nuestro mundo, el actual, está lleno de injusticias, violencias y guerras, y no vamos a conseguir nunca vencer la injusticia con más injusticia, ni la violencia con más violencia.
"He aquí que vienen días --dice Yahvé-- en que yo cumpliré la promesa que tengo hecha a la casa de Israel y a la casa de Judá" (Jr 33, 14) Después de los duros castigos con que aflige Dios a su pueblo, siempre sigue una época de perdón y de florecimiento. Jeremías ha predicado la ruina de Israel y de Judá, los dos estados hermanos que vivían separados. La época que se refiere fue terrible por sus incendios y por la sangre vertida en las calles y campos. Dios había castigado con mano dura a los rebeldes. Ello nos recuerda que también ha habido guerras entre nosotros, llenando de cadáveres los campos y las ciudades. Sin embargo, todo se va olvidando. Las heridas se cierran. Pero el peligro no ha pasado. Los hombres seguimos empeñados en no escuchar el mensaje de paz del Evangelio, sin darnos cuenta de que pueden soltarse de nuevo los jinetes del Apocalipsis.
En estos días corren vientos de guerra en nuestras sociedades globalizadas, las palabras bíblicas de hoy nos son validas.
"En aquel tiempo, en aquellos días suscitaré a David un vástago justo que ejecutará el derecho y la justicia" (Jr 33, 15) David, el rey pastor, el rey poeta. De sus ramas brotará un vástago escogido. Se llamará Enmanuel y nacerá de una Madre Virgen. Su dignidad superará a la de todos los reyes de la historia, es más excelsa que la de los mismos ángeles. Será el Mesías, el Redentor, el nuevo Moisés que librará a su pueblo de la esclavitud. Implantará el derecho y hará triunfar a la justicia. Barrerá todos los desafueros, los que han cometido los de arriba y los que puedan haber cometido los de abajo. Cada uno recibirá lo que es justo, lo que realmente ha merecido. Ya no habrá miedo a la mentira, al engaño alevoso, al fraude premeditado, al latrocinio simulado.

El interleccional tomado del Salmo 24  R.- A TI SEÑOR, LEVANTO MI ALMA, era para los judíos contemporáneos a Jesús una oración pidiendo que Dios fuera guía para caminar con seguridad por calzadas y senderos. Pedían también recuperar la amistad de Dios, la inocencia perdida por el pecado. Para nosotros es un canto de esperanza.

En la segunda lectura de la primera carta a los tesalonicenses (1 Ts 3, 12-4,2) San Pablo nos sitúa en la espera de la Segunda Venida del Señor Jesús. Y para eso hemos de ser fortalecidos interiormente por Dios Padre para nada, ni nadie, nos evite ese encuentro. Pablo esperaba esa Segunda Venida con emoción como nosotros esperamos conmemorar la Primera Venida renovada en nuestros corazones por este Adviento."Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos… para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos los santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre".(1 Ts 3, 12).   San Pablo, en esta primera carta a los Tesalonicenses, les habla a los primeros cristianos de la segunda venida del Señor, de la Parusía, que él, en aquel momento, creía cercana. La palabra “parusía” era una palabra que se usaba en el mundo grecorromano para referirse a la venida del Emperador, una venida que llegaba siempre acompañada de una gran ostentación de la fuerza casi divina del Emperador de Roma. San Pablo usa aquí esta palabra para referirse a la segunda venida de Cristo, que llegaría ahora lleno de poder y majestad. Y les dice que para recibir dignamente a Cristo, en esta su segunda venida, lo que deben hacer ellos es tener el corazón lleno de amor mutuo y de amor a todos. Este consejo de san Pablo era válido entonces y sigue siendo válido ahora y siempre: para recibir a Cristo lo mejor es tener el corazón lleno de amor al prójimo más cercano y a todas las personas.
Hermosas y edificantes las palabras de San Pablo. No se conforma con medianías. Que el vaso esté lleno hasta el borde, hasta "rebosar". Como él, que era que estaba lleno hasta rebosar de la gracia de Cristo. La plenitud que pide el apóstol es la del amor. El amor no debe tener medida, porque nunca se ama con medio corazón. Hay que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas. Hay que amar a los de casa, pero también a los de fuera, incluidos los refugiados. El amor es la vida, que no se puede vivir nunca a medias. ¡Quién pudiera decir de sí mismo que rebosa de amor!.

