sábado, 24 de junio de 2017

Comentario a las lecturas del XII Domingo del Tiempo Ordinario 25 de junio de 2017

Pasado el tiempo de Pascua y con la última celebración litúrgica especial del pasado domingo (Solemnidad del Corpus), continuamos con el Ciclo litúrgico en el tiempo llamado Ordinario.
Las tres lecturas de este domingo nos dicen, de distintas maneras, que la confianza en
Dios es fuente de paz interior. Quien sabe que Dios no le va a abandonar nunca, pase lo que pase, no pierde la paz interior por las amenazas o los problemas y males físicos que tenga que soportar. Evidentemente, esto no es fácil de conseguir en un mundo en el que la mayoría de las personas viven como si Dios no existiera. Pero, afortunadamente, tenemos muchos ejemplos de personas que han hecho de su confianza en Dios un arma maravillosa que les permitió vencer espiritualmente todas las amenazas y males del cuerpo.

La primera lectura del Profeta Jeremías ( Jr 20,10-13 ) vemos cómo el profeta se ha convertido en la burla de la gente, de sus mismos compatriotas. -"Oía el cuchicheo de la gente: "pavor en torno": Jeremías ha llevado a los habitantes de Jerusalén un mensaje difícil de parte de Dios: la resistencia al enemigo (los babilonios) es inútil, sólo la rendición puede abrir una rendija a la esperanza de supervivencia del pueblo. Ahora, el profeta se siente víctima del mensaje que lleva. De ningún modo es aceptado y lo convierte en un sospechoso de traición.
Pero este sufrimiento, lejos de desalentarle, le vigoriza y le abre al trato con Dios. En la dura prueba de la soledad y la condena, siendo inocente, se mantiene fiel y esperanzado en aquel que no se olvida de los pobres. Es una plegaria que alterna expresiones de máxima desesperanza con la proclamación de fe. Jeremías es perseguido por los funcionarios del rey, hundido en el barro de una cisterna y, por último, liberado por el eunuco del rey, Ebedmelek. Jeremías vive el paso de la muerte a la vida. Mientras los habitantes de Jerusalén confían en la celebración de sus armas para no morir en manos de los enemigos, el profeta busca la vida en la confianza en Dios.
Jeremías se lamenta amargamente. Una vez más es el profeta plañidero, el que llora hasta el extremo de que su figura sea el prototipo de la desgracia. Hecho un "Jeremías" se dice. Como del mismo Cristo en su pasión: Hecho un "ecce homo"... Misterio de los planes de Dios, dando cabida al sufrimiento del justo. Y un sufrimiento grande, profundo. Dolor que hace clamar, gritar, llorar.
Y en medio del lamento un cambio repentino aparece en el texto (vs. 11-13); a pesar de todos los sufrimientos, el profeta:
a) Confía en Dios (v. 11), Jeremías está convencido de que lucha al lado del más fuerte (imagen de Dios como soldado). El lamento está cargado de confianza. b) Pide que triunfe la causa de Dios (v.12). La confianza en la victoria es origen de su oración. Pide justicia divina y no revancha humana.
c) Invita a la alabanza (v. 13) porque está seguro del triunfo de Dios. El profeta, porque espera, anticipa la acción de gracias.
 "Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado": Canto de victoria. Jeremías al verse liberado, celebra a Dios como el verdadero triunfador. Mientras los habitantes de Jerusalén confían en la celebración de sus armas para no morir en manos de los enemigos, el profeta busca la vida en la confianza en Dios. Dios es el único fuerte soldado.
"Que yo vea la venganza que tomas de ellos": Después del canto de victoria viene la petición de venganza. Los culpables de la persecución del profeta serán juzgados por Dios, en quien él ha confiado su causa. Esta confianza se fundamenta en el hecho de que Dios "libró la vida del pobre". Aquí la expresión "pobre" desborda totalmente un sentido socioeconómico para tomar un sentido religioso: el pobre es el hombre fiel a Yavhé y desnudo de toda seguridad humana. La fidelidad a la llamada de Dios ha conducido a Jeremías hasta la máxima pobreza: la de la renuncia a su autonomía personal.

