lunes, 22 de mayo de 2017

Comentario a las lecturas del VI Domingo de Pascua 21 de mayo 2017

En las dos semanas que quedan de Pascua, el Señor Resucitado nos prepara para vivir el misterio de su «ausencia». Nosotros pertenecemos a las generaciones que ya desde el principio merecieron la «bienaventuranza» de los que, como Cristo le dijo a Tomás, «creen sin haber visto».
Cristo mismo, a pesar de que no le vemos, porque está en estado glorioso, sigue estándonos presente: a pesar de que «vuelve» al Padre, sin embargo «no os dejaré desamparados», «yo sigo viviendo», «yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros». Es una buena ocasión -como lo ha sido todo el tiempo pascual- para insistir en la gozosa convicción de que Cristo no está lejos, sino entrañablemente cercano, según su promesa: en la comunidad, en su Palabra, en sus sacramentos, de modo particular en su Eucaristía, y también en la persona del prójimo.
Hoy es la «jornada del enfermo» y se nos dice que «las comunidades están llamadas a curar». Y ¿qué quiere decir «curar»? Curar quiere decir ofrecerles «razones para la esperanza».

La primera lectura es del libro de los hechos de los apóstoles  (Hech 8, 5-8. 14-17). Con el cap. 8 comienza la fase expansiva de la Iglesia fuera de Jerusalén (8. 1).
Los discípulos, una vez expulsados de Jerusalén, inician su segunda misión (Hch  8,4-9,43 ) en Judea y Samaría, según la palabra de Jesús: seréis testigos míos en  Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra (Hch 1,8). El primer  evangelizador de esta nueva misión es Felipe (Hch 21,8), uno de los siete hombres  escogidos para servir a la comunidad de los creyentes.
"En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo". Felipe, ya nombrado diácono-servidor de la comunidad, va a predicar a Samaria. Anuncia a los samaritanos que Jesús es el Mesías que ellos también esperaban. Su palabra va acompañada de la acción, la misma acción de Jesús: saca los espíritus malignos y da la salud a los inválidos. El gentío creía en el diácono Felipe, porque veía lo que hacía y escuchaba lo que decían de él. Y es que se cumplía el dicho: las palabras mueven, los ejemplos arrastran. El diácono Felipe hablaba y actuaba lleno del Espíritu Santo, del espíritu de la Verdad, predicaba la resurrección de Jesús y hacía prodigios en su nombre.
El resultado de la predicaci6n de Felipe es la alegría, tema típico de Lucas. Es la alegría propia de los últimos tiempos, del momento en que Dios interviene decisivamente en la historia humana. Ante el resultado de la predicación de Felipe, los apóstoles envían a unos representantes a confirmar en la fe a aquellos que han hecho caso de Felipe y han sido bautizados en el nombre de Jesús. En este caso, la imposición de manos comporta recibir el don del Espíritu.
Los dos temas centrales de este relato son la evangelización y el don de Dios, que es el  Espíritu Santo.
El  anuncio del mensaje de salvación en Samaría da lugar a un movimiento de masas. No hay  que olvidar que toda Palestina vive entonces bajo una fuerte tensión y expectativa  mesiánicas. Felipe, lo mismo que antes Simón el mago, son los catalizadores de esta  expectación en la ciudad de Samaría (vs.6-8. 12-13). El caso de Simón Mago es un ejemplo de la falsa actitud ante este doble  hecho cristiano. El, como los magos de Egipto (Ex 7,11-13), ha de reconocer que solamente  el mensajero del Dios verdadero tiene acceso a una fuente de poder más fuerte que la  magia del dios falso. El designio de Simón de comprar el don de Dios manifiesta que no  aprecia bastante el carácter interior del evangelio y de la operación del Espíritu Santo. Es  cierto que Simón había creído el mensaje de Felipe y había recibido el bautismo; pero no  era un hombre convertido, regenerado, nacido de lo alto; prueba de ello es su deseo de  manipular mágicamente al Espíritu.
Llama la atención los milagros y  prodigios que hacían (vs. 6-7. 11). Pero había  ausencia de una auténtica  disposición de fe por parte de la gente. "Creían a Felipe" (v. 12), exactamente igual que  antes habían creído al mago Simón.
Los de Samaria no  habían pasado de aceptar la palabra de Dios (v.14a), solamente habían quedado  bautizados en el nombre del Señor Jesús (v. 16b); les faltaba hacer activa esa palabra,  actualizar a Jesús.
Se daba el peligro de un cristianismo mágico, bautismo mágico, ritos  simplemente folklóricos. Y en estas  condiciones el bautismo no produce su efecto,  es decir, el Espíritu Santo no puede hacerse presente (v. 16).

El  responsorial es el salmo 65, (Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20)
R. aclamad al señor, tierra entera.
Como en muchos salmos de acción de gracias, se trata aquí de una oración ante todo "colectiva". En las siete primeras estrofas aparece el "nosotros": Israel recuerda las maravillas del Éxodo, en particular "el paso del agua", "la Pascua del Mar Rojo y del Jordán: obstáculos superados por la gracia de Dios... Pero ésta es también una oración "individual " De pronto se pasa al «yo" a partir de la estrofa 8: los actos "liberadores" que Dios hizo en la historia de Israel son "significativos" de todas las situaciones de prueba aun individuales en que Dios es siempre el mismo, el que libera.
Así comenta San Agustín los primeros versículos del salmo: " [v. 2]. Cantad salmos a su nombre. ¿Qué dijo? Que bendigáis su nombre con salmos. Creo que dije ayer lo que es salmodiar, y creo que lo recuerda vuestra Caridad. Se trata de tocar también el instrumento llamado salterio, y pulsarlo con las manos, de manera que voces y manos estén acordes. Porque si aclamáis con júbilo algo para que lo oiga Dios, tocadlo también con salmos, de manera que lo vean y lo oigan además los hombres; pero no lo hagáis en vuestro nombre. Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres, para que lo vean ellos6. ¿Y a nombre de quién tocaré salmos, me dirás, sin que vean lo hombres mis obras? Prestad atención a otra cita del Evangelio: Brillen vuestras obras ante los hombres para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos7. Que vean vuestras buenas obras, y den gloria no a vosotros, sino a Dios. Porque si hacéis obras buenas para ser glorificados vosotros, os responderá lo que él mismo dijo a unos que hacían eso mismo: Os lo aseguro: ya recibieron su recompensa. Y también: De otro modo no recibiréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos8. Entonces me replicarás: —luego ¿debo ocultar mis obras para no hacerlas delante de los hombres? No. ¿Qué es lo que dice? Brillen vuestras obras ante los hombres. Así que me quedo indeciso: por un lado me dices: Cuidado con practicar vuestra justicia delante de los hombres; y por otro me dices: Brillen vuestras buenas obras ante los hombres; ¿Cuál voy a practicar? ¿Qué voy a hacer? ¿Cuál de ellas debo omitir? Así como no se puede servir a dos señores, que te mandan cosas diversas, así tampoco a uno que te ordena cosas contrarias. —No, dice el Señor; no te mando cosas contrarias. Fíjate en el fin, canta el salmo mirando el fin; fíjate a ver con qué fin lo haces. Si lo haces para ser tú glorificado, esto es lo que te he prohibido; pero si lo haces para que sea Dios glorificado, esto es lo que yo he mandado. Cantad, pues, salmos no a vuestro nombre, sino al nombre del Señor vuestro Dios. Vosotros cantad salmos; que sea él alabado; vosotros vivid rectamente: sea él glorificado. ¿Y cómo lograréis vivir con rectitud? Si tuvierais al eterno, jamás habríais vivido mal; pero si procede de vosotros, nunca habríais vivido bien. San Agunstin. Comentario al salmo 65.
http://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/index2.htm)

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol San Pedro ( 1Pe  3, 15 -18 , presenta varias  exhortaciones y entre ellas una de mayor  importancia: dar razón de la esperanza cristiana. San Pedro se lo decía a aquellos primeros cristianos, que vivían en un mundo hostil y difícil para ellos: que no se desanimaran, que mantuvieran firme su esperanza y que a todo el que se la pidiere le propusieran su esperanza cristiana .
Esta es una de las más completas  formulaciones del mensaje cristiano, sobre todo de cara a otros. Porque los cristianos,  vistos desde fuera, son gente que espera. Esperanza estrechamente emparentada, casi  identificada con la fe y el amor. Pero esperanza. Esencial también para el hombre,  necesitado de ella ahora y en todo momento.
Se indica (v. 16) cómo se ha de dar razón de esta esperanza: de forma no impositiva ni  apabullante, sin presunción ni menosprecio hacia otros. Lo cual no es fácil precisamente  cuando uno está convencido. Por eso muy a menudo en el pasado, y también ahora,  aunque de forma diferente, hemos caído y caemos en intransigencias, censuras, juicios,  etc., acerca de quienes no piensan como nosotros. Y creemos que eso es testimonio, santa  desvergüenza, o cosas parecidas. No es esta la actitud que se nos recomienda en este  pasaje para dar razón de nuestra esperanza.

Aleluya Jn 14, 23 el que me ama guardara mi palabra --dice el señor--, y mi padre lo amará, y vendremos a él.

El  evangelio  de hoy de san Juan ( Jn 14, 15-21) es un fragmento de los discursos de despedida. Jesús dice a sus discípulos palabras de cariño y les hace varias promesas:
-- «Me veréis» Aunque es verdad que dentro de poco seré arrebatado de vuestra vista, pero enseguida me volveréis a ver (cf. Jn 16, 10). Por un momento no me veréis, pero después me volveréis a ver. La presencia será para siempre.
-- «El mundo no me verá» Es un problema. Judas, no el Iscariote, ya le preguntó a Jesús: «¿Qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (Jn 14, 22). El mundo no verá a Jesús, porque no quiere escuchar y porque no ama a Jesús. Sólo escucha y sólo ama lo que le interesa. El mundo no verá a Jesús, no porque no lo quiera Jesús, sino porque el mismo mundo no quiere.
-- «Y viviréis» Ver a Jesús es vida. Un ver que es conocer, comprender, participar. Decía San Ireneo, que si la gloria de Dios es que el hombre viva, la vida del hombre es la visión de Dios. Y viviréis para siempre, «porque yo sigo viviendo».
--"Sabréis" La visión da conocimiento del misterio por participación. "Sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros". Sabréis este misterio de la interrelación y la comunión, porque participaréis de él. Mi Padre está conmigo y en mí. Yo estaré con vosotros y en vosotros.
--"Otro Defensor" Esto sí que no lo esperaban los discípulos. Como regalo supremo se les promete el gran Don del Espíritu. Es el mismo Espíritu de Dios, que será un Consolador, un Defensor, un Maestro y, sobre todo, un Huésped y Amigo. Quien lo recibe no necesita otros apoyos, ni otras recomendaciones, ni otras enseñanzas. Es un Espíritu Santo; por eso, no lo puede recibir cualquiera, sólo el que cree en él y se prepara para recibirlo.
-- «Guardaréis mis mandamientos» El Señor sólo pide a los discípulos que guarden sus palabras, que acepten y guarden sus mandamientos. Que no se limiten a escuchar ni sean olvidadizos o inconstantes. Su palabra es una semilla que, si se la acoge, puede dar mucho, muchísimo fruto. Cuando Jesús habla de estas cosas, su palabra aún no estaba escrita. Jesús quiere que la escriban en sus entrañas, que la guarden en la mente y en el corazón, que la hagan vida. Vivid lo que os he dicho, lo que os he mandado, lo que os he pedido. Y lo que Jesús ha dicho y ha mandado no es tan difícil de aprender y recordar. Todo lo que Jesús ha dicho se puede resumir en pocas palabras, quizá en una: amad, amaos, como yo; sed testigos del amor, de la misericordia, de la generosidad; sabed que Dios es Padre -Abba-, es Amor; dejaos amar y extended este amor. Como yo, que os he amado hasta el fin.
La primera afirmación de Jesús  relaciona el amor a él con "guardar sus mandamientos" (los "mandamientos" son el  mandamiento del amor). Para comprender la expresión de Jesús, es necesario evitar una interpretación de la palabra "mandamientos". No se trata de normas, leyes, prescripciones, prohibiciones. Es necesario superar una visión meramente legalista y jurídica para dar a la palabra "mandamientos" el sentido más amplio de "enseñanzas". Aquí se trata, en efecto, de la enseñanza de Jesús en su conjunto. No es una lista de rígidas disposiciones legalistas, sino un mensaje. No es un código, sino un evangelio. Y es precisamente este evangelio el que es "acogido" como palabra de Dios, y es "observado", o sea, debe hacerse principio inspirador de la conducta.
Creer y amar constituyen una unidad  indivisible. Sólo puede decir que cree el que ama.
Jesús insiste en que quien le ama guarda sus mandamientos y, también, en lo que puede ser un matiz algo distinto: la aceptación y guarda de esos mandamientos es señal de que se le ama.
La escena de hoy relaciona el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (la Trinidad) con los  discípulos (la Iglesia).
Este evangelio es presentado como un  proceso contra Jesús. También sus discípulos sufrirán un juicio en su contra. Por eso  necesitan a alguien que les defienda. Por eso Jesús pide al Padre que les envíe este  defensor, que es el Espíritu de la verdad. Su presencia será permanente.
El Espíritu es presentado como el "defensor". La palabra "paráclito" es un término jurídico para designar al abogado defensor. Con su ayuda es posible vivir desde el amor y mantener nuestra esperanza.
Después de la muerte y resurrección, Jesús no está presente de la misma manera que  antes de la muerte. Pero incluso aquellos que no han conocido a Jesús, si creen en él, lo  "verán", porque vivirán su misma vida 
Con todo, Jesús hace referencia a "entonces", aquel día es decir, al final de los tiempos,  cuando llegará a la plenitud su presencia, cuando se manifestará la comunión íntima entre  Jesús y el Padre, y los discípulos y Jesús.
Por la intervención de Jesús, el Padre enviará a los discípulos el  Espíritu Santo. El hecho de que el Padre dé el Espíritu Santo a los discípulos de su Hijo  Jesús, implica que quiere estar en ellos, como ellos están en el Hijo y el Hijo está en él. El  Espíritu une la Trinidad y los discípulos, y hace de la existencia de los discípulos una  existencia de comunión con Dios y entre nosotros. Pero los discípulos sólo recibirán el don  del Espíritu si se mantienen unidos a Jesús, si guardan su palabra, palabra que se ha  hecho relación (1,14), comida y bebida (6,55), donación libre por amor (10,17-18).  Jesús nos promete su presencia. No nos deja solos, porque quiere que vivamos la vida  que vive desde siempre al lado del Padre, una vida de comunión, una vida de amor en  plenitud, una vida libre y feliz para siempre. Por eso, el Padre nos dará el Espíritu, para que  éste haga manar de los corazones de los creyentes ríos de agua viva (7,38-39). El Espíritu  prometido transformará nuestros corazones para que sirvamos y amemos como Jesús, y  nos acompañará siempre en nuestro camino hacia la comunión con Dios y entre nosotros. 
El texto acaba recordando la relación amorosa entre el Padre, Jesús y los discípulos.  Esta relación es la que hace posible el conocimiento, la revelación de Jesús.

Para nuestra vida.
La cincuentena pascual está unificada por la alegría que proviene del Resucitado y se diversifica por los temas que se proponen a la consideración y vivencia cristiana. Hoy el creyente es invitado de manera especial a tomar conciencia explícita de la promesa del Espíritu Santo, el Defensor (éste es el significado exacto de “Paráclito”).
Desde el comienzo de la pascua las Escrituras se han enfocado en Jesús resucitado. De hoy hasta Pentecostés el centro de la atención es el Espíritu Santo. 
Si bien Jesús tuvo un precursor (San Juan Bautista), el precursor del Espíritu Santo es el mismo Jesús. "Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros"
Para recibir el E.S. nos preparamos abriendo el corazón a la Palabra de Dios.
Así , las lecturas de este domingo nos aconsejan estar atentos a la presencia del Espíritu. El Espíritu s quien, estando en Jesús, le hizo volver a la vida. Merece que a lo largo de estos siguientes días vayamos abriendo nuestro corazón a la inmediata llegada del Espíritu.

La primera lectura nos presenta la predicación de Felipe. El comportamiento del diácono Felipe debe servirnos a nosotros de ejemplo y meditación: no se trata sólo de hablar, sino de hablar y actuar en el nombre del Señor Jesús. Jesús es nuestro único modelo completo de comportamiento, es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. En el tema espiritual y de acción y predicación cristiana no tenemos que inventar cosas nuevas, sino hablar y actuar en nombre del que es nuestro modelo. Así hablaron y actuaron los apóstoles y discípulos del Maestro, los santos y grandes predicadores cristianos de todos los tiempos. Hagamos nosotros lo mismo, aunque en cada época tengamos que variar los métodos y usos propios del tiempo en el que nosotros hablamos y actuamos.
El don del Espíritu se vincula, en la primera lectura, a un gesto que la Iglesia conservará en adelante para indicar su efusión: la imposición de las manos. El domingo pasado la comunidad se ordenaba con ministerios, en este la acción del Espíritu… necesariamente, los cristianos tuvieron, desde muy pronto, que ir descubriendo cómo se iba formando la Iglesia, cómo se iba haciendo esa comunidad que compartía lo que tenía, aprendía a orar y escuchaba la Palabra.

El Salmo 65 es una invitación a contemplar las maravillas de Dios, a admirarse por ellas y dar gracias. Recuerda la maravilla fundamental del éxodo, pero recuerda sobre todo que Dios continúa actuando sin negar nunca su amor a quien se dirige a Él.
San Agustín al comentar este salmo hace una amplia reflexión de las obras de Dios, así dice: "5. [v. 3]. Decid a Dios: ¡Qué temibles son tus obras! ¿Por qué temibles y no amables? Escucha otras palabras del salmo: Servid al Señor con temor, y ensalzadle con temblor17. ¿Qué quiere esto decir? Escucha la voz del Apóstol: Trabajad con temor y temblor, dice, por vuestra salvación. ¿Por qué con temor y temblor? Y añade la causa: Pues es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar por su benevolencia18. Luego si Dios obra en ti, haces el bien por gracia de Dios, no por tus fuerzas. Y si te alegras, teme también, no sea que lo que se le dio al humilde, tal vez se le quite al soberbio. Debéis saber que esto les sucedió a los judíos por su soberbia, como si hubieran sido justificados por las obras de la ley, y por tanto se vinieron abajo, dice otro salmo: Éstos confían en sus carros y en sus caballos; nosotros, en cambio, añade, en el nombre del Señor, nuestro Dios, recibiremos la gloria del triunfo: como si los primeros pusieran toda su confianza en su energía y en sus medios, pero nosotros triunfaremos amparados en el nombre del Señor nuestro Dios19. Fijaos cómo aquéllos se ensalzaban a sí mismos; en cambio estos otros se gloriaban en Dios. Por eso ¿qué añade el salmo? A ellos se les han trabado los pies y han caído; nosotros, en cambio nos mantenemos en pie20. Mira cómo el mismo Señor nuestro dice lo mismo: Yo, dice, he venido para que los que no ven, vean, y los que ven queden ciegos21 .Mira cómo en una parte hay bondad, y en la otra una especie de malicia. Pero ¿cuál de las dos es mejor? ¿Dónde hay más misericordia, más justicia? ¿Por qué los que no ven, que vean? Por bondad.
....
Los judíos descendían de los Patriarcas; nacieron de Abrahán, según la carne. ¿Y qué dice el Apóstol? Quizá digas: Han sido desgajados los ramos naturales, para ser yo injertado27. Sí es cierto, ellos fueron desgajados por su incredulidad. Tú, en cambio, te mantienes por la fe; no vayas a engreírte, sino más bien teme; porque si no perdonó Dios a las ramas naturales, tampoco te perdonará a ti. Fíjate cómo algunos ramos fueron arrancados, y tú fuiste injertado; no vayas a creerte más que ellos, sino que debes decirle a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! Hermanos, si no nos debemos creer más que los judíos, mirándolos con desprecio, ellos, que en otro tiempo fueron arrancados de la raíz de los patriarcas, sino más bien debemos temer, y decir a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! ¿Cuánto menos no debemos tener sentimientos de orgullo y desprecio hacia las recientes heridas de los desgajados? Primero fueron cortados los judíos e injertados los paganos; de ese injerto se han separado los herejes; pero ni tampoco contra ellos debemos tener sentimientos de orgullo, no vaya a merecer ser desgajado el que se complace en despreciar a los separados. Hermanos míos, si oís alguna voz de un obispo en este sentido, sea quien sea, os pido que estéis alerta; los que estáis dentro de la Iglesia, no despreciéis a los que no lo están. Mejor debéis orar para que ellos también lo estén. Poderoso es Dios para volverlos a injertar a ellos28. De los judíos dijo esto el Apóstol; y se ha realizado en ellos. Resucitó el Señor, y muchos han creído; no comprendieron cuando lo crucificaron; y sin embargo creyeron después, y les fue perdonado tamaño delito. La sangre derramada fue un don para los homicidas, que no los voy a llamar deicidas; porque si lo hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria. Ahora a los homicidas se les ha perdonado el derramamiento de la sangre de un inocente; y la misma sangre que derramaron por crueldad, la han bebido por gracia. Decid, pues, a Dios: ¡cuán temibles son tus obras! ¿Por qué temibles? Porque la ceguera de una parte de Israel sucedió, para que entrara en la fe la plenitud de los gentiles29. ¡Oh plenitud de los gentiles!, di a Dios: ¡Cuán temibles son tus obras! Y así alégrate, para que al mismo tiempo te estremezcas; no te pongas sobre los ramos cortados. Decid a Dios: ¡Qué temibles son tus obras!" (San Agunstin. Comentario al salmo 65. http://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/index2.htm)

En la segunda lectura Pedro en su carta nos exhorta a estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza a cuantos pregunten por ella. San Pedro observa la capacidad de calumniar y de endurecerse si no glorificamos en nuestros corazones a Jesús. Dice San Pedro: "...y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo". Es una excelente advertencia contra el fariseísmo o los excesos que producen aquellos que se creen en únicos poseedores de la verdad, pero incluso ante ellos solo cabe la mansedumbre y el respeto. Es la Cruz de Cristo quien nos dará la plenitud, pues si sufrió la Cabeza, como no van a aceptar el sufrimiento el resto de los miembros. Hay que mantener una atención muy precisa en todo lo que sea el trato con los hermanos y en él debe primar la mansedumbre, dejando la superioridad de un lado, que no es otra cosa que prueba de soberbia.
Estamos en deuda con todos y a todos debemos una respuesta. Pues somos responsables de la esperanza del mundo y sus testigos, sus mártires. Pero ¿qué debemos entender por "dar razón de nuestra esperanza"? Desde luego, no es lo mismo que dar razones para que los otros esperen lo que nosotros mismos no esperamos. Dar razón de la esperanza es mostrar que esperamos con paciencia en situaciones desesperadas y en la misma muerte. El que quiera dar razón de la esperanza, lo ha de hacer siempre con mansedumbre, pues la agresividad no puede ser nunca señal de la esperanza, sino del miedo. Se ha de hacer con respeto, con todo el respeto que merecen los que preguntan y, sobre todo, con el respeto que debemos al Evangelio. Esto nos obliga a decirlo todo y a practicarlo todo, sin mutilar el evangelio, ni avergonzarse de él.
La esperanza cristiana es nuestra esperanza fundamental, la que debe animar y dar sentido a todas nuestras otras esperanzas. Vivimos en un mundo en el que las esperanzas que predican los medios de comunicación son casi siempre esperanzas políticas, o económicas, o deportivas. En esta situación, los cristianos de hoy, cuando predicamos nuestra esperanza cristiana debemos hacerlo con mansedumbre y en buena conciencia. No se trata de avasallar, o despreciar las esperanzas mundanas de cada día, sino de saber establecer un orden de esperanzas. Lo primero es lo primero, y lo primera para los cristianos es la esperanza cristiana; esta esperanza es la que debe apoyar y fundamentar todas nuestras otras esperanzas. Debemos predicar nuestra esperanza cristiana con valentía y decisión, nunca con orgullo o prepotencia, siempre son mansedumbre, sencillez y buena conciencia. Esto es lo que El mundo en el que nosotros vivimos no es más difícil para los cristianos de hoy que el mundo en el que vivía san Pedro y los primeros cristianos de su época. Si también nosotros tenemos que sufrir por hacer el bien, hagámoslo en nombre de nuestro Señor Jesús, como hicieron los primeros cristianos.
Se indica también como dar razón de esta esperanza: con mansedumbre, pero sin titubeos, y que si tenían que sufrir por ello lo hicieran pensando en Jesucristo. Porque, decía san Pedro, “es mejor padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal”.

Ya, el domingo pasado, Jesús nos decía que un camino, una verdad y una vida nos aguardaba y apostábamos fuerte por Él. Pero la pregunta es la siguiente: ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo entrar en ese camino? ¿Cómo defender esa verdad? ¿Cómo sostener esa vida?
El Evangelio de hoy nos da la clave: “Un mandamiento nuevo os doy” (Jn 13:34).
Y el mensaje de Jesús en este tiempo pascual es claro: "Vosotros -les dice- viviréis, porque yo sigo viviendo". ¿Qué significa esto? Que la muerte de Jesús es la entrega de su vida y el que da la vida la gana para él y para los que le aman, que Jesús en su muerte da la vida por sus discípulos y a sus discípulos. La hora de su despedida es la hora de su entrega: en adelante, privados de la presencia física del maestro, los discípulos reciben la herencia del Espíritu Santo y el regalo inapreciable de la nueva presencia de Jesús resucitado. Según el evangelista Juan, Dios pide al hombre dos actitudes fundamentales: fe y amor. Esta respuesta del hombre al Evangelio comprende ya la plenitud de la nueva ley. Una fe vivida en el amor y un amor operante por la obediencia buscada a la Palabra del Señor constituyen aquella comunión de vida con Jesús que se presupone para que se cumplan las promesas que él hace a sus discípulos. Jesús no nos deja solo en la tarea de anuncia la Buena Noticia de su amor. Nos envía el Espíritu Santo para fortalecernos.
Jesús nos ofrece el secreto para permanecer en su persona como camino. Avanzando por los senderos de nuestra existencia tendremos que mirar a un lado y a otro. Nada de lo que ocurra, especialmente si es con el color del dolor, nos podrá resultar indiferente. Malo será que por ir deprisa, por mirar hacia adelante, por pretender alturas y grandezas….dejemos de lado al Jesús que se encuentra al borde del camino.
Los cristianos debemos tener siempre en cuenta que para nosotros Cristo es el camino, la verdad y la vida. Sólo a través de Cristo podemos llegar al Padre, sólo en Cristo encontraremos la Verdad y sólo en Cristo tendremos verdadera vida. En nuestra vida ordinaria, en nuestra vida de cada día, como ciudadanos que somos tenemos que convivir con múltiples verdades, que sólo son verdades a medias, verdades relativas, pero que no son en ningún caso la verdad absoluta. El mundo en el que vivimos no tiene la Verdad; sólo tiene verdades a medias, medias verdades que son medias mentiras. La única verdad absoluta es Cristo. Lo mismo podemos decir del camino y de la vida: Cristo es para nosotros el único camino recto para llegar a Padre, la única vida verdadera. Pretender amar a Cristo y no vivir según el espíritu de Cristo es una contradicción. Porque amar a Cristo es comulgar con Cristo, vivir en continua comunión espiritual con él, guardar sus mandamientos. "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él". El ofrecimiento de Jesús es enorme. Nos va a amar el Padre y él se nos revelará". Quien dice que ama a Cristo y no guarda sus mandamientos es un mentiroso. Y no olvidemos que el amor a Cristo sólo es completo si incluye el amor al prójimo.  
Debemos amar al prójimo como Cristo nos amó a nosotros, con amor gratuito, generoso, pensando siempre en dar, más que en recibir. Siempre encontraremos en nuestro entorno personas de, de alguna manera, nos necesitan. Debemos saber descubrirlas y saber amarlas, tratando de ayudarles de la mejor manera que sepamos y podamos. Esto es vivir en el espíritu de la Verdad, en el Espíritu de Cristo. El paráclito que nos promete Jesús.
El Espíritu, del que se nos habla en el evangelio de este sexto domingo de Pascua tiene una doble función: en el interior de la comunidad mantiene vivo e interpreta el mensaje evangélico, al exterior da seguridad al fiel en su confrontación con el mundo, ayudándole a interpretar el sentido de la historia.
Lo que fue Jesús, para sus discípulos durante la vida pública, es ahora misión permanente del Espíritu en la Iglesia: testimoniar la presencia operativa de Dios en el mundo. Los que están llenos de Espíritu, tienen la visión y conocimiento pleno de la verdad, que es Jesús. Los hombres espirituales son siempre una crítica radical para los que tienen solamente espíritu mundano, pues la verdad de arriba se contrapone con la mentira de abajo.
Jesús promete enviar el Espíritu de la verdad. Ante la confusión de tanto discurso erróneo y el espejismo de valores mentirosos, es urgente defender la verdad y encontrar caminos para que brille. Muchos, como Pilatos, repiten la vieja pregunta: ¿qué es la verdad?
Se trata de una presencia, totalmente personal e íntima. Una presencia personal de conocimiento y amor, como de amigo con amigo, un "morar" en medio de nuestro corazón, en el fondo de nuestra alma, en lo oculto de nuestro ser. Una presencia que nos hace templos del Espíritu Santo. Esta presencia no depende de nuestro sentimiento, ni de nuestro estado de salud ni de las variables de nuestra alma. Es una realidad, aunque no nos percatemos de ella. Es desde luego objeto de fe. Esta presencia es real y operativa como la Fe y la gracia lo son. A pesar de ser oculta, esta presencia es perceptible y experimentable. "Él permanecerá y obrará en vosotros".
Recapitulemos nuestra reflexión de hoy.
A veces hablamos de Dios y de Jesús, como si estuvieran lejos, en el cielo. ¿No nos dice nada el saludo de cada domingo: que el Señor esté con nosotros? ¿Notamos que está con nosotros? ¿Estamos con él? ¿Lo atendemos en la oración?
-Jesús vive y está activo en los sacramentos: ¿Cómo los recibimos? ¿Somos conscientes, al administrarlos, que Jesús actúa en nuestras acciones? ¿Nos sentimos tocados por la gracia de Dios?
-Jesús vive y habla en su palabra: ¿Cómo escuchamos el evangelio? ¿Cómo hubiéramos escuchado a Jesús en aquel tiempo...? ¿Leemos con asiduidad el evangelio? ¿Qué hacemos para que se trasluzca en nuestra vida y obras?
-Jesús vive y está en la comunidad: ¿Somos comunidad? ¿Qué es lo que tenemos en común? ¿Nos sentimos unidos en la fe, en la esperanza y en el amor? ¿Estamos disponibles para trabajar por nuestra comunidad? ¿O tenemos tantas obligaciones que no nos queda tiempo para convivir y compartir con los hermanos de la parroquia?
-Jesús vive y está en los pobres y en los enfermos: ¿Lo atendemos? ¿Nos olvidamos? ¿Lo esquivamos?
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

domingo, 21 de mayo de 2017

Lecturas del VI Domingo de Pascua , 21 de mayo 2017


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 8, 5-8. 14-17
En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.
Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL
Salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20
R. ACLAMAD AL SEÑOR, TIERRA ENTERA.

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!» R.

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. R.

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él.
Con su poder gobierna eternamente. R.

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PEDRO 3, 15 -18
Queridos hermanos:
Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.
Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.
Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por lo pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.
Palabra de Dios.



ALELUYA Jn 14, 23
El que me ama guardara mi palabra --dice el Señor--, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 15-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Palabra del Señor.

sábado, 13 de mayo de 2017

Comentario a las lecturas V Domingo de Pascua 14 de mayo de 2017.

Comentario a las lecturas V Domingo de Pascua 14 de mayo de 2017.

 

Las tres lecturas de este domingo tienen un hilo conductor eclesiológico. Permiten proponer tres aspectos complementarios del misterio de la Iglesia, siempre en relación con la perspectiva pascual propia de  este tiempo. La Iglesia, lugar del encuentro. Los primeros discípulos de Jesús ofrecieron al mundo un modelo de fraternidad. Siguiendo el camino de Jesús, aprendieron a superar las diferencias y a resolver los conflictos con amor. Organizaron la convivencia para favorecer la vida, no para complicarla: para fomentar la comunión entre hermanos, no para establecer diferencias, rangos y dignidades. Construyeron la comunidad sobre el único fundamento que es Cristo, el Señor resucitado. Pedro dice de ella que es templo del Espíritu Santo, es decir, ámbito del encuentro con Dios en Jesucristo. Todos los miembros de esta comunidad constituyen un sacerdocio real, un pueblo de reyes y sacerdotes.
Un pueblo en el que, por tanto, ya no hay reyes o sacerdotes que mediaticen la libertad de los hijos de Dios y se interfieran en las relaciones de cada uno con el Padre. Pero la Iglesia todavía no es el reino de Dios.

La primera lectura es del libro de los hechos de los apóstoles (Hech 6, 1-7), presenta los seis primeros versículos del capitulo 6º de los hechos. Los capítulos del 6,1 al 9,31 forman un grupo de transición dentro de la primera parte del libro de los Hechos (3,1-14,28). Decimos de transición porque se ensancha la actividad del grupo apostólico, y otros colaboradores entran en él.
En el texto se nos presenta los dos tipos de personas que existían en los orígenes de la Iglesia: los judeo-cristianos y los cristianos helenistas. Los del primer grupo hablaban arameo, eran de mentalidad semita, leían la Escritura en hebreo y, como es natural, se sentían muy ligados a las tradiciones judías, sobre todo en cuanto a la sinagoga y el templo. Cumplían de forma estricta la ley de Moisés, incluyendo desde luego la circuncisión. Como buenos judíos, eran queridos por el pueblo y defendidos por los fariseos. El segundo grupo (que el texto llama "de lengua griega") lo constituían gentes que procedían de las colonias judías situadas en las riberas del Mediterráneo. Hablaban griego común, su mentalidad era muy occidental, leían las Escrituras en griego y no mostraban tanto apego a la ley mosaica como los palestinos. Su estilo era urbano y su posición económica desahogada.
En el Cp. 6ª, comienza un tema nuevo. Aparecen los testigos del servicio de la caridad, los que después fueron los «diáconos». Estos testigos, hombres llenos del Espíritu y de sabiduría, son los siete primeros colaboradores de los apóstoles, con Esteban como jefe.
El fragmento de hoy se ha entendido tradicionalmente, como la institución apostólica de los siete diáconos, proyectando espontáneamente en ese lugar los orígenes de una figura ministerial que con trazos precisos existía en la Iglesia por lo menos desde los inicios del siglo II. Es posible que la redacción de Hechos, que acostumbra hacer una lectura actualizadora de la historia de la comunidad primitiva, quiera aludir al último grado de la trilogía obispos-presbiteros-diáconos que ya tomaba cuerpo a finales del siglo I. El «grupo de los siete» es el diaconado u organización ministerial subalterna de los apóstoles, nacida para atender a la comunidad de los creyentes helenistas, diferenciada religiosa y culturalmente de los creyentes hebreos, y discriminada por este grupo mayoritario y dirigente. La función que de momento se subraya más es la de liberar a los apóstoles de tareas subsidiarias, como era «servir a la mesa» y cuidar de las viudas, «mal atendidas en el servicio cotidiano» (vv 1.2). Al leer el relato de los siete colaboradores constatamos que algo ha cambiado en la comunidad cristiana. En primer lugar ha habido un crecimiento («aumentaba el número de los discípulos»). Esto provoca una crisis de crecimiento («los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea»). Y esta crisis, bien conducida, lleva a una descentralización («no está bien que nosotros desatendamos la palabra de Dios para servir a la mesa»). La elección de los colaboradores la realiza la misma comunidad que ha de recibir sus servicios. Una vez presentados los hombres escogidos, los apóstoles hacen la plegaria de bendición y de acción de gracias, porque ha aumentado el número de los elegidos. A continuación invocan al Espíritu Santo, distribuidor de los dones, y les imponen las manos como un signo de la comunicación de este mismo Espíritu.
Esta lectura, muestra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo en su  « tarea administrativa» y en su dedicación «a la oración y al servicio de la palabra». Del mismo modo que el Hijo era auténticamente hombre en contacto permanente de oración con el Padre y anunciando su palabra, pero al mismo tiempo había sido enviado a los hombres del mundo, a enfrentarse a sus miserias, enfermedades y problemas espirituales, así también se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin que por ello se pierda su unidad. Dicho con palabras del evangelio: Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar de estar con los suyos en el mundo. El sabe «que ellos se quedan en el mundo» (Jn 17,11) y no lo olvida en su oración; el Espíritu que él les envía es Espíritu divino y a la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia.

El responsorial es el Salmo 32, (Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 ) Este salmo, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras:  "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones" (vv. 1-3). Por tanto, esta aclamación (tern'ah) va acompañada de música y es expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico es "nuevo", no sólo porque renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas, sino también porque anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa.
Himno, con la estructura típica: introducción, motivos, conclusión.
 (vv. 1-3).Invitación a la alabanza, «Aclamad, justos... los vítores con bordones» con acompañamiento musical. Los «buenos» o «justos» son la comunidad litúrgica del pueblo escogido. Alabanza y acción de gracias se encuentran con frecuencia unidas.
VV. 4-5: Celebración de la Palabra de Dios: «Que la Palabra del Señor... él lo mandó y surgió». Primera motivación genérica: «palabra, acción, justicia, misericordia». En cierto modo, el cuerpo del himno desarrolla estos temas.
VV. 16-19: Reflexión sobre la verdadera ayuda y salvación: «No vence el rey... en tiempo de hambre» La salvación: referida a la situación bélica y al peligro mortal del hambre.
La antífona esta tomada de la Conclusión: «Nosotros aguardamos... como lo esperamos de ti» (vv. 20-22) "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti." (v. 22). El Creador de los corazones es el Señor y el juez de los hombres. Para unos es una mirada protectora; para otros, amenazadora. Los primeros se han entregado al Señor, los otros confían en sí mismos. Pero un mismo Señor juzga a unos y a otros. Ante el conocedor de nuestras intenciones afirmamos nuestra debilidad y su fortaleza, y esperamos que nuestras vidas sean liberadas de la muerte -la suprema debilidad- por su infinita misericordia.

La segunda lectura es de la Primera carta del apóstol San Pedro (1 P 2, 4-9) Una parte, al menos, de la primera carta de Pedro, parece ser una especie de cuaderno-guía para la celebración de la liturgia cristiana de Pascua.
En este pasaje se trata de los creyentes y de su comunidad, que como en otros libros del NT aparece con la imagen del templo y de la construcción.
Es interesante que los templos de los cristianos sean las personas y no los edificios, aunque esto ha sido bastante olvidado en la conciencia posterior, volviendo a una idea veterotestamentaria o de religión en general, en la cual el templo físico tiene una gran importancia.
La antigua alianza ha sido elaborada en las faldas del Sinaí, monte al que el pueblo no podía acercarse bajo pena de muerte (Ex 19, 23); la nueva alianza se tramita y queda establecida para siempre en torno a una "nueva roca", una "piedra" viva que es Cristo resucitado; una piedra a la que, en oposición a lo que sucede con el monte Sinaí, todos pueden acercarse (v. 4).
El nuevo pueblo acude a reunirse bajo la protección de una persona que dio muestras de su divinidad sobre todo en su muerte y resurrección ("rechazado..., pero escogido", v. 4). Reunidos en torno a Cristo, los cristianos constituyen de este modo un templo espiritual, pues su ofrenda no consiste ya en simples ritos, sino en actitudes personales (v. 5) y su adhesión a Cristo deja de ser una cuestión de ablución, para convertirse en fe y compromiso (v. 6-8), y ello desde una opción personal hacia El (vs. 7-8). Por la fe, todos tenemos acceso a Cristo y a la nueva vida, participamos en su resurrección y somos también nosotros "piedras vivas". Sobre el fundamento que es Cristo, construimos "el templo del espíritu", que es la iglesia .
El v. 9 contiene la idea esencial del pasaje. Los cristianos constituyen el nuevo Israel, pues poseen las prerrogativas contenidas en el título que Dios concedió al pueblo elegido durante su peregrinación por el desierto.
Se trata de una comunidad de creyentes, no tanto de una institución oficial que es mera mediación y no es identificable sin más con la comunidad total, se dicen los títulos del v. 9. El peligro aquí radica de predicarlos de la Iglesia oficial sin más, y entonces es necesario ser muy torpe para ver que esta comunidad no merece esos títulos sin más ni más. Aunque sean inseparables la Iglesia visible y la invisible, tampoco se pueden identificar simplemente. Lo esencial es la comunidad de creyentes, unida en fe y adhesión a Cristo. De ella sí se dicen esas cosas.
La comunidad se fundamenta con Cristo como cimiento total y absoluto. Lo importante es entender bien la imagen de Cristo como fundamento. Lo más claro es poner la Resurrección de Cristo, o Cristo Resucitado que es lo mismo, como tal fundamento. No es, pues, un recuerdo del Cristo histórico, y ni siquiera son los propios actos del Jesús terrestre, por importantes que sean. De Cristo glorioso brota la vida de los hombres.
Tras la marcha de Jesús al Padre y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se construye (en la segunda lectura) el templo vivo de Dios en medio de la humanidad, y los que lo construyen como «piedras vivas» son al mismo tiempo los sacerdotes que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como «sacerdocio real». Al igual que el templo de Jerusalén con sus sacrificios materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo templo con sus «sacrificios espirituales» es el centro de la humanidad redimida; está construido sobre «la piedra viva escogida por Dios», Jesucristo, y por ello participa también de su destino, que es ser tanto la piedra angular colocada por Dios como la «piedra de tropezar» y la «roca de estrellarse» para los hombres. La Iglesia no puede escapar a este doble destino de estar puesta como «signo de contradicción», «para que muchos caigan y se levanten»

Aleluya jn 14, 6
yo soy el camino, y la verdad, y la vida --dice el señor--; nadie va al padre, sino por mí.

           
El evangelio es de San Juan (Jn 14, 1-12), se enmarca en la situación motivada por la marcha de Judas (Jn. 13, 30). Esta marcha enfrenta a los discípulos con una situación nueva, derivada de la desaparición de Jesús (cfr. Jn. 13, 33). ¿Qué será de los discípulos en esta situación? ¿Cuál es su función? A estas preguntas responde el evangelio.
Versículos 1-11 o invitación al consuelo y a la confianza. Estos versículos sólo los podrá "entender" quien haya vivido la experiencia del desconsuelo y del abandono por la pérdida de un ser querido. Esta experiencia constituye el presupuesto hermenéutico necesario para captar el sentido de este texto.
Ante el desconsuelo que su muerte desencadena en los discípulos (v. 1a), Jesús les habla de un reencuentro en la casa del Padre, de un volverse a ver, de un camino que lleva a ese reencuentro (vs. 2-4). A la hora de interpelar los vs. 2-4 hay que evitar el peligro de la racionalización. Racionalizar o de estancias diferenciadas. Otro ejemplo: preguntarse cuándo tiene lugar la vuelta de Jesús (manifestación solemne de la Parusía; cuando uno muere). El v. 3 no dice nada de esto; simplemente está usando unas imágenes, poniendo una comparación. Todo, para decir lo único que en una situación así importa: me voy, pero nos volveremos a ver.
El segundo ruego de Jesús es una invitación a la confianza, a fiarse del Padre y de El (v. 1b). El desarrollo-justificación de este ruego se realiza en forma de preguntas y respuestas (vs.5-11). Las preguntas de los discípulos aferran la dificultad que, en última instancia, una tal invitación plantea: ¿Cómo saber que podemos tener confianza? ¿Dónde está la base segura y la fuerza motora de esa confianza? Frente a la mística gnóstica contemporánea, preocupada por conocer la vía de la inmortalidad, el itinerario a seguir en el otro mundo a través de las esferas celestes, Juan propone la mística realística de Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". El que cree en Jesús no tiene necesidad de ninguna otra gnosis o doctrina de salvación; está ya seguro de llegar a la meta y ya la está tocando desde ahora. Se trata, como se ve, de la misma idea del domingo anterior ("Yo soy la puerta"), pero desarrollada desde símbolos distintos. Puerta y camino son metáforas; verdad y vida son experiencias humanas.
Jesús es además el que revela al Padre. El nos ofrece la garantía absoluta de que Dios existe y de que es Padre. ¡Precisamente la garantía que como humanos necesitamos! Versículo 12. A la invitación al consuelo y a la confianza sigue ahora la invitación a la acción. En ausencia de Jesús, los discípulos deben desempeñar entre los hombres el mismo papel que Jesús ha desempeñado entre ellos. La fe de los discípulos no es un término, sino un punto de partida. Y un punto de partida con unas repercusiones mayores que las de Jesús, porque la actuación de los discípulos no estará limitada al estrecho marco judío, como fue el caso de Jesús. Los discípulos deberán ser para los demás hombres testimonio de consuelo y testimonio de confianza en el Padre y en Jesús; deberán ofrecer la garantía de que Dios existe y de que es Padre.
Termina el texto dándonos Jesús la razón de su afirmación anterior: los discípulos harán obras como las suyas, y aun mayores, porque desde su nueva condición de resucitado él seguirá actuando con ellos. Las obras no serán fruto únicamente de la acción de los suyos, sino principalmente de su oración junto al Padre. Los discípulos no están solos en su trabajo ni en su camino. La comunicación de Dios con los hombres será constante a través de la mediación de Jesús.
Las obras llegarán a feliz término si están maduradas por la oración. Jesús repetirá varias veces que las peticiones hechas en su nombre serán escuchadas siempre (Jn 15,16; 16,23.24.26). Al insistir en la promesa de que él mismo escuchará la oración de sus discípulos, Jesús trata de inculcarles e inculcarnos que toda nuestra actividad es en realidad obra suya. No especifica el contenido de esa oración; pero es evidente que no pueden ser intereses humanos y personales, sino únicamente lo que necesiten para llevar adelante la obra de su Maestro.

Para nuestra vida
La primera lectura nos orienta hacia otra faceta del misterio de la Iglesia.             Nos la muestra como una sociedad humana, compuesta por hombres y mujeres normales. Asistimos a la primera crisis (crisis de crecimiento: "al crecer el número de los discípulos") y a las primeras tensiones (entre el grupo de los "helenistas", que hablaban griego, y el grupo de los "hebreos", que hablaban arameo y leían la biblia en hebreo).
La comunidad cristiana primitiva solucionó aquel problema organizando mejor entre sus miembros el servicio, la "diakonía".
La necesaria institucionalización se hace en función de las necesidades y con la participación de los afectados y no con un modelo previo al que se hayan de adaptar las nuevas situaciones.
En esta descentralización es consecuencia de una exigencia de fidelidad a la misión apostólica en lo que tiene de esencial: la plegaria y el servicio de la palabra. Esta plegaria apostólica y litúrgica, con la enseñanza, es uno de los componentes básicos de la comunidad cristiana. Plegaria y servicio de la palabra son dos aspectos complementarios de una misma tarea: la dedicación a la palabra de Dios, sin dualismos y sin subordinaciones innecesarias. Esto es válido entonces y ahora.
En el  nuevo pueblo de Dios,  todo ha de entenderse como servicio humilde (el número siete era para los griegos símbolo de universalidad, como lo era el número doce para los judíos). En la Iglesia de Cristo todo es servicio: servicio de la Palabra, servicio de la oración, servicio de las mesas. Todos son "servidores" -"diakonoi"-, empezando por los responsables de la comunidad. De una manera u otra, todos están al servicio de la comunión. El modelo supremo, la referencia última obligada, es el gran Acto de Servicio que realizó en la cruz aquél que "no vino para que le sirvieran, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc/10/05). A partir de aquel momento, en la Iglesia el servicio no se practica como un gesto aislado, sino como estilo de vida.
Otro aspecto que llama la atención de ese suceso es lo que llamaríamos la dialéctica entre comunidad y ministerios. Estos se ven como una función al servicio de la comunidad, que los crea, institucionaliza y les da la fisonomía que conviene. Una lección que para evitar esclerosis paralizantes no debiera haber olvidado nunca la pastoral de los ministerios y que hoy urge aprender y poner en práctica de manera urgente.
La primitiva comunidad hoy nos  da un ejemplo de madurez. Es posible que en nuestras respectivas comunidades necesitemos releer y meditar seriamente esta página que, como otras tantas de los Hechos, establecen criterios fundamentales para la vida de la comunidad.
Estamos viviendo la Pascua y el viento del Espíritu debe airear nuestras así llamadas comunidades cristianas. La Iglesia, en su liturgia, insiste en presentarnos el ideal de los primeros cristianos a través de sus gestos y palabras, para que hoy el árbol no nos impida ver el bosque. Cambiar lo caduco, vitalizar lo anquilosado, purificar lo espúreo... son tareas que nos incumben a todos. Pascua es también dar vida a las piedras muertas del Templo del Espíritu; porque hemos sido convocados para «proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las tinieblas para entrar en su luz maravillosa».

El salmo de hoy, nos  va introduciendo en el plan de Dios es un plan de salvación que no pueden frustrar los planes humanos adversos; que incorpora en su realización las acciones de los hombres, conocidos por Dios.
La confianza, como enlace del hombre con el plan de Dios, se convierte en factor histórico activo, para encarnarse en la historia de la salvación. Como el plan de salvación de Dios no tiene límites de espacio o de tiempo, así este salmo queda abierto hacia el desarrollo futuro y pleno de dicha salvación, queda disponible para expresar la confianza de cuantos esperan en la misericordia de Dios.
El autor del salmo 32 pudo tener como trasfondo de su himno alguna de las gloriosas liberaciones de su pueblo. En su lenguaje se trasluce el eco de unos planes de las naciones deshechos, de unos proyectos frustrados, de unos habitantes del orbe que tiemblan ante el poder de Dios, de un rey que no vence por su mucha fuerza, de unos caballos que nada valen para la victoria.

En la segunda lectura, san Pedro nos ofrece una de las más bellas descripciones de la Iglesia, pueblo sacerdotal, templo de Dios. Es una construcción "espiritual", no en el sentido de realidad "invisible", sino por estar construida y habitada por el Espíritu (cf. 1 Co 3. 15): la cohesión mutua de las piedras vivas que la conforman es obra del Espíritu.
Estas piedras vivas "entran en la construcción del templo del Espíritu" por el sacramento del Bautismo, primera experiencia pascual del cristiano, que lo deja marcado para toda la vida. No olvidemos que el tiempo pascual es el tiempo de los sacramentos de la iniciación cristiana, que definen la condición del cristiano como comunión con la Pascua del Señor. Sin apartarse de la imagen y del texto de Pedro, cabe hablar del origen pascual de esta construcción espiritual que es la Iglesia: descansa sobre "la piedra escogida y preciosa" que los constructores desecharon, el Señor Jesús, a quien crucificaron los hombres, pero Dios hizo "piedra angular" de la Iglesia

El evangelio está enteramente proyectado hacia las "estancias del cielo". Por continuidad con los dos lecturas anteriores, cabe interpretarlo también en clave eclesiológica. Así la Iglesia aparece como un pueblo en marcha hacia la casa del Padre, guiada por el Hijo resucitado. Su gran esperanza es volver a estar con su Señor, que ha llegado a la comunión total con el Padre. Su destino último y definitivo es entrar también ella en la familiaridad perfecta con Dios ("morada", en el lenguaje de Juan, es expresión de comunión con Cristo y con Dios). La Iglesia ya "ha sido iniciada en los misterios de tu Reino", gracias a los sacramentos pascuales de la iniciación cristiana. Está llamada a vivir, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna y a convertirse, para los hombres, en sacramento del Reino, de suerte que su vida "sea manifestación y testimonio de esta realidad que conocemos".
Parece evidente que ningún hombre se encuentra donde quiere, pues todos vamos detrás de nuestros deseos y proyectos, cuando no huimos de nuestros temores y necesidades. En este caso es de suma importancia hacerse la pregunta por el fin, si no queremos perder el tiempo y el sentido de la vida. Si no queremos perder también la libertad, porque solo es libre el hombre que sabe adónde va. El evangelio de hoy ante la pegunta de todo hombre, -¿Adónde vamos...? nos presenta a un Jesús que se autocalifica como camino, verdad y vida, y nos invita a seguir esa senda que es él mismo. Jesús se nos presenta, a los apóstoles y a nosotros, como aquel que da sentido pleno a la existencia, como el que es capaz de satisfacer nuestro deseo de felicidad, de gozo, de vida plena. Siguiéndole a él, aceptándolo a él como camino, yendo con él, todos los valores humanos, todas las esperanzas e ilusiones humanas se hacen más plenas, más ricas; todos los esfuerzos que hacemos los hombres al servicio de una vida mejor pueden llegar más a fondo, pueden alcanzar una amplitud insospechada.
La eucaristía celebrada entre hermanos es la realización más clara y concreta de ese ser camino, verdad y vida que Jesús es, y, al mismo tiempo, de aceptar esa realidad de Jesús por parte nuestra. Que nosotros nos reunamos aquí para celebrar la memoria de la cena de Jesús con sus amigos el Jueves Santo significa que queremos seguir el camino-Jesús. Esta realidad que ahora celebramos aquí debe ser constante en nuestra vida, no sólo una realidad para vivir un rato el domingo.
"No perdáis la calma". Lo dice Jesús en un momento en el que las cosas estaban mal para Él y para los suyos. Lo van a matar, que es el acontecimiento por excelencia que puede alterar a un ser humano, y aquellos hombres a los que ha llamado desde diversos sitios y que han convivido con Él van a quedar desbordados por los acontecimientos. Era de lo más importante, por consiguiente, la recomendación de Jesús.
Pero, naturalmente, para mantener la calma es necesario tener unos firmes cimientos. Jesús los pone inmediatamente después de la recomendación que hace: "Creed en Dios y creed también en Mí". Ahí está el secreto de la calma que pide el Señor. No es la calma del apático ni del pasota. No. Es la calma del hombre que vive integrado en los problemas de su tiempo, que los siente, que los sigue, que se incorpora a ellos, que intenta -si puede- solucionarlos, pero que mantiene fija su vista en Dios, creyendo en Él. Es la calma del hombre sensible al dolor ajeno y propio, sensible a la injusticia, sensible ante los acontecimientos inexplicables que nos dejan asombrados y sin respuesta pero que, a pesar de todo, cree en Dios. La calma que pide el Señor es una calma activa, fruto de una personalidad forjada en el seguimiento de Cristo, que es el rostro del Dios en el que creemos y al que no hemos visto nunca, como le dice Felipe al Señor.
 La exhortación del evangelio «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí...."., la encontramos concretizada en San Juan XXIII que resume así determinadas actitudes de serenidad:
1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez
2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto, cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie sino a mí mismo
3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino también en este
4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que todas las circunstancias se adapten a mis deseos
5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma
6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie
7. Sólo por hoy haré por lo menos una sola cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere
8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré y me guardaré de dos calamidades: La prisa y la indecisión
9. Sólo por hoy creeré aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo
10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y creer en la bondad "Puedo hacer el bien durante doce horas, lo que me descorazonaría si pensase tener que hacerlo durante toda mi vida"
El evangelio que se nos ha proclamado, nos enseña algo importante, que hoy deberíamos reflexionar especialmente, porque precisamente está en el fundamento de nuestra fe.
Nos lo enseña el evangelio, y nos lo ha dicho también la segunda lectura, la de la carta de san Pedro, al afirmar que Jesucristo es la piedra angular, escogida y preciosa, la piedra que sostiene el edificio y en la que nosotros nos aguantamos como piedras vivas. Y lo que nos enseña es que todo eso, todos esos valores humanos, todo el esfuerzo por construir en el mundo más justicia, más libertad, más dignidad, todo acto de amor pequeño o grande, se llena de mucha más vida, se hace mucho más fuerte y rico, cuando lo hacemos y lo vivimos unidos a Jesucristo, metidos en ese camino que conduce hacia la vida del Padre, sintiéndonos pobres y confiando en que él -este Padre amoroso que Jesucristo nos ha dado a conocer- conduzca nuestros esfuerzos con su amor que está más allá de todo lo que podemos imaginar.
En nuestra vida hay algo más que nuestro esfuerzo 
En realidad, nosotros creemos que toda acción al servicio del hombre, toda acción de amor, es obra del Espíritu Santo, es una misteriosa continuación de la resurrección de Jesucristo. Siempre. Pero al mismo tiempo, cuando decimos con fe que reconocemos a Jesucristo como piedra angular, como camino, verdad y vida, lo que hacemos es afirmar que en nuestra vida hay algo más que nuestro esfuerzo. Que la vida de los hombres, que el amor y la esperanza que hay en el mundo no se acaba con lo que los hombres podamos hacer. Sino más allá está el camino que Jesucristo ha abierto y que conduce hacia el Padre, hacia el amor y la vida más plena.
Cristiano es el creyente que recorre el camino de Jesús: vive de la verdad, y la verdad lo conduce a la vida. Lo contrario de la verdad es la mentira, y lo contrario de la vida es la muerte. Al camino verdadero se opone el camino mentiroso. Junto a «los caminos de Dios» están «las sendas del mal». El Nuevo Testamento señala «dos caminos» (Sal 1,6; Prov 4,18-19). Jesús nos muestra que el camino hacia el Padre es el de la práctica de la caridad.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org