El evangelio de San Lucas (Lc 21, 25-38.34-36). En este ciclo litúrgico C. que hoy comenzamos el evangelista será San Lucas.
 El Evangelio de Lucas es conocido como el Evangelio de la misericordia. Es él quien escribe sobre la oveja perdida, el dracma perdido, el hijo pródigo, el Buen Samaritano… Gozaremos de su acompañamiento litúrgico en este Año Jubilar de la misericordia.
El texto de hoy  nos transmite uno de los discursos escatológicos del Señor. Las estrofas del "Dies irae", el canto sobre Día de la ira, vuelven a tronar con sus terribles y cósmicos acentos en estas palabras del Señor. En ese día los hombres se llenarán de angustia ante el anuncio del final apocalíptico del gran teatro del mundo. Todas las explosiones atómicas, habidas y por haber, serán una pálida sombra en comparación con la hecatombe de aquel día. La gente, sigue diciendo el Maestro, enloquecerá ante el estruendo del mar y su oleaje, quedarán sin aliento a causa del miedo.
Son palabras escuetas en las que no hay retórica alguna, ni afán por cargar las tintas. Son expresiones lacónicas que sólo pretenden ponernos en guardia y sobre aviso, para que vivamos vigilantes y siempre preparados por si el Señor llega. Adviento es lo mismo que advenimiento, acción de venir, preludio de una llegada. Es tiempo de espera, son momentos en los que preparar los caminos interiores, para dar paso al Gran Rey. Son, pues, días de conversión y de penitencia, de mortificación, de plegaria, en los que prepararnos para recibir dignamente al Señor.


Para nuestra vida.

Ya se acerca la Salvación. No desesperes ni te paralices: el Señor está cerca.
El Adviento nos convoca a ponernos en marcha con la firme convicción de que Dios viene a nuestro encuentro y anima nuestra esperanza.
El Adviento nos prepara para saber escuchar, en lo más profundo de nuestro ser, la gran noticia de la Navidad: ¡No tengáis miedo! ¡Yo estoy con vosotros para ayudaros, devolveros la esperanza y recordaros que sois capaces de hacer
  En este nuevo ciclo litúrgico  C nos escribe Lucas. El Evangelio de San Lucas enlaza con el del domingo pasado de San Marcos y que, ambos, nos sitúan el inicio del Reino de Jesucristo. Son compases de final y de principio. De que algo va a terminar y otra cosa comienza. Por supuesto, hay un mensaje escatológico en las palabras de Jesús. Anuncia un final de un mundo. Pero queda su promesa: fehaciente: la apertura de otro mundo más venturoso con su Segunda Venida, con la Parusía. No es fácil dejar de pensar --muchas veces, muchos días-- en su Vuelta y no tanto por ningún principio finalista o mágico. Solo porque es difícil no tener ganas de ver al Señor. Así es, sin más. Son entrañables los testimonios de San Pablo cuando creía que la llegada del Jesús acontecería antes de su muerte y da cumplida explicación del salto necesario para acompañar al Señor Jesús ya desde ese momento.
Vivimos tiempos difíciles. Ahí está el reciente atentado en Mali y los muy terribles ocurridos la semana anterior en Paris. Pero la alegría y esperanza no nos debe faltar porque Jesús, el Hijo de Dios, es más fuerte que todo el mal. Jesús viene y nosotros hemos de prepararnos para estar bien ante esa venida. Bien quiere significar que al esperarle cuidamos lo que más puede agradarle de nosotros y ello es la bondad, el amor, la humildad, la mansedumbre que trae paz, los deseos de concordia. Y en todo ello hay mucha alegría y esperanza.
Vivimos momentos de inquietud. Una inquietud de saber que muchos hermanos nuestros lo están pasando mal y, si nadie les ayuda, lo pasarán peor. La crisis económica ha hecho y está haciendo verdaderos estragos y no podemos olvidarlo. La mejoría macroeconómica es indudable, pero no llega a todos. Tal vez, a solo unos pocos. Hay que pensar en los hermanos refugiados y perseguidos. Todo el adviento debe estar dominado para esta idea de ayudar y de tener conciencia de la enorme dificultad que tienen muchos de nuestros hermanos.
Para preparar bien su venida, hemos de crear un clima favorable:
* A nivel personal: meditando las lecturas de cada día, potenciando la plegaria y participando activamente en las celebraciones especiales, sobre todo las Eucaristías
dominicales, para poder convertirnos, de verdad, a los valores de la justicia, la acogida y la solidaridad y abrirnos a las demás personas, especialmente las más
empobrecidas.
* A nivel familiar: mejorando nuestra relación para ser más sensibles a las necesidades de quienes nos rodean y ayudarles en todo. Sólo así nos dispondremos a abrir el corazón al Señor.
* A nivel social: trabajando para que desaparezcan la discriminación y la violencia, se acoja a las personas inmigrantes y refugiadas, se acabe con la corrupción y el comercio de armas y todos los pueblos vivan en paz y justicia. Sólo así se realizará el sueño de otro mundo posible y se hará efectiva la hermandad universal.
Dios nos habla hoy de esperanza, nos recuerda el cumplimiento de las antiguas promesas. De nuevo ha llegado el Adviento, tiempo de espera gozosa, de vigilancia. En el alma brota el anhelo, el deseo vivo de que Jesús llegue hasta nosotros. Por eso repetimos como los primeros cristianos: ¡Maranatha, ven, Señor Jesús!. Anhelamos que venga el Señor. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Maranatha!. La frase aramea se repite en la cristiandad desde los tiempos inmediatamente posteriores a la Ascensión a los cielos de Jesús. No ha cambiado. ¡Ven, Señor Jesús! Le esperamos, aunque siempre estamos con él. Día a día, en la Eucaristía. Hora a hora en la oración. El ambiente de este Primer Domingo de Adviento ya nos anuncia su venida. Pero será, como decía su Segunda Venida, la que esperamos, llena de Majestad y Gloria. Y en la que se condensan todas nuestras esperanzas. La primera, su Nacimiento en Belén, sus consecuencias cotidianas, están junto a nosotros y en nuestras manos.
Ante esta venida el Señor nos exhorta a estar atentos. "Tened cuidado y que no se os embote la mente con el vicio, o con la preocupación por el dinero, y se nos eche de repente aquel día". Con estas palabras el Señor pone el dedo en la llaga. Ese es nuestro mal, olvidarnos de lo más importante y decisivo, vivir inmersos en cuatro tonterías. A veces nos ocurre que sólo pensamos en lo más inmediato, en lo que resulta placentero, en nuestro bienestar presente. Sin pensar que no todo termina ahí, sin darnos cuenta de que la meta final nos espera después de la muerte. Caminamos entonces con torpeza, dando tumbos y acercándonos a nuestra perdición.
Despertemos de nuestro absurdo sueño, sacudamos con energía la modorra que nos embota y entorpece. Dejemos de una vez esa vida ramplona que nos hace insensibles y ciegos para las cosas de Dios, incapaces de avanzar hacia el puerto de la salvación.
Pidamos al Señor que nos ayude, que nos dé fuerzas para luchar con denuedo en esta batalla, quizá la última, en la que estamos metidos. Roguemos que nos abra los ojos para ver el peligro que se avecina, que cure nuestra sordera y podamos escuchar el grito de alerta que da la alarma y nos avisa para que nos preparemos, con la debida antelación, a la venida del Señor.   

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

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