El responsorial es el salmo 68  (Sal 68,8-10.14.17.33-35 ) Hay en este salmo tres elementos fundamentales: un análisis profundo de sus  desgracias; un refugiarse incesante, pero alternadamente, en Dios; y las peticiones de ayuda confiada.
El salmista es un individuo injustamente acusado; está, además, seriamente enfermo, y,  para colmo, una cadena de aflicciones de todo color lo aprieta y asfixia. Es la suya una  situación desesperante de la que hace una poderosa descripción, lanzando, de entrada, una confiada petición: «Señor, que me escuche tu gran bondad
A lo largo de los versículos del salmo, se eleva, ardiente, la súplica del salmista,  salpicada de vehementes anatemas contra sus enemigos. La apelación es múltiple,  insistente, casi abrumadora, con variadísimos motivos y formas literarias: imploro tu  bondad, tu favor, tu fidelidad; sácame de este barro, por favor que no me hunda, líbrame de  las aguas profundas, que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino.  Acércate a mí, respóndeme en seguida, rescátame, necesito consolación pero nadie me la  proporciona (vv. 14-22).
En los últimos versículos la esperanza levanta, ¡por fin!, la cabeza; el alma, hasta  ahora en tinieblas, del salmista comienza a amanecer, y la alegría, como una primavera,  cubre de sonrisas sus grutas y praderas. Y, en una reacción final, el salmista, olvidándose  de sí, entrega palabras de aliento a los pobres y humildes; y aterriza el salmo con una  cosmovisión alentadora de salvación universal.
Vemos como el salmista grita angustiado: 
-sufrimiento horrible (se siente asfixiado por las oleadas de barro, aúlla, y siente que su  garganta se incendia) 
-sufrimiento injusto (es maltratado por su piedad, el ambiente pagano amenaza  sumergirlo) 
-sufrimiento por la causa de Dios ("me devora el celo de tu casa, en mí han recaído las  ofensas de los que te insultan")
-enemigos numerosos lo rodean.
Lejos de resignarse, el suplicante se dirige a Dios y ora:
-implora su liberación, su salvación...
-pide venganza conforme a la ley del Talión: sus imprecaciones terribles se dirigen contra  las fuerzas infernales; pide a Dios que las haga desaparecer (la "mesa" de que se habla  aquí es la de los festines sagrados idolátricos a los falsos dioses"); que los enemigos de  Dios sean aniquilados.
Esta súplica trágica termina en una acción de gracias. Los gritos y las imprecaciones  de las dos primeras partes deben interpretarse a la luz de esta parte final: "alabaré a Dios...  Al ver esto los pobres se alegrarán... Vida y alegría para quienes buscan a Dios... El Señor  escucha a los humildes...".
 
  La segunda lectura es de la carta a los romanos ( Rom 5,12-15 ) 2.- En esta carta se traza la contraposición entre el pecado y la gracia. El empeño salvífico de Dios se manifiesta en Jesucristo. En él triunfa la gracia sobre el pecado. Jesús es el iniciador y el prototipo de la nueva humanidad, contrapuesto a Adán, iniciador y prototipo de la vieja humanidad. Pero para Pablo el punto de partida no es Adán, sino Jesús. No es Jesús quien se comprende a partir de Adán, sino a la inversa, Adán a partir de Jesús. Esto significa que nosotros nacemos ciertamente en un mundo de pecado, pero sobre todo nacemos en un mundo de salvación y de gracia.
Toda la fuerza de este pasaje está en peligro grave de verse debilitada por nuestra mentalidad contemporánea y por las investigaciones teológicas cuyos resultados, todavía no seguros, han llegado a alcanzar a muchos fieles haciéndoles escépticos en su manera de comprender el pecado original. El paralelismo que traza S. Pablo entre el único Adán y Cristo nos parece hoy muy frágil, aunque sólo sea por el hecho de que la palabra "Adán" no designa de por sí a una persona sino al hombre de un modo general. Asi en muchas ocasiones la Escritura para designar al hombre en general utiliza precisamente la palabra "Adán".
  Los vv. 13-14 suponen que después del pecado consciente de Adán, la voluntad de Dios no se da ya a conocer hasta la revelación de la ley del Sinaí (situación que se prolonga fuera del judaísmo a las naciones en las que la ley no se conoce). Sin duda, ningún pecado personal es imputado a los miembros de esta humanidad sin ley, sin conocimiento de Dios (v. 13e), pero la muerte cae, sin embargo, sobre sus hombres, ignorantes de su pecado (v. 14) Para comprender cómo ha podido Pablo escribir estos versículos hay que representarse la distinción bíblica entre faltas conscientes e inconscientes.
La continuación del pasaje está construida en forma de antítesis entre Adán y Cristo. (...) Este paralelismo entre Adán y Cristo no confiere, sin embargo, la misma importancia a los dos personajes. Es preciso antes que nada guardarse de ver en Cristo solamente a Aquel que ha podido encaminar a una Humanidad desorientada desde Adán: la obediencia y el sacrificio de Cristo no borran solamente la desobediencia de Adán y la falta de la multitud; Cristo se ha convertido en el Señor de la vida escatológica (cf. el "mucho más" del v. 17): hay algo más que un simple enderezamiento o que una simple expiación: es la entrada efectiva en una nueva economía.
Esta última constatación es capital para la antropología cristiana. Si Cristo ha reparado simplemente el desastre provocado por Adán, es que Adán es anterior, porque no podemos comprender a Cristo sino a partir de Adán. Pero si lo que aporta Cristo (la "vida") es radicalmente diferente a lo que podía aportar Adán entregado a él mismo, entonces debemos comprender a Adán a partir de Cristo y no a la inversa: "Adán no es más que la figura del que había de venir" (v. 14b); Adán y Cristo no están, pues, uno enfrente del otro como dos hombres de igual dignidad, como si el pecado del uno y la justicia del otro se equilibraran.
Así comenta San Agustín Rom 5,12-15: " Gracias a la acción mediadora de Cristo, adquiere la reconciliación con Dios la masa entera del género humano, alejada de él por el pecado de Adán. Por Adán entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, quienes pecaron todos en él (Rom 5,12). ¿Quién podría verse libre de esto? ¿Quién se distinguiría pasando de esta masa de ira a la misericordia? ¿Quién, pues, te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4,7). No nos distinguen los méritos, sino la gracia. En efecto, si fueran los merecimientos, sería algo debido; y, si es debido, no es gratuito; y, si no es gratuito, no puede hablarse de gracia. Esto lo dijo el mismo Apóstol: Si procede de la gracia, ya no procede de las obras, de lo contrario, la gracia dejaría de ser gracia (Rom 11,6). Gracias a una sola persona nos salvamos los mayores, los menores, los ancianos, los hombres maduros, los niños, los recién nacidos: todos nos salvamos gracias a uno solo. Uno solo es Dios, y uno solo también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús. Por un hombre nos vino la muerte, y por otro la resurrección de los muertos. Como en Adán morimos todos, así también en Cristo seremos vivificados todos (1 Cor 15,21-22). (San Agustín Sermón 293,8-9).

El evangelio de San Mateo (Mt 10,26-33 ). Con el texto de hoy reemprendemos el evangelio de Mateo en la última parte de las instrucciones dadas por Jesús a los Doce cuando los envía, que vamos a leer hoy y el próximo domingo. Y estas sentencias de Jesús deben leerse sobre la base de la misión. El evangelio de hoy está dominado por los imperativos que se hacen a los discípulos: no tengáis miedo (a los hombres, a los que matan el cuerpo, porque valéis más que los gorriones) y temed (al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo).
Jesús sigue urgiendo a los que le habian seguido, les pide  anunciar el evangelio y la audacia de confiar en el poder de Dios. Es cierto que la siembra está iniciada, pero aún queda mucho por hacer, y nadie puede quedar mano sobre mano en la gran tarea de anunciar el Reino. Hemos de ser testigos del Evangelio, confesar a Jesucristo delante de los hombres. Sólo así nos confesará Él ante el Padre cuando llegue el momento de comparecer ante el tribunal divino.
El hilo conductor del texto es la presentación de las dificultades de los doce para el cumplimiento de su misión dentro de Israel. Es importante subrayar que los horizontes de esta misión no son universales sino estrictamente locales. Así se señala explícitamente al comienzo: "No vayáis al extranjero" (Mt 10,5). Se trata, pues, de una misión destinada al que, a estas alturas de la obra, aparece todavía como único y verdadero Pueblo de Dios. Subrayemos también lo siguiente: se trata de una misión destinada a quienes se profesan creyentes. De algunos de estos creyentes se ha dicho que son lobos. "Os mando como ovejas entre lobos" (Mt 10, 16). Con estos antecedentes no tiene, pues, nada de extraño que los enviados puedan sentir miedo. De ahí la triple invitación "no tengáis miedo" (vs. 20, 28 y 31). En realidad el texto de hoy puede calificarse de esfuerzo de Jesús con vistas a lograr que los enviados superen el miedo que sin duda sentirán en el decurso de la misión. El texto enumera diversas razones para superar el miedo.
La primera razón es de corte sapiencial-proverbial. Son los vs. 26 y 27. Nada hay cubierto que no deba descubrirse, ni escondido que no deba saberse (vs. 26). La razón tiene un innegable aire indefinido. Tal vez por ello no hay que buscar detrás de ella un sentido particularizado sino una impresión global que se trata de transmitir. Su conexión con el v. 27 permite entenderla en el sentido de que el proceso desencadenado por la palabra de Jesús es irreversible y nadie lo puede detener, por más obstáculos que ponga.
Segunda razón. v. 28. No es a los hombres sino a Dios a quien hay que temer.
Tercera razón. Vs. 29 y 30. Los enviados han de saber que cuentan con la protección y cariño de Dios. Versículos muy logrados debido a la plástica de las imágenes empleadas. Los tres últimos versículos no son, propiamente hablando, razones para superar el miedo. Incluso a nivel de formulación son distintos de los anteriores. "Todo el que se ponga de mi parte, todo el que me niegue". La formulación general e impersonal abre el texto a situaciones y tiempos que trascienden el mero momento histórico de los doce. La misión tiene que ver con la persona de Jesús. Se trata de una novedad importante dentro de Israel. Asumirla o rechazarla no es indiferente.
Para nuestra vida.
Hoy, las lecturas este domingo, nos manifiestán la confianza que impregna nuestra vida cristiana garantizada por la presencia y el acompañamiento de Dios. Nos bastará con pensar en el ejemplo de Cristo, del profeta Jeremías y de san Pablo.

En la primera lectura contemplamos al profeta Jeremías que ve el peligro, oye el cuchicheo de sus enemigos, se da cuenta de sus intrigas.
" Oí el cuchicheo de la gente: “pavor en torno”… Pero el Señor está conmigo como fuerte soldado". El profeta Jeremías sufrió toda clase de afrentas, persecuciones y rechazo general, tanto de parte de las autoridades, como del pueblo llano, por mantenerse fiel al mandato del Señor. Sabía muy bien que lo que él decía no era lo que querían oír los que mandaban y el pueblo llano en general, pero él prefirió obedecer a Dios, antes que ceder ante los que le amenazaban. También a cualquiera de nosotros puede pasarnos algo parecido en algunas ocasiones. El “qué dirán”, los respetos humanos, el querer quedar bien con todos, nos tientan a todos nosotros en más de una ocasión. Porque es cierto que debemos ser respetuosos con las opiniones de los demás, sobre todo las opiniones de aquellas personas con las que convivimos y tratamos más frecuentemente, pero el respeto a las opiniones de los demás no debe nunca anular nuestro pensar, ni nuestro actuar, cuando estamos interiormente convencidos de que actuamos de acuerdo con una conciencia cierta y bien formada. El “tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres” no siempre es fácil de discernir, pero es una verdad cristiana evidente.Jeremías abe que lo van a delatar, que intentan calumniarlo, que viven al acecho para aprovechar el primer desliz, el primer traspiés. Momentos de angustia que hacen temblar al profeta, asustarse, sentir un miedo cerval. Sus lágrimas corren abundantes, sus lamentaciones se desgranan en unas letanías interminables... Jeremías, figura de Cristo paciente, mensaje para el justo que sufre y que pena. En efecto, Jesús crucificado es la respuesta, sin palabras y sin más explicación, del sentido "sinsentido" que tiene el sufrimiento del elegido de Dios.
Y en medio de ese dolor, de ese miedo, surge una exclamación de esperanza, un grito de gozo entrañable. El profeta se alza de su postración, se levanta con vigor y coraje, seguro, indomable en su propósito de anunciar el mensaje de Dios. De pronto ha comprendido que no está solo, se da cuenta de que a su lado está el Señor de los ejércitos, como un fuerte soldado, como valiente guerrero que decidirá favorablemente la contienda.
"Cantad al Señor -termina diciendo-, alabad al Señor que libró la vida del pobre de las manos del impío...". Dios está contigo, te alienta, te sostiene, te empuja. No temas, no te acobardes, no te inquietes. Yo te haré, dice el Señor, como muro de bronce, como columna férrea, como ciudad fortificada. Van a luchar contra ti, pero no podrán vencerte, porque yo estaré contigo para librarte... Jeremías sigue su camino de sufrimiento con serenidad, lo mismo que Jesús sale al encuentro de los que vienen a prenderle. Luego, ahora también, la historia se repite. Y otros "jeremías", otros "ecce homo" van cruzando la vida con su enorme fardo de dolor, redimiendo a la Humanidad.

Del salmo bulle un grito de lamentación que para muchos puede  ser de candente actualidad: "Sálvame, Dios mío... Me hundo... Me agoto... Mis ojos están  cansados... mis detractores son numerosos... Lloro... Los insultos llueven sobre mí"... Es la  oración de los enfermos, de los desgraciados. Pero es también, colectivamente, el llamado  de los países del tercer mundo. Porque en estos inicios del siglo XXI, la miseria continua deshumanizando; el exceso de confort hace al hombre inhumano... La  abundancia de los países ricos, está en gran parte alimentada, por la miseria de los países  pobres... El escándalo continua siendo la marginación que aleja del progreso, de la creatividad y  de la decisión a más de las dos terceras partes de la humanidad.
Del salmo surge una oración "que avanza". Si entramos en el "movimiento" de este salmo,  comprobamos su dinamismo: comienza con un grito de súplica, continúa  con una petición, y culmina en la alegría de la acción de gracias.
Nos vendría muy bien este ritmo para nuestra vida cotidiana: nuestra oración no puede ser el simple machaqueo fastidioso y  estático de contrariedades y problemas. Una verdadera oración nos transforma. Ella nos hace avanzar. Es  normal que comencemos exponiendo a Dios nuestras preocupaciones, como lo hace la  conmovedora "lamentación" de comienzos del salmo. Pero deberíamos concluir como lo  hace el salmo: "Alabaré con cantos el nombre de Dios... Que el cielo y la tierra alaben a  Dios... Vida y alegría a quienes buscan a Dios... Que los afligidos se alegren"... 

En la segunda lectura hemos leido un texto, que siendo el más difícil de la carta a los romanos, es también uno de los más importantes de su teología. Existe, ciertamente, una similitud entre Cristo y Adán: tanto uno como otro disponen de un vínculo extraordinario con la multitud. Pero no hay uno antiguo y otro nuevo, un primero y un segundo. Existe solamente Jesucristo y sus figuras que, como tales, no encuentran su sentido sino cuando llega lo que anuncian. Los dos términos de la antítesis Adán-Cristo resultan de tal manera distintos en su comparación, que finalmente importa muy poco a la fe cristiana que la ciencia demuestre un día el poligenismo o desvele el ambiente pretendidamente mítico en el que podría haber estado sumergido San Pablo al hablar de Adán. La única cosa importante es que la Humanidad no pueda desvelarse a sí misma el sentido de su existencia más que a la luz del señorío de Cristo. ¡Poco importa de dónde viene la Humanidad, si al menos sabe adónde va!.
"No hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos". El fue siempre un hombre fiel a su conciencia: antes de su conversión al cristianismo, fue una persona totalmente fiel a la Ley de Dios dada por Moisés, pero, desde el momento mismo en que se convierte a Jesús, todo lo anterior pierde importancia y sólo el evangelio, la buena noticia de Jesús, le interesa. Tendrá que sufrir mucho en su vida por defender y predicar el evangelio de Jesús, pero los sufrimientos interiores y exteriores que sufrió por ser fiel al mandato del Señor los consideró él ganancia ante Dios. Se identificó de tal manera con Cristo, que todo lo demás lo consideró despreciable y secundario. No cedió nunca ante el sufrimiento, la persecución y la misma muerte, sabiendo siempre que el don y la gracia de Dios nunca le iban a faltar. Él se sabía débil y frágil, pero también sabía que la gracia y el don de Dios suplían ampliamente su debilidad. Humildad para reconocer nuestra propia debilidad y confianza en la fuerza de Dios que actúa en nosotros es lo que debemos pedir nosotros en este domingo,
La antropología cristiana está esencialmente basada sobre el hombre en Jesucristo, prometido a la "vida"; Adán no aparece sino como el motivo de una mirada hacia atrás, simple imagen de la antigua realidad. Adán no tiene ningún título para definir la Humanidad tal como un cristiano la ve; únicamente Cristo -y no solamente el de la cruz, sino también el que se ha convertido en Señor- posee la llave del misterio del hombre. Así, la comparación entre Cristo y Adán parte de Cristo y la descripción de la situación religiosa anterior será más bien una apreciación teológica de ésta, ligada a las representaciones literarias de la época.
Así comenta San Agustín Rom 5,12-15: "Testigo de ello es la madre cristiana y la madre Iglesia"
" Quizá me salga aquí alguien al encuentro, diciéndome: «¿Cómo todos? ¿También quienes han de ser enviados al fuego, quienes van a ser condenados con el diablo y atormentados en las llamas eternas? ¿Cómo dices una y otra vez que todos?».
Porque a nadie le llegó la muerte sino por Adán y a nadie le llega la vida sino por Cristo. Si hubiera habido otro que nos hubiera conducido a la muerte, no todos hubiéramos muerto en Adán; si hubiese otro por el que pudiésemos llegar a la vida, no todos seriamos vivificados en Cristo.
«Entonces -dirá alguien- ¿también el niño que aún no habla necesita quien lo libere?». Cierto que lo necesita. Testigo de ello es la madre cristiana, que corre con él a la Iglesia para que lo bautice. Testigo es también la santa madre Iglesia, que recibe al niño para lavarlo, ya para dejarlo marchar una vez hecho libre, ya para nutrirlo con la piedad. ¿Quién se atreverá a testimoniar contra tal madre? Finalmente, lo manifiesta en el mismo niño su propio llanto, testimonio de su miseria. En cuanto le es posible, lo atestigua también la debilidad de la naturaleza, aún sin uso de razón: no entra en esta vida riendo, sino llorando. Reconoce su miseria, préstale ayuda. Revístanse todos de entrañas de misericordia. Cuantas menos posibilidades tienen ellos de hacerlo por sí mismos, mayor será nuestra misericordia al hablar en favor de los pequeños. La Iglesia acostumbra a prestar ayuda a los huérfanos en defensa de sus intereses; hablemos todos en favor de los pequeños, préstenles todo auxilio para que no pierdan el patrimonio celeste. Por ellos el Señor se hizo niño también. ¿Cómo no van a beneficiarse de su liberación quienes merecieron ser los primeros en morir por él? " (San Agustín Sermón 293,8-9).

  Hoy en el evangelio Jesús repite, por tres veces, la misma frase: No tengáis miedo. La fe y la adhesión personal de los discípulos a Jesús deben manifestarse en la proclamación abierta y clara del mensaje recibido.
Las dificultades de la predicación serían muchas, y Jesús no las oculta a sus apóstoles en el momento de enviarlos a proclamar el Evangelio. Les llega a decir que los envía como ovejas entre lobos. Pero en medio de aquellas dificultades, tenían que mantenerse animosos, serenos y fuertes para no callar y seguir predicando el mensaje de la salvación.
El motivo por el cual el creyente-testigo no debe temer es que aquéllos que se oponen al mensaje no tienen un poder real sobre la vida. El único dueño y señor de la vida y el que tiene poder sobre ella es Dios; si acaso es a El a quien debe "temerse", puesto que solamente El decide el destino de salvación o de condenación de cada hombre según la actuación de éste con respecto a los demás.
Así el daño que pudieran ocasionarles los demás sería un daño relativo. En el peor de los casos les podrían quitar la vida. Pero nunca podrían matarles el alma. En cambio, Dios puede perder no sólo al cuerpo sino también al alma. Por otra parte, el daño físico, con ser doloroso y en ocasiones irresistible, sería para ellos un bien precioso, si lo sufrían por amor a Cristo, que premiaría con creces aquel sacrificio, y les daría, además, fuerza y coraje para llevarlo a cabo.
El talante de optimismo y audacia que se manifiesta en las palabras de Jesús, llevó a los discípulos a todos los caminos de la tierra, sin complejos ni temores. Era tal su empuje y su entusiasmo que la siembra de la Palabra era cada vez más ancha. Pronto no habría país donde el cristianismo no hubiera llegado. El imperio romano, que alcanzaba prácticamente los límites del mundo, se vio inundado por aquella doctrina que hablaba de amor a Dios y al prójimo.
Un segundo motivo para no tener miedo dando testimonio de Cristo es la confianza en el Padre. Si su providencia llega incluso a los seres a los que apenas damos valor, mucho más tiene en cuenta la vida de cada hombre. No es que el Padre desee la muerte del discípulo o testigo de Cristo; lo que quiere el Padre es que este mensaje de amor llegue a todos. La muerte, si viene por esta causa, es el sello de este testimonio y Dios está presente -como lo estuvo en la Cruz- en aquél que da este testimonio, dándole la vida y la salvación definitivas.
La vida o la muerte, la salvación o la perdición definitiva de cada persona depende de la postura que cada uno tome ante Cristo. Lo que debe decirse a pleno día y pregonarse desde la azotea para que todos puedan oírlo es básicamente que se pertenece a Cristo, que somos solidarios con El por la adhesión de fe, de amor, de entrega personal. A este reconocimiento o confesión pública que el discípulo hace de Cristo corresponde un reconocimiento que Cristo hace del discípulo ante el Padre: así, el destino final de cada hombre depende de la palabra de reconocimiento o negación que Cristo pronuncia sobre él ante el Padre.
Es muy importante no olvidar que el evangelio es una palabra pública. No sólo porque hay que decirla en público y va dirigida a todo el mundo, sino porque atañe, quiérase o no, a la vida pública. Es el anuncio de la buena noticia, que no es la mejor noticia, ni mucho menos, para los enemigos de la verdad, para los endiosados, para los opresores, para los situados en bienes y opiniones, para los satisfechos, para los guardianes del orden, esto es, de su orden, que no del orden para todos y al servicio de todos los hombres.
El evangelio no es una palabra abstracta o lejana, que hable del sexo de los ángeles, sino concreta y penetrante como espada de dos filos. Ni una verdad teórica, que puede comprenderse o no pero no molesta a nadie aunque pueda aburrir a la mayoría...; sino una verdad práctica, eficaz, que obliga a tomar partido por ella o contra ella, que cambia nuestras relaciones con Dios, a quien nos enseña a llamar Padre, y con los hombres a quienes debemos tratar como hermanos. Por eso entra en diálogo, pero también en dialéctica y en lucha. Por eso levanta la contradicción y la oposición de la mentira. Porque es la luz contra las tinieblas.
Todos los bautizados hemos sido llamados para servir al evangelio, todos participamos de la misión profética de Jesús. Y así todos estamos comprometidos, entre la espada y la pared, entre la voluntad de Dios que nos envía y la mentira del mundo que resiste al reinado de Dios. Pero sabemos que Dios está con nosotros como "fuerte soldado" y que el evangelio es fuerza de Dios para salvar a los que creen en él.
Evidentemente, la mentira que se opone al evangelio no está sólo delante de nosotros y fuera de nosotros mismos, sino también en nuestro interior. Y es preciso exorcizarla de nosotros con la palabra de Dios, recibiendo con fe el evangelio. Sabiendo que sólo podemos predicar a otros si nosotros mismos hacemos lo que predicamos. La mentira nos domina muchas veces sirviéndose del miedo, metiéndonos el miedo a confesar el evangelio, a practicarlo, a dar testimonio de él delante de Dios y de los hombres. El que lucha contra la mentira, no puede hacerlo con las armas propias de la mentira, utilizando el poder que todo lo corrompe y sólo sirve para dominar. La verdad nos hace libres, el evangelio es una fuerza de liberación. No podemos utilizar, por tanto, la fuerza, la imposición, la indoctrinación de todo tipo... Sólo podemos dar testimonio, dejar que la verdad desarrolle su propia fuerza.
Hoy día la Iglesia es perseguida en muchos lugares del mundo. A todos nos impresiona lo que está pasando en Siria. Un número ingente de mártires muere por defender su fe. El nuevo Pueblo de Dios no debe tener miedo a los fundamentalistas religiosos. La Iglesia seguirá adelante a pesar de la oposición también religiosa de los fundamentalistas. Estos acudirán incluso a métodos mortales. Pero la integridad física no da la medida de la persona. La integridad personal no se agota con la integridad física. La integridad personal no la mata ni siquiera el arma mortífera del fundamentalista religioso. No es a éste a quien hay que tener miedo, sino que debemos vivir en el santo temor de Dios, porque es Dios quien da la verdadera medida de la persona. Ahora bien, ¡Dios está de nuestra parte, pequeño rebaño! ¡Dios es padre! La pérdida de la integridad física no nos debe asustar. Esta pérdida tiene un sentido y Dios no está ausente. El texto de hoy quiere dar ánimo a los que se sienten perseguidos por vivir la fe, infundiendo en el discípulo ilusión y esperanza contra toda esperanza.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

viernes, 23 de junio de 2017

Lecturas del XII Domingo del Tiempo Ordinario 25 de junio de 2017


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE JEREMÍAS 20, 10-13
Dijo Jeremías:
«Oía la acusación de la gente: "Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo".
Mis amigos acechaban mí traspié: "A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”.
Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!
Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa».
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 68, 8-10. 14 y 17. 33-35
R. SEÑOR, QUE ME ESCUCHE TU GRAN BONDAD.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí R.

Pero mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R.

Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas. R.

SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 5, 12-15
Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...
Pues, hasta que llegó aunque la Ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir,
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Palabra de Dios.

ALELUYA Jn 6, 51-52
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor, quien coma de este pan vivirá para siempre.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 10, 26-33
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que
puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por uno céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor.

domingo, 18 de junio de 2017

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo 18 de junio de 2017.

Hoy celebramos los católicos el día del Corpus, el día de la Caridad y del amor fraterno. Durante muchos años, y siglos, la celebración del día del Corpus, fue uno de los tres jueves que relucían más que el sol, tenía su representación más visible en la procesión solemnísima en la que el pueblo cristiano acompañaba, entusiasmado, por calles y plazas, al sacerdote que portaba en alto la custodia con el Santísimo.
Fiesta antigua en la Iglesia, surgió en la Edad Media, cuando en 1208 la religiosa Juliana de Cornillon promueve la idea de celebrar una festividad en honor al Cuerpo y la Sangre de Cristo presente en la Eucaristía. Así, se celebra por primera vez en 1246 en la diócesis de Lieja (Bélgica).
En el año 1263, mientras un sacerdote celebraba la misa en la iglesia de la localidad de Bolsena (Italia), al romper la Hostia consagrada brotó sangre, según la tradición.  Este hecho, muy difundido y celebrado, dio un impulso definitivo al establecimiento como fiesta litúrgica del Corpus Christi. Fue instituida el 8 de septiembre de 1264 por el papa Urbano IV, mediante la bula Transiturus hoc mundo. A Santo Tomás de Aquino se le encargó preparar los textos para el Oficio y Misa propia del día, que incluye himnos y secuencias, como Pange Lingua (y su parte final Tantum Ergo), Lauda Sion, Panis angelicus, Adoro te devote o Verbum Supernum Prodiens.
En el Concilio de Vienne de 1311, Clemente V dará las normas para regular el cortejo procesional en el interior de los templos e incluso indicará el lugar que deberán ocupar las autoridades que quisieran añadirse al desfile.
En el año 1316, Juan XXII introduce la Octava con exposición del Santísimo Sacramento. Pero el gran espaldarazo vendrá dado por el papa Nicolás V, cuando en la festividad del Corpus Christi del año 1447, sale procesionalmente con la Hostia Santa por las calles de Roma.
En muchos lugares es una fiesta de especial relevancia. En España existe el dicho popular: Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión, lo que da idea del arraigo de esta fiesta.
Las celebraciones del Corpus suelen incluir una procesión en la que el mismo Cuerpo de Cristo se exhibe en una custodia.
  En la Iglesia hoy celebramos coincidiendo con el Día del Corpus Christi el Día de Caridad. Hoy, al contemplar la Eucaristía, nuestros ojos se van en dos direcciones: hacia la
calle (necesitada de la presencia del Señor, aunque algunos la rechacen) y hacia las personas (custodias de carne y hueso en donde nos hemos de afanar mediante el obrador de la caridad). Calle y personas son un binomio excepcional e imprescindible para entender el Corpus: sin caridad y sin testimonio público…la fe se queