sábado, 14 de octubre de 2017

Comentario a las Lecturas del XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario 15 de octubre de 2017

Llegará un día que Dios terminará con toda la penuria humana y, además, aniquilará la muerte para siempre. Y hay palabras misteriosas, como las que dice: “arrancará en este monte el velo que cubre a todas los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Y preparará para todos un gran banquete. En la descripción del banquete recuerda, sin duda, al salmo 22, en el que el Señor nos lleva a fuentes tranquilas y prepara una mesa ante nosotros. Llegará, sin duda, ese día final de gran alegría y de conocimiento total de lo que nos falta por saber de la existencia futura. La promesa de Dios es para todos los pueblos. No sólo para el pueblo elegido, para Israel. Pero no sólo, tampoco, para nosotros los cristianos, que no podemos creer, asimismo, elegidos. Serán todos los pueblos.  El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país”.
“Las palabras de la profecía, proclamadas hoy en la liturgia de la comunidad, vuelan de los campos del hambre a los tugurios de las zonas de miseria, de las vallas fronterizas al fondo de las pateras, del infierno de los esclavizados, al oprobio de los desechados, y no se puede acceder a la verdad de Cristo, si no las devuelves como un eco la montaña del sufrimiento humano.
Dios no puede enjugar las lágrimas, Dios no puede alejar el oprobio. Lo sabe el hambriento, lo sabe el contagiado, lo sabe el emigrante, lo sabe el esclavo, lo sabe el que nada cuenta, el que nada tiene, el que nada vale, lo sabes tú. Y el eco lo irá repitiendo cada día desde la montaña del sufrimiento: Dios no puede… Lo saben también el opresor, el negrero, el explotador, el corrupto, el violento, el cruel, el violador, el engañador, el pederasta.
Las palabras de la profecía son verdaderas, sabes que las lágrimas serán enjugadas y que el oprobio será alejado, tú sabes que sobre esas palabras se levanta cierta la esperanza de los pobres, tú sabes que el Señor Dios, su no poder y su amor, es tu salvación.
En Jesús de Nazaret, en el misterio de la Palabra hecha carne, evidencia de la debilidad de Dios y de su amor, Dios se nos hizo cercano para enjugar lágrimas y alejar oprobios.
 
La primera lectura es del libro de Isaías ( Is 25, 6-10ª). La lectura de este domingo forma parte de una unidad literaria del libro de Isaías, denominada "Escatología" (cap. 24-27). Estos capítulos son muy posteriores al profeta, y fueron insertados en esta obra en una época posterior al destierro.
La montaña de Sión es la habitación de Yahvé, en el futuro no sólo los judíos subirán para adorarlo, sino todos los pueblos. En este encuentro de todos los pueblos en Jerusalén desaparece la distinción entre judíos y gentiles (vv 6-7). La destrucción de la muerte, de la cual se habla en el v 8, reviste el mismo significado que en 11,9: «No harán daño ni estrago en todo mi Monte Santo, porque está lleno el país del conocimiento de Yahvé, como las aguas colman el mar».
Al leer el texto no debemos nunca de perder de vista el hecho de que nos encontramos con un relato escatológico en el que las afirmaciones son más producto de la fe que del conocimiento. El autor sueña con un futuro, que cree real, en el que el Soberano Juez de la historia inaugurará su verdadero reinado en cielos y tierra, en todo el universo. ¿Cuándo tendrá lugar? El escritor sólo sabe que se trata de un futuro.
Para entender este texto, tenemos en cuenta Is 24. 21-23.
En un tiempo futuro, el Soberano hará un juicio sobre todo el Cosmos, tanto sobre las huestes celestes como sobre los reyes de la tierra. Las huestes o ejércitos celestes son las estrellas, consideradas por los orientales como seres divinos. Más tarde, en la literatura apocalíptica, estas huestes se identificarán con los coros de ángeles (en el libro de Enoch se habla, indistintamente, del castigo de las estrellas o de los ángeles).
El juicio divino es un examen de separación: investigada la culpa se le elimina. Los agentes de la misma, ya sean humanos o divinos, son encerrados en la mazmorra a la espera del castigo.
El texto no habla para nada de la destrucción del sol y de la luna, como afirman otros relatos apocalípticos sino que sólo se constata el hecho de que las dos "grandes" luminarias "se avergüenzan", expresión similar a nuestro "salir los colores": un desorden interno aflora al exterior en un "ponerse rojo como un tomate".
Es el inicio del reinado del Señor.
Y este acontecimiento se celebra con un espléndido "banquete" al que están invitados todos los pueblos (25. 6-8a) sin excluir a los judíos (v. 8b). El banquete es imagen de la liberación gozosa de la era mesiánica. El Señor es un generoso anfitrión que nos ofrece los mejores manjares y los más exquisitos licores, y los ofrece a todo el mundo sin excluir a nadie.
Y para colmo, este gran anfitrión nos hace "un regalo inapreciable": aniquilar de forma definitiva la muerte y, con ella, su cortejo de sufrimientos y de lágrimas. 2) vs. 9-10a: Es un canto de agradecimiento entonado por todos aquellos que han experimentado en sus carnes la liberación del Señor. Con gozo inmenso la comunidad exclama: el Señor está en medio de nosotros y notamos su mano.
En el reino mesiánico desaparecerán la violencia y la sangre.
 
El responsorial es el salmo 22 (Sal 22,1-6). Este nos habla de una profunda experiencia religiosa que marcará profundamente la espiritualidad cristiana. Un día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, el mismo Jesús dirá ante la multitud en el templo: "Yo soy el buen Pastor".
El salmo 22 es uno de los salmos más breves del salterio: sólo 6 versículos. Dentro de su unidad temática se distinguen dos partes bien diferenciadas que podríamos llamar:
Dios como pastor (vv. 1-4)
Dios como anfitrión (v. 5-6).
El salmo empieza con la cierta y serena afirmación de que Dios es el pastor del salmista. Este habla en primera persona a lo largo de todo el poema y en la primera parte describe su experiencia bajo la solicitud y el amor de su pastor.
Con metáforas sacadas del mundo pastoril va enumerando las pruebas del exquisito amor del pastor hacia él, afirmando ya desde el principio que nada le falta porque Dios piensa en todo: verdes praderas, fuentes tranquilas, sendero justo: todo lo positivo y lo agradable de la vida se lo proporciona el pastor de quien se siente hondamente amado. Dios obra así "en honor de su nombre", es decir, para que su reputación de Dios bondadoso, grande en misericordia y rico en perdón, se manifieste y se viva. Dios no puede ser tildado de negligente o indiferente en lo que respecta a su pueblo y al bien de los suyos. Así, por su actitud hacia los fieles de Israel, mostrará su superioridad sobre los ídolos de los paganos.
Es una descripción completa, sencilla, pero clara, que muestra con toda luminosidad la bondad de Dios, su providencia, su atención solícita hacia aquellos que confían en él.
El salmo 22, uno de los más bellos de todo el salterio comienza con una afirmación atrevida: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (v. 1).
También nosotros formamos parte de ese gran rebaño.
Nos guías «por el sendero justo» (v. 3).
En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas (v. 2-3).
El salmo describe una imagen plena de paz y de quietud. Pero nosotros siempre llevando la contraria. Y nuestro espíritu en vez de robustecerse, se entristece y entumece alarmantemente, ni nos damos cuenta de que existe. Damos vueltas en el vacío, creyéndonos que hacemos algo.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (v. 4).
Frente a las dificultades y angustias de la vida, simbolizadas por las "cañadas oscuras", el salmista nada teme. Se fía de su pastor, de su Dios. Se encuentra en sus manos, y por tanto, ¿qué le puede suceder de malo? ¿no le protegerá el amor y la solicitud de su pastor?
"Tu vara y tu cayado me sosiegan" (v. 4). Una doble imagen que puede ser simplemente una redundancia, pero que igualmente pueden significar una defensa: la vara contra los animales, chacales, lobos, y el cayado como una guía que encamina y endereza e impide descarriarse. Así el salmista se siente protegido, seguro, feliz.
A veces buscamos un sendero seductor y voy por él sin pensar. Algunas normas no las entiendo. Ciertas imposiciones pesan demasiado. Las prohibiciones me irritan, las considero atentados contra mi libertad. Además, precisamente las ovejas que se dicen más fieles y celosas, viéndolas de cerca, me desilusionan y casi me empujan a marchar.
Miremos al pastor en vez de fijarse en la miseria, la porquería e hipocresía de ciertos compañeros de viaje.
Como quiera que sea el sendero está allí y yo me voy por él. Pero cuando creo que me separa una gran distancia del rebaño, cuando he perdido todo camino de vuelta, me encuentro junto a ti,
« nada temo,. vas conmigo» (v. 4).
En la soledad y el peligro te descubrimos junto a nuestra vida. Tu tomas la iniciativa. Abandonadas a las otras. Una oveja extraviada vale tanto para ti como todas las otras juntas.
Has venido a buscarme. A pesar de que alguien te diría: «No te preocupes, déjale, al fin de cuentas ha sido porque ha querido, nadie le ha echado, puede volver cuando quiera...».
No has estado en paz hasta que no me has encontrado. Te sentías empobrecido de mí. De mí, la oveja de la última fila.
Ni una palabra siquiera de reprensión. Al contrario:
Siguiendo el mismo tono simbólico, el salmista pasa del pastor guía y protector de sus ovejas, a la imagen del huésped espléndido o anfitrión que convida a un banquete. La imagen de la oveja queda también transformada en la del amigo o deudo del Señor que ha sido convidado a un festín.
Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa (v. 5).
 Quieres que se haga fiesta. Que todos participen en tu alegría.
Así como el pastor siempre se preocupa de sus ovejas, las guía y las alimenta, así ahora, igualmente, el mismo Dios, con la figura del huésped, favorece magníficamente a aquellos que se sienten amados por él, les regala con dones exquisitos. Por esto el salmista no ha imaginado otra cosa más expresiva que un banquete: una mesa preparada, un ambiente de alegría y de riqueza (ungüento para la cabeza, rebosar de la copa).
La mención de los enemigos la hace el salmista para recalcar la seguridad de aquél que es favorecido por Dios; así como antes hablaba de cañadas oscuras, ahora menciona a los enemigos, que son ya impotentes y se ven como derrotados viendo la suerte feliz de aquél a quien querían malherir o aniquilar.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida (v. 6).
Y habitaré en la casa del Señor por años sin término (v. 6).
Describe el salmo la intimidad con Dios. Intimidad que nos sitúa en el secreto de la plena alegría.
¿Por qué no comenzar de inmediato? "Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida; y moraré en la Casa del Señor todos los días de mi vida".
 
La segunda lectura es de la carta del apóstol San Pablo a los filipenses (Fil 4, 12-14. 19 20).. En este texto habla de su total disponibilidad y adaptación a las distintas circunstancias de la vida. No por estoicismo o afán de puro autodominio o control, sino para predicar el evangelio.
Pablo había recibido ayuda de los filipenses (2,25.3O; 4,10). Y esto fue para él motivo de alegría por lo que suponía de prosperidad en las comunidades de Macedonia, que tan mal lo habían pasado económicamente (cf. 2 Co 8,2); pero en especial Pablo se alegra del buen espíritu de colaboración de los filipenses en los trabajos de evangelización. Con todo, Pablo no "da gracias" a los que le habían ayudado con su dinero. Entiende que sólo es justo y necesario "dar gracias" a Dios. Más aún, advierte de paso a los filipenses que está acostumbrado a vivir en la pobreza y en la abundancia. Pablo es muy celoso de su independencia, de su "autarquía", no quiere atarse a nada ni a nadie que pueda menguar su libertad de predicar el Evangelio.
No recrimina la ayuda que ha recibido, sino que dice a los filipenses: "Hicisteis bien en compartir mi tribulación" . De hecho, han ayudado a "uno de aquellos pequeños necesitados" y, por eso, recibirán la recompensa que Jesús ha prometido a los que actúen así.
La acción de gracias de Pablo culmina con una alabanza a Dios Padre, que pone punto final a la carta, antes de las salutaciones finales.
La clave está en el v. 13: "todo lo puedo..." En todos los sentidos, para vivir con poco o para no dejarse engañar por lo mucho. Lo importante es El que me conforta o ayuda. El poner el punto de apoyo en Cristo, no en una forma determinada de vida como si ella fuera decisiva por sí misma.
ALELUYA Cf. Ef 1, 17-18
El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine lo ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama
 
El evangelio es de San Mateo (Mt 22, 1-14) Es el último domingo dedicado a las cuatro parábolas de San Mateo, que nos presentan diversos aspectos de la historia del Reino, podría resumir sintéticamente su línea de fondo: Dios, el Padre, nos comunica su amor -y Jesucristo es su gran portavoz- y este amor de Dios debe hallar una respuesta de hecho en nosotros. Dios nos envía a trabajar a su viña y a todos los que se apuntan, más pronto o más tarde, les da generosamente el mismo jornal (domingo. 25); la respuesta no debe ser un "sí" de palabra, sino de hechos aunque de palabra se diga "no" (domingo. 26); nosotros somos la viña que él quiere y que espera que dé frutos de justicia y derecho (domingo. 27); su llamada a trabajar es un camino hacia la gran fiesta eterna que él quiere para nosotros (domingo. 28).
La dinámica de estas parábolas es un don de amor ofrecido por Dios, una respuesta que capte que sólo con amor se responde de verdad.
Una idea que destaca en el evangelio de hoy es que el Reino de Dios es un banquete. Es algo que no conviene olvidar en un mundo y en una cultura que ha criticado a la religión como algo que aliena al hombre y va contra sus tendencias más naturales, como si se opusiese a su felicidad. Y esto no es así en la Palabra de Dios y, por tanto, en la fe cristiana. Otra cosa puede ser el camino y hasta la meta para conseguir esa felicidad. Ahí puede haber y hay discordancias profundas y opuestas. Pero quede claro que la felicidad es la meta del hombre para el sentido cristiano de la vida.
La situación que se ha creado con el advenimiento del Reino en la persona de Jesús puede ilustrase con lo que se describe en la parábola. En primer lugar se destaca la importancia del que llama: "un rey" -la mentalidad popular pensaba inmediatamente en Dios- y de la fiesta que celebra: "la boda de su hijo". El punto que merece subrayarse con mayor insistencia son las reiteradas invitaciones, en primer lugar a sus amigos que ya habían sido convidados (llamados) anteriormente. En la invitación que se les dirige ("Todo está a punto. Venid a la boda") resuenan las palabras que inician y resumen la predicación de Jesús: "Está cerca el Reino de los cielos: convertíos" (cfr. Mt 4, 17).
A la hora de la verdad, los primeros invitados se desentienden. Tratándose del rey, rechazar su invitación y maltratar a sus enviados, es una muestra clara de estar contra él. La reacción del anfitrión es doble:
 a) Convidar a todos, malos y buenos, a la fiesta y llenar así la sala del banquete. Esto debía ser una gran bofetada para los que no habían querido acudir a la boda.
b) Terminar con los que han rechazado la invitación y prender fuego a la ciudad. Parece que la parábola seguiría un orden más lógico sin los versículos 6 y 7, y así Lucas los desconoce totalmente. Seguramente son fruto de la reinterpretación que la iglesia mateana hace de la parábola después de la destrucción de Jerusalén, el año 70, a la que aquí se alude; y los malos tratos al segundo grupo de enviados pueden referirse a la actuación del judaísmo con los primeros cristianos.
El versículo 10 ("La sala del banquete se llenó de comensales") sería el final de la parábola. El nuevo pueblo de Dios se ha reunido abriendo a todos sus puertas: a buenos y malos.
Los últimos versículos  indican que del hecho de pertenecer a la comunidad eclesial no se sigue automáticamente la entrada en el Reino, sino que es necesaria una transformación personal, expresada con la imagen del traje de fiesta. El rey-juez excluye a quien no lo lleva y su situación expresa la desaparición de aquel que, por culpa propia, ha sido excluido de la salvación.
Y el texto evangélico termina con una sentencia generalizadora, en su origen seguramente independiente de la parábola: la llamada de Dios es para todos, pero exige una respuesta que no todos dan.
 
Para nuestra vida.
Si la imagen de la viña dominaban en las lecturas del pasado domingo, hoy destaca la imagen del banquete, del gran festín al que Dios llama a todos los hombres (1. lectura y evangelio). También, como el pasado domingo, convendrá presentar fundamentalmente la imagen del banquete en su sentido más profundo, más que detenerse en los detalles de la parábola del evangelio. Destaca la gran llamada del Padre: "Venid a la fiesta".
 
En la primera lectura el profeta Isaías se refiere en sus palabras al monte Sión, sobre el que está el Templo de Jerusalén, lugar donde los judíos sentían de una manera especial la presencia de Dios. Al Templo se iba a encontrarse con Dios, a vivir la alegría del encuentro con el Dios Altísimo. Dios convoca en su Templo a todas las naciones, prometiéndoles la salvación, la victoria definitiva sobre el mal y la muerte. También el profeta Isaías compara este encuentro con Dios con un festín “de manjares enjundiosos y suculentos, de vinos generosos, de solera”. ¿Es también para nosotros cuando nos encontramos con Dios en su templo un festín, una promesa de salvación, de triunfo sobre la muerte? ¿O salimos del templo como si no hubiera pasado nada, con el alma llena de turbulencias y preocupaciones materiales? Pidamos a Dios esto: que nuestro encuentro con él nos vivifique y nos conforte por dentro, que nos haga fuertes ante los problemas de cada día. “Lo santo” debe estar reñido con “lo triste”, porque sentir la santidad de Dios dentro de nosotros es sentir la fuerza de Dios superando todas nuestras flaquezas y enfermedades de nuestra alma y de nuestro cuerpo.
El texto no menciona a ningún Mesías, ya que Dios en persona es el Soberano, esta profecía veterotestamentaria nos lleva a una era mesiánica en una lectura más profunda y conjunta de toda la Biblia. Con el cumplimiento de la profecía en Jesús de Nazaret, la perspectiva cambia. Él es el Mesías que instaura el Reino del Padre, y resucitando de la muerte triunfa sobre ella y sobre sus consecuencias: el dolor y llanto. A cuantos responden a su invitación a formar parte de su reino les hace participar de alguna manera, y en alguna medida aunque no definitiva, en su triunfo sobre la muerte. El autor no dice cuál es el origen, la causa de nuestro dolor y de nuestras lágrimas. Es nuestra finitud la culpable de los mismos. Y la imagen de un Soberano enjugando las lágrimas de los seres finitos es conmovedora. Él es el ser solidario con el hombre con amor total hacia cada uno de los miembros de la humanidad. Él es el gran consolador que no sólo anuncia la extirpación futura del dolor y de la muerte sino que se entretiene con el quehacer diario de consolar en el momento presente. Así debe ser la actitud de la Iglesia, de todo cristiano: anunciar el final glorioso de esta limitación humana, pero mientras esto acaece no desentenderse de las lágrimas de nuestro mundo. Son demasiado copiosas, y los gritos muy desgarradores. ¡No cerremos los ojos ni taponemos nuestros oídos! El banquete eucarístico es signo del banquete escatológico. El Señor es un generoso anfitrión que nos ofrece todo lo mejor, sin excluir a nadie. El Papa, los obispos, la Iglesia deben ser generosos con todos y en todo, sin tratar de excluir a nadie, sin querer ofertar sólo café y prohibiendo los otros licores. Y la razón es muy sencilla: ninguno de ellos es el anfitrión y deben respetar la voluntad del amo. ¡No caigamos en teologías baratas de "alter Xtus"! El amo sólo es uno.
Al instaurar su reinado, el Señor consuela a los que están tristes ofreciéndoles un banquete, signo del gozo y de la alegría. Dios quiere mostrar su soberanía haciendo a los hombres felices, el banquete y la destrucción de la muerte son sus imágenes más plásticas.
 
El salmo como que actualiza las promesas de la primera lectura y fortalece la invitación de Jesús al banquete de bodas::El Señor es mi pastor, nada me falta”. Ello supondrá como repetimos en la estrofa del salmo “habitaré en la casa del Señor por años sin término”. El creyente que recita el salmo, se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor, proclama con tranquila audacia su ausencia de ambiciones. Tiene todo lo que necesita: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente. El texto comienza con el reconocimiento de Dios pastor, preocupado de que no le falte nada al creyente.
Ser cristianos quiere decir precisamente aceptar la alegría de vivir en la intimidad con el Señor. Bajo la guía del pastor, un pastor que se alegra por haber recuperado a la oveja que camina rezagada, la perdida.
El corazón del pastor nos  reconcilia con todo el rebaño. Las deficiencias de los demás ya no me escandalizan. Sé a dónde mirar y me doy cuenta de que «nada me falta» (v. 1). Cuando se ha descubierto el corazón del pastor, no se tienen ganas ya de hacer el inventario de las miserias de los compañeros de viaje.
El clima árido "de la sociedad de consumo" lleva a muchos jóvenes y menos jóvenes a la búsqueda de "fuentes frescas". El hombre no vive solamente de pan ni de supermercados, ni de placeres...
Hoy se nos invita a descubre alegrías más profundas. La experiencia de la "vida con" Dios hace parte de estas alegrías secretas: "porque Tú estás conmigo"... "Nada me falta".
Dios, el gran protagonista del salmo, se nos describe con los colores más hermosos que puedan representar la bondad, la providencia, la ayuda, la generosidad, la esplendidez. Dios no deja nada de lo que pueda contribuir al bien, a la alegría, a la paz de sus fieles. Por esto el salmista confiesa, agradecido, que la bondad y la misericordia del Señor le acompañan siempre, todos los días de su vida. Constata su situación de privilegio, diríamos de mimo, la situación de un alma que se siente querida por Dios, que es bien consciente de sus favores, de su predilección.
Cada creyente, asegurado por su experiencia de un Dios tan inmensamente bueno y providente, lanza al futuro su mirada, se siente seguro de aquella bondad que ha experimentado siempre, y prorrumpe en una afirmación llena de fe y de esperanza: "habitaré en la casa del Señor por años sin término".
En el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, pequeña y humilde, desposeída de poder y ungida de amor, Dios se hace buena noticia para todos, pero solo pueden entenderla los pobres.
Los pobres, que se encuentran con nosotros, deben encontrarse a través nuestro con Cristo, y podrán ir diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.
Solamente el espíritu cristiano puede comprender la profundidad de esta mención de la eternidad feliz. El salmista la ignoraba del todo en su tiempo, y por esto lo que él veía y pretendía era la certeza de vivir junto al templo del Señor hasta el final de sus días. Nada le separaría del templo, nada le alejaría de aquella intimidad, de aquella experiencia de un Dios que él mismo calificó de pastor y de huésped.
Nuevamente la antigua tradición cristiana leyó algunas veces esta segunda parte del salmo en clave sacramental: la mesa preparada sería la eucaristía; el ungüento o la unción en la cabeza significaría la unción del Espíritu, la confirmación; las cañadas oscuras de antes (sombras de muerte) eran imagen del bautismo, ser sepultados con Cristo. Todas estas gracias sacramentales harán que el cristiano tenga siempre vida eterna, ahora ya en este mundo, y luego, para siempre, en la gloria.
 
En la segunda lectura San Pablo se coloca como ejemplo de saber vivir en cualquier circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús”.
La enseñanza esta centrada en la fuente de nuestra fortaleza:” Sé vivir en pobreza y en abundancia… Todo lo puedo en aquel que me conforta”. La comunidad de Filipos- a la que evangelizó era  una comunidad a la que Pablo amaba especialmente y por la que se  sentía  correspondido en más de una ocasión. Lo primero que Pablo les dice es que les agradece la ayuda, pero que quiere que sepan que él sabe vivir con poco y con mucho, porque todo lo puede con la ayudad de Cristo, que es el que verdaderamente siempre le conforta. Un buen ejemplo para todos nosotros. Debemos ser sobrios y austeros en la pobreza y en la abundancia, saber vivir con poco y no olvidarnos nunca de los que tienen menos que nosotros. Nuestra fuerza interior no debe dárnosla el dinero, sino el espíritu de Cristo, el vivir nuestro cristianismo con verdad y sinceridad. Una persona que vive en lo económico usando y abusando de bienes superfluos nunca podrá ser buen cristiano.
 
En el evangelio de hoy Jesús se vale de una comparación (en un reino, las bodas del rey), para hacernos comprender de alguna manera las alegrías del Cielo. Alegría y abundancia de toda clase de bienes que se prolongan por muchos días. En el caso del Cielo por toda la eternidad. Estamos ante la promesa mayor que el Dios omnipotente nos hace, eso que colmará finalmente todos los deseos y anhelos del corazón humano.
Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.
Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.
Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.
Dios ha preparado para sus hijos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos.
Jesús habla de la invitación a una boda. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?
En Cristo Jesús, en la eucaristía, el amor hace presente entre los pobres la ciudad futura, la nueva Jerusalén, la morada de Dios entre los hombres, en la que Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido”.
El futuro se anticipa con el poder del amor, del amor venimos, al amor vamos y con amor estamos llamados a caminar, hacia el “banquete del Reino”.
Hoy la parábola del gran banquete, expresa que no se trata de un limitarse a cumplir, sino de una llamada a querer participar en una vida sin límites, en la gran fiesta, en el festín eterno que ya ahora se inicia para todos aquellos que valoran el amar, el darse, el servir, el compartir. Todo lo que simboliza y expresa la Eucaristía. Y que las comunidades cristianas -la Iglesia- deberían significar con sencillez, verdad y humildad.
El Señor nos sigue llamando. Y no precisamente tres veces como el evangelio de este día nos narra. ¡Cien! ¡Mil! ¡Cien mil veces! Las veces que sean necesarias, como un padre que disfruta viéndose rodeado por sus hijos. Dios nos convoca. Lo hace con nombre y apellidos.
Cada silla en la eternidad, por si lo hemos olvidado, está reservada para cada uno de nosotros en particular. Ninguno somos imprescindibles pero, para Dios, todos somos necesarios. Cada lugar, y al hilo del evangelio del anterior domingo, está reservado para cada uno de nosotros. Nadie, en nombre nuestro, lo ha de ocupar.
Participar cada domingo en la eucaristía es comprender que, el Señor, nos da siempre todo lo que más necesitamos. Tal vez, aparentemente, no veamos los frutos de este agasajo. O, incluso, algunas de sus palabras nos puedan resultar un tanto “aguafiestas” para la gran vidorra que llevamos o pretendemos soñar. Pero, como San Pablo, conocedores de lo que somos y de aquello a lo que aspiramos ojala que seamos capaces de afirmar: Cristo lo es todo. Por ello mismo venimos puntuales a estos encuentros. Nos engalanamos de fiesta por fuera y preparamos el alma por dentro.
¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?
Ante el Señor que nos invita sólo cabe una respuesta: ¡Cuenta conmigo, Señor!
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
 

viernes, 13 de octubre de 2017

Lecturas del XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario 15 de octubre de 2017



PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 25, 6-10a
Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados.
Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones.
Aniquilará la muerte para siempre.
Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo - lo ha dicho el Señor -.
Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor».
Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
Salmo 22, 1-6
R. HABITARÉ EN LA CASA DEL SEÑOR POR AÑOS SIN TÉRMINO.
 
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.
 
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.
 
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.
 
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R.


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS FILIPENSES 4, 12-14. 19 20
Hermanos:
Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones.
En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús.
A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Palabra de Dios.


ALELUYA Cf. Ef 1, 17-18
El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine lo ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 22, 1-14
En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
"Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda".

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
"La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda".
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
"Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?".
El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
"Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes".
Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».
Palabra del Señor.

domingo, 8 de octubre de 2017

Comentario a las Lecturas del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario 8 de octubre de 2017

Somos la viña del Señor y su plantel preferido. Él espera de nosotros una buena cosecha, para que corra la justicia como un río y los hombres puedan vivir en paz y en fraternidad.
En la primera lectura el profeta Isaías hace una amonestación a la gente de su tiempo, la cual, hoy, nos interpela a nosotros: son los frutos los que cuentan, son las obras las que tienen valor a los ojos de Dios. No sirve que seamos conocedores de todos los dogmas, ni de las verdades, ni de los poderes, si no producimos los frutos que el Reino quiere, el Señor se quedará triste al contemplar hoy su viña. Y los frutos del Reino son: verdad, justicia, paz, perdón, acogida a los despreciados... y todo esto hecho desde la vida.
 Hoy, el salmo 79, que proclamamos guarda una completa correspondencia con la primera lectura y con el Evangelio. Es una súplica para que el Señor Dios restaure el Reino de Salomón, el momento más glorioso de Israel. La viña es la alegoría de la familia del Señor, citada muchas veces en el Antiguo Testamento.
La segunda lectura, nos dice que hay que poner nuestra confianza en el Señor. San Pablo  nos apremia a que recuperemos la fe perdida; y él mismo nos dice como encontrarla: en la oración.
El Evangelio de San Mateo nos cuenta como se aperciben los jefes de los sacerdotes y los fariseos de que las palabras de Jesús, que narran la parábola de la viña y de sus arrendadores asesinos, se refieren a ellos. También hoy se refieren a nosotros, pero, ¿somos capaces de reconocer que se refieren a nosotros, a nuestros graves delitos? No, porque, normalmente, cuando oímos en boca de Jesús cosas que no nos gustan, siempre creemos que las dice por los demás o para personas que otras épocas. Jesús de Nazaret nos habla directamente a nosotros.

La primera lectura es del libro de Isaías (Is 5, 1-7). Este canto de la viña, compuesto por Isaías al principio de su ministerio y recitado, probablemente, con ocasión de la fiesta de la vendimia, es una de las piezas líricas más hermosas de toda la Biblia.
Esta alegoría de la viña inaugura el tema de las bodas de Yahvé con Israel, tema que será tocado repetidas veces en la literatura bíblica. En diversos pasajes de la Biblia, a Israel se le designa, unas veces, como una viña (Jr 2. 21; Ez 15. 1-8; 17. 3-10; 19. 10-14); otras, como la esposa mimada y después repudiada (Ez 16.; Dt 22. 2-14; 25. 1-13). En este pasaje de Isaías se entremezclan perfectamente ambas consideraciones.
En esta alegoría de la viña el profeta se compara al "amigo del esposo", encargado de proteger la virginidad de la prometida y acompañarla ante el esposo el día de sus nupcias.
La articulación de la perícopa es muy clara: introducción (v. 1a), tres estrofas centrales (vv. 1b-2; 3-4; 5-6) los vv. 3-5 invitan a la concurrencia a que se haga cargo de la determinación que se verá obligado a tomar, condenando a su esposa infiel a la esterilidad (v. 6).y una estrofa en forma de glosa, que sirve de conclusión nos da la clave de la alegoría. (v. 7).
-En la introducción, el profeta, amigo del esposo, se dispone a entonar un cántico. De forma intencionada, el autor no quiere decirnos quién es este amigo, lo deja a la intuición de los oyentes. Ellos serán los que lo descubran en el momento oportuno.
La intervención del profeta (v. 1) llama la atención sobre la misión del amigo del esposo. Las delicadas atenciones de que es objeto la viña (v. 2;) son las que Dios prodiga a su esposa (Ez 16. 1-14 o Ef 5. 25-33). El juicio que Dios emite sobre su viña se desarrolla públicamente (vv. 3-4), según lo prescribía la Ley en caso de adulterio.
Finalmente la condenación de la viña a la esterilidad (v. 6) es la maldición prometida a la esposa infiel, y la decisión de derribar el muro y la cerca (v. 5) recuerdan la orden de exponer a la mujer adúltera a la vergüenza pública antes de proceder a su muerte por lapidación (Ez 16. 35-43; Os 2. 4-15).
Desde que el amor de Dios al hombre se hace patente, aparece revestido de un acusado matiz dramático. La justificación de este amor no es otra que él mismo, siendo el sujeto que lo recibe un ser indigno de tal prerrogativa.
La paciencia de Dios afrontará, a todo lo largo de los siglos, la debilidad e inconsistencia del hombre, hasta que un buen día, en el corazón de la humanidad, surja una viña, fiel y capaz de dar abundantes frutos de vida divina; esta nueva viña no es otro que Jesucristo (cf. Jn 15.)

El responsorial  es el salmo79 (Sal 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20) El salmo 79 es la oración de Israel ante una gran desgracia. El enemigo ha invadido el territorio nacional y ha destruido la ciudad y el templo, y Dios parece mostrarse indiferente y callado ante tamaña desgracia:«Señor Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».
La vid, los pámpanos, las montañas, la cerca. Destrucción y ruina; y el hombre a quien escogiste y fortaleciste. Términos de ayer para realidades de hoy.
VV. 9-12: Con la situación presente contrasta la historia en la que Dios fue protagonista. Dios no debe interrumpir la obra comenzada. La imagen de la viña es frecuente para representar al pueblo de Dios: salida de Egipto, ocupación de la tierra prometida, expansión de su soberanía bajo David.
VV. 13-14: Comienza la serie de súplicas, con preguntas y llamadas, sin abandonar la imagen de la viña.
VV. 15-16: Dios debe actuar, pues se trata de «tu viña que tu diestra plantó, que hiciste vigorosa».
V. 19-20: Aleccionado por el castigo, el pueblo promete la enmienda, es decir, la fidelidad a Dios, para convivir con Él e invocar exclusivamente su nombre y no el de otros dioses.
Acaba con una súplica: “Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.
San Juan Pablo II comenta así este salmo: "1. El salmo que se acaba de proclamar tiene el tono de una lamentación y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera parte utiliza un célebre símbolo bíblico, el del pastor y su rebaño. El Señor es invocado como "pastor de Israel", el que "guía a José como un rebaño" (Sal 79, 2). Desde lo alto del arca de la alianza, sentado sobre los querubines, el Señor guía a su rebaño, es decir, a su pueblo, y lo protege en los peligros.
Así lo había hecho cuando Israel atravesó el desierto. Sin embargo, ahora parece ausente, como adormilado o indiferente. Al rebaño que debía guiar y alimentar (cf. Sal 22) le da de comer llanto (cf. Sal 79, 6). Los enemigos se burlan de este pueblo humillado y ofendido; y, a pesar de ello, Dios no parece interesado, no "despierta" (v. 3), ni muestra su poder en defensa de las víctimas de la violencia y de la opresión. La invocación que se repite en forma de antífona (cf. vv. 4. 8) trata de sacar a Dios de su actitud indiferente, procurando que vuelva a ser pastor y defensa de su pueblo.
2.En la segunda parte de la oración, llena de preocupación y a la vez de confianza, encontramos otro símbolo muy frecuente en la Biblia, el de la viña. Es una imagen fácil de comprender, porque pertenece al panorama de la tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría.
Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas páginas poéticas (cf. Is 5, 1-7), la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales:  por una parte, dado que ha sido plantada por Dios (cf. Is 5, 2; Sal 79, 9-10), la viña representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otra, exige el trabajo diario del campesino, gracias al cual produce uvas que pueden dar vino y, por consiguiente, simboliza la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto de obras justas.
3. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca de nuevo las etapas principales de la historia judía:  sus raíces, la experiencia del éxodo de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates (cf. vv. 11-12).
Pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres. A la fuerza del jabalí se asocian todas las alimañas, símbolo de una horda enemiga que lo devasta todo (cf. vv. 13-14).
4. Entonces se dirige a Dios una súplica apremiante para que vuelva a defender a las víctimas, rompiendo su silencio: "Dios de los Ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña" (v. 15). Dios seguirá siendo el protector del tronco vital de esta viña sobre la que se ha abatido una tempestad tan violenta, arrojando fuera a todos los que habían intentado talarla y quemarla (cf. vv. 16-17).
En este punto el Salmo se abre a una esperanza con colores mesiánicos. En efecto, en el versículo 18 reza así: "Que tu mano proteja a tu escogido, al hijo del hombre que tú fortaleciste". Tal vez el pensamiento se dirige, ante todo, al rey davídico que, con la ayuda del Señor, encabezará la revuelta para reconquistar la libertad. Sin embargo, está implícita la confianza en el futuro Mesías, el "hijo del hombre" que cantará el profeta Daniel (cf. Dn 7, 13-14) y que Jesús escogerá como título predilecto para definir su obra y su persona mesiánica. Más aún, los Padres de la Iglesia afirmarán de forma unánime que la viña evocada por el Salmo es una prefiguración profética de Cristo, "la verdadera vid" (Jn 15, 1) y de la Iglesia.
5. Ciertamente, para que el rostro del Señor brille nuevamente, es necesario que Israel se convierta, con la fidelidad y la oración,volviendo a Dios salvador. Es lo que el salmista expresa, al afirmar: "No nos alejaremos de ti" (Sal 79, 19).
Así pues, el salmo 79 es un canto marcado fuertemente por el sufrimiento, pero también por una confianza inquebrantable. Dios siempre está dispuesto a "volver" hacia su pueblo, pero es necesario que también su pueblo "vuelva" a él con la fidelidad. Si nosotros nos convertimos del pecado, el Señor se "convertirá" de su intención de castigar: esta es la convicción del salmista, que encuentra eco también en nuestro corazón, abriéndolo a la esperanza. "  (San Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles, 10 de abril 2002)

La segunda lectura es de la carta del apóstol san Pablo a los filipenses (Fil 4, 6-9). El texto es parte del último capítulo de la carta, a los filipenses en ella da unos consejos. En primer lugar, hace una invitación a la alegría (4. 4). La causa de esta alegría es la próxima venida del Señor (v. 5). Es cierto que dicha venida ha de ser también motivo de vigilancia y que no podemos vivir "alegremente", pero debemos descansar de todas nuestras preocupaciones en el Señor. Por eso Pablo añade: "Nada os preocupe". Es una llamada a la serenidad de ánimo que nace de la confianza en Dios y que nos libera de la inquietud propia de cuantos no tienen en quien confiar.
La petición es la oración del pobre, del que todavía no ha llegado, del que todavía camina hacia la plenitud de Dios. Por eso es la oración de los cristianos que esperan la venida del Señor. Por otra parte, sabemos que Dios nos ama y se ha revelado en su Hijo, Jesucristo. Así que tenemos siempre motivos para dar gracias a Dios, y nuestras peticiones deben ir acompañadas incesantemente de la acción de gracias.

aleluya cf. jn 15, 16
Yo os he elegido del mundo - dice el señor -, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
El  evangelio es de san Mateo (Mt 21, 33-43). La lectura de este texto evangélico debe realizarse en relación con la imagen del canto de Isaías 5, 1-7. Aquí como allí hay un matiz polémico, contrastando los trabajos que el dueño ha realizado en la viña con el resultado que obtiene de los mismos.
Si bien en el texto de Isaías el protagonismo negativo recaía sobre la viña, aquí recae sobre los viñadores. Los viñadores son los judíos que no aceptan a los profetas y matan al Hijo fuera de la viña, fuera de Jerusalén. El pueblo nuevo al que se entrega la viña son los paganos. La alegoría denuncia la infidelidad de Israel y afirma la extensión del Reino a los paganos. A través de este mensaje, resalta la acción providente de Dios. Como en la historia de José, hay que ver y distinguir dos cosas: el mal que realizan los hombres desde la infidelidad, y el bien que hace Dios a pesar de ese mal, y, -lo que es más importante- a través de ese mal. Se subraya así la referencia a la actitud de los dirigentes de Israel hacia Jesús.
La "torre" es el caserón donde se vive durante la vendimia, con una abertura de observación en el techo. Sin embargo, está claro que en el centro del relato evangélico no está la conducta de la viña (o sea, de Israel), sino más bien de los campesinos. Por consiguiente, la alegoría se desarrolla no a nivel de pueblo, sino solamente de sus jefes.
 Dios aparece como un "extranjero" en medio del pueblo de Israel: Dios, el amo, no es, por así decirlo, "hebreo"; él viene solamente cuando se trata de alquilar la viña. He aquí, pues, un primer significado de la alegoría: Israel no es la patria de Dios. Dios está por otra parte y no está vinculada a las vicisitudes del pueblo elegido. Solamente les ha dado una tarea a los responsables de la viña israelita, y después se ha ido.
El contacto entre Dios-amo y la viña-Israel a veces se realiza a través de sus siervos, que claramente son los profetas. Los siervos-profetas son sucesivamente maltratados, golpeados e incluso matados. Entonces el Dios-amo decide enviar a su "hijo amadísimo": aquí el evangelista vuelve a tomar una expresión típica (1,11; 9,7), empleada en la descripción de los dos momentos teofánicos más solemnes de la vida de Jesús.
"Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para percibir los frutos...": En el momento decisivo Dios pide cuentas a su pueblo. Los primeros enviados son los profetas. Estos sufren la violencia que está descrita en forma de lapidación, tradicional descripción de la persecución de los profetas en tiempos de Jesús e incluso en los primeros tiempos del cristianismo.
-"Por último, les mandó a su hijo...": Es la última oportunidad que tienen los labradores para la conversión. El término "hijo" tiene una referencia directa a Jesús. Aunque en el judaísmo del tiempo de Jesús el término "hijo" no tenía un sentido mesiánico, el evangelio de Mateo lo utiliza -más que los otros evangelistas- para referirse a la mesianidad de Jesús.
"Al ver al hijo se dijeron: Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia": el crimen de los labradores es cometido con plena responsabilidad, no por desconocimiento de la identidad del hijo. Así la parábola quiere subrayar la gravedad del rechazo de Jesús: es un rechazo de Dios en la persona de su enviado. Jesús ya ha manifestado suficientemente con sus obras que es el enviado de Dios.
"Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?": Así como el canto del profeta Isaías incluía un interrogante al oyente, a fin de que se convirtiera en juez de aquella situación, también ahora Jesús interpela a los dirigentes judíos para que juzguen. Será un juicio sobre su propia actuación. La respuesta implica las referencias del evangelista a la caída de Jerusalén, contemplada como un castigo por su negativa a creer en Jesús como el Mesías. San Mateo no pone nunca en duda la condición divina de Jesús: es el hijo de Dios.
El complot de los viñadores se basa en motivos claramente blasfemos. Ellos saben que el hijo, único heredero, es el solo que puede llevar adelante el proyecto salvífico del Dios-amo. Por esto quieren matar a Jesús, porque saben que él proclama una religión universal, y , por lo tanto, les quita el monopolio de Yahve, monopolio sobre el que se basa su poder económico. La acusación, bastante violenta, se inserta en el contexto inmediato de nuestro evangelio. El "monopolio" israelita está destinado a la destrucción total: "el amo vendrá y exterminará a los viñadores". Pero no se trata solamente de un exterminio, sino de una sustitución: el monopolio quedará suprimido, porque el amo alquilará la viña a otros. He aquí, pues, el punto central de la alegoría: Israel pierde su privilegio y esto no es más que la negativa de la buena noticia dirigida a todos.
"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular": Cita del salmo 117 que sirve para explicar el trastorno de situaciones que provoca la persona de Jesús. Quien ahora es desechado, será el jefe de un nuevo pueblo que dará máximo fruto.
La alegoría se concluye en una forma clásica para el segundo evangelio: los jefes, al darse cuenta de que la parábola iba por ellos, en un primer momento piensan capturar a Jesús, pero tienen miedo de la gente. Y es que cuando la evangelización es realmente popular crea problemas muy serios a toda clase de poderes opresores.

Para nuestra vida
Tanto el profeta Isaías como el salmo responsorial, y el evangelio de Mateo utilizan la imagen de la viña para resaltar la relación de Dios con su pueblo. Una elación que construye una historia de amor y desamor, de gracia y desagradecimiento.

La primera lectura del profeta Isaías, diremos que este fervoroso y literariamente bello canto del profeta Isaías a la viña del Señor se refiere, evidentemente, al pueblo de Israel.
Isaías utiliza un motivo alegórico de gran tradición, el de la viña del Señor que es la casa de Israel (Os 10. 1; Jr 2. 21; 5. 10; 6. 9; 3. 14; 27. 2-5). Pero esta alegoría logra en el canto de Isaías su versión más brillante, en la que se inspirará la parábola de Jesús que vamos a escuchar en el evangelio de hoy. El profeta, el poeta (deberíamos escuchar con atención a los verdaderos poetas, pues la poesía auténtica es muchas veces latente profecía) pronuncia un canto inocente, adaptado a la situación festiva del momento.
El amor, el amigo del profeta, eligió para su viña la mejor tierra: un collado de tierra grasa. La cavó y la plantó con las mejores cepas. Con las piedras que sacó del campo construyó una tapia, y coronó esa tapia de espinos (v. 5). Después levantó en medio de la viña una torre de vigilancia y excavó una bodega en la roca. No podía hacerse más con esa viña. Pero la viña no le dio al amo lo que era de esperar, sino agrazones. Por eso se querella contra su viña. Los habitantes de Jerusalén escuchan estas quejas y son requeridos para sentenciar en el pleito. Tenemos aquí un caso análogo al de Natán cuando invita al rey David para que juzgue sobre un asunto que resultaría ser el suyo (2 S 12. 1 ss.). Pues los habitantes de Jerusalén son "la viña del Señor". ¿Qué podrán decir en su defensa? Nada, por eso no responden.
Y ante el silencio de la viña, de la casa de Israel, Yahvé pronuncia una sentencia sobre ella y contra ella. El amo derribará la tapia para que la coman los rebaños y la devasten, la dejará yerma para que crezcan de nuevo los cardos y mandará a las nubes para que pasen de largo. Dios abandonará a Israel a su propia suerte y lo entregará como fácil presa a los asirios. Pues esperaba uvas y le ha dado agrazones; quería que corriera el derecho y la justicia como un río y sólo corre la sangre inocente y los lamentos de los oprimidos.
Dios había esperado de su pueblo derecho y justicia, pero su pueblo le respondió con asesinatos y lamentos. Aplicándonos nosotros este texto a nosotros mismos, debemos preguntarnos ahora si nosotros hemos respondido siempre con derecho y justicia, es decir, con fidelidad, a la oferta de salvación que el Señor nos ha hecho repetidamente a lo largo de nuestra vida.
Es verdad que Dios no se cansa de buscarnos.  Pero nosotros, nuestra sociedad, muchas veces y en muchos momentos y circunstancias no nos dejamos encontrar por Dios. Y es que, para salvarnos, no es suficiente con que Dios nos busque, es necesario que nosotros nos dejemos encontrar por Dios. Claro que la salvación, en estricta teología, siempre es gratuita, porque nuestra salvación es obra de la infinita misericordia de Dios. Pero Dios no fuerza a nadie a dejarse salvar por él. Sería tanto como negar el valor de la libertad humana y caer en un predestinacionismo absoluto que anula totalmente la libertad humana. No puede ser igual para Dios que nosotros respondamos a su oferta de salvación con obras buenas o con obras malas. No puede ser indiferente para Dios que sus criaturas hagan el bien o hagan el mal. Por eso, en este bello canto del profeta Isaías a la viña del Señor se nos dice que el Señor arrasará su viña, al pueblo de Israel, por no haber sido fiel a su amor. Seamos, pues, nosotros consecuentes con nosotros mismos: el Señor nos ofrece su salvación, pero si nosotros la rechazamos el Señor no podrá salvarnos.

“La viña del Señor es la casa de Israel". Frase del salmo 79, que repetimos en el salmo responsorial, resume  los textos de la primera lectura del profeta Isaías y el texto del evangelio según san Mateo.
El salmo también nos recuerda la obra de Dios en nosotros. , el Señor Dios nos restaurará, hará brillar su rostro sobre nosotros y nos salvará. Todo para que seamos buenos nosotros, y podamos  hacer el bien .
El salmo 79 es la oración de Israel ante una gran desgracia. El enemigo ha invadido el territorio nacional y ha destruido la ciudad y el templo, y Dios parece mostrarse indiferente y callado ante tamaña desgracia: «Dios del universo, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó y al hijo del hombre que tú has fortalecido
Con este salmo podemos hoy pedir por la Iglesia y sus pastores. También la Iglesia,  el nuevo Israel sucumbe frecuentemente ante el enemigo, y le falta mucho para ser aquella vid frondosa que atrae las miradas de quienes tienen hambre de Dios: «Tú, Señor, elegiste a la Iglesia para que llevara fruto abundante, tú la quisiste universal, quisiste que su sombra cubriera las montañas, que extendiera sus sarmientos hasta el mar; y, fíjate, sus enemigos la están talando, su mensaje topa con dificultades, su Evangelio, con frecuencia, es adulterado; pon tus ojos sobre tu Iglesia.
«¡Oh Dios, restáuranos!», es la petición de nuestra inquieta comunidad. Él puede hacer brotar también en nosotros el ideal comunitario y misionero de los orígenes. Es preciso recordarle a Dios Padre su bondadosa presencia y eficacia de otros tiempos. «¡Ven a visitar tu viña!» «¡Danos vida para que invoquemos tu nombre!» «¡Que brille tu rostro y nos salve!»

En la segunda de la carta a los Filipense San Pablo, , se dirige a unos cristianos que vivían en una sociedad mayoritariamente pagana. Vivían en minoría y se sentían menospreciados y, a veces, perseguidos. San Pablo les dice que no se preocupen por ello, que mantengan siempre un comportamiento justo y ejemplar y que el Señor les dará la paz. La paz, en hebreo, shalom, es el mayor don que Dios podía dar a una persona, porque incluía el bienestar material y espiritual. Intentemos también nosotros vivir siempre en paz, en la paz de Dios, en medio de todas las dificultades materiales, sociales y espirituales en las que nos toque vivir." Nada os preocupe… y la paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamiento en Cristo Jesús… Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta" .
La relación con Dios ha llenado a San Pablo de una gran paz consigo mismo y con el mundo, pero, a la vez, le ha llenado de energía para tratar de transformarlo y de inculcar a otros esa inquietud por hacer posible lo que hay dentro de nosotros y de las cosas para dar rienda suelta a la alegría y la felicidad. No con angustia ni con impaciencia sino con esperanza.
San Pablo esboza aquí para los cristianos de Filipos un estilo de moral, una forma de comportamiento que no tiene nada que ver con la moral pagana, sino que camina en otra línea. Señala varios puntos de apoyo que los creyentes harán bien en tomar. El primero es que el actuar cristiano se desarrolla en la oración, en un clima de ternura en Cristo Jesús. La prescripción de toda moral queda desplazada por una visión de amor y esto lo expresa el creyente en la acción de gracias. Algo que cada domingo toda comunidad cristiana se esfuerza por poner de manifiesto.
El creyente, dice también San Pablo, se caracteriza por una gran humanidad. Queda superada la concepción del que se aleja de los hombres porque le defraudan y “se refugia” en Dios. Ciertamente ese Dios no lo es tal, porque el Dios de Jesús pasa por el hombre Jesús. Por eso se podría definir al creyente como un apasionado por todo lo humano, por mejorar lo que se pueda mejorar dentro de la vida del hombre, por hacer al hombre más hombre. Y todo ello por exigencias de la fe. Este es el fruto que Dios espera del derroche de amor que ha hecho con el hombre (cf 1. lectura).
En su conjunto esta segunda lectura puede ser  hoy un  nuevo conmover nuestras conciencias, nuestra moral cristiana tradicional: "todo lo que es bueno, noble, bello, justo, verdadero, amable, laudable... tenedlo en cuenta". El cristianismo no se inventa una moral propia haciendo tabla rasa del sentido común y de la conciencia ética natural. Cierto que tiene aspectos propios, nuevos, peculiares, que da una nueva perspectiva a todo el conjunto. Pero no queda reducida a ser "otra cosa".
Escuchando este texto se nos invita a la tarea de redescubrir la moral cristiana, de ampliarla a sus verdaderas dimensiones. Porque Jesús no trajo una moral nueva, más sofisticada o perfeccionada. Jesús trajo el anuncio de un Reino nuevo, que tiene en cuenta todo lo que es bueno, noble, bello, justo, verdadero amable, laudable... El día que "tengamos en cuenta" todo esto ganará mucho prestigio la moral cristiana. Que sea pronto.
Este comportamiento va unido a la "paz de Dios" porque viene de Dios y no es la paz que el mundo puede dar. Esta es la paz que posee el que sabe conjugar en su vida la responsabilidad vigilante y la petición a Dios de lo que todavía espera, con la seguridad de una fe agradecida por lo que ya ha recibido en Xto Jesús. Pablo, que escribe desde la cárcel y a la vista de sus guardianes, compara esta paz de Dios a los guardianes que Dios pone ante las puertas del corazón y de la mente para que nada perturbe la serenidad interior.
Según el pensamiento de San Pablo (Cf Rom 5), la paz no es algo que se caracteriza exclusivamente por la ausencia de guerra, no es siquiera una virtud moral, sino es el saberse salvado por Jesús. Esta es la paz fundamental de la que dimana toda otra paz. Pues bien, el creyente tendrá que esforzarse, si quiere ser consecuente con el hecho de Jesús, por ser un hombre de paz. El cristiano es, por definición, un pacifista, un no violento nato, un antimilitarista profundo, porque cree que el mejor medio para llegar al entendimiento entre dos personas es el camino de la paz. Construir la paz es querer infundir serenidad y coraje, simpatía y ánimo.
Esta paz de Dios, que nos custodia de falsos temores, nos libera por ello mismo para apreciar y aceptar sin recelo cuanto de bueno hay en el mundo. Los cristianos tienen que tener siempre abierto el corazón a todos los valores que, no siendo específicamente suyos, son sin embargo auténticos.

En el evangelio vemos como a Dios  no le quedó otro remedio que entregar su viña (su Reino) a otro pueblo que produzca frutos.
Jesús toma de la tradición literaria y religiosa de su pueblo el canto de la viña, original de Isaías, y lo aplica a los responsables de su pueblo, pero también a todos nosotros, porque todos ya somos responsables de comunicar, presentar y construir eso que Él llama Reino de Dios y que es vivir y entender la vida desde el Dios bueno que nos ha presentado. Es tan distinta y tan genial que privar de ella a otros es un desprecio a quien nos la ha confiado.  
La historia de la viña es la historia del pueblo de Israel, la historia de la humanidad. Ahora la viña del Señor es la Iglesia, llamada a ser sacramento universal de salvación. Su misión es, como señalaba la "Lumen Gentium", anunciar y establecer el Reino de Dios, cuyo germen se encuentra ya en este mundo.
Todos somos trabajadores activos en la viña del Señor. En nuestras comunidades parroquiales se anuncia estos días el plan del nuevo curso con multitud de grupos y actividades -pequeñas parcelas- en las que los miembros de la comunidad pueden colaborar. La pasividad y el pasotismo son nefastos para la Iglesia. Has recibido un carisma por parte de Dios, no lo entierres, sé generoso. Todos estamos llamados a dar testimonio en medio del mundo, que es el lugar donde se desenvuelve nuestra vida cotidiana. Dejemos que cada cual aporte su granito de arena en la construcción del Reino.
Todos los cristianos estamos invitados a tomar conciencia de nuestra responsabilidad en el trabajo de la viña, todos somos corresponsables. ¿Has escuchado la llamada que Dios te hace a trabajar en la viña?, ¿te has preguntado alguna vez cuál es la parcela de la viña de la que te encarga el Señor?
Así el evangelio nos presenta la viña como la casa de Israel. Yahvé la plantó, arregló y preparó con todo esmero para que diera fruto. Derrochó en ella todo su amor. Sólo esperaba de ella una cosa: que diera uvas, el fruto de la vid. En el pacto de la Alianza en el Sinaí quedó claro el compromiso de ambas partes: "vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios". El Señor fue fiel, pero el pueblo olvidó su juramento. Dios sólo deseaba que diera frutos de amor, por su propio bien, por su propia felicidad. A pesar de todo, envió a sus mensajeros los profetas (los criados de la parábola) para recordárselo, pero no sólo no les escucharon sino que les apedrearon o les mataron. ¿Qué más podía hacer por su viña que no haya hecho? Lo impensable: envió a su propio hijo. Pero los labradores acabaron con su vida para quedarse con la viña. Mateo, teniendo en cuenta los acontecimientos de la crucifixión de Jesús en el calvario, dice aquí que los arrendatarios, agarrando al heredero, "lo empujaron fuera de la viña y lo mataron".
Podemos concluir con esta oración de acción de gracias
Dios y Padre nuestro, hoy la Palabra invita a contemplarte como el propietario que con amor e ilusión planta la viña y hace cuanto puede para que las cepas puedan crecer y producir fruto. Te contemplamos como el Padre paciente que no se cansa de amar ni de esperar una respuesta positiva de nuestra parte, que a veces producimos agrazones o no sabemos reconocer que todo el bien que existe en la Iglesia y el mundo es fruto de tu amor, y que no somos sus dueños. Por eso te pedimos, Padre, que nos dejemos trabajar por ti, que tu rostro luminoso renueve nuestro modo de pensar y sentir para que no actuemos como propietarios de lo que no es nuestro, sino tuyo. Que aprendamos a colaborar contigo cuidando lo que ha plantado tu diestra amorosa: nuestra vida y la de nuestros hermanos, , el universo que nos has confiado para que sea el jardín de Dios

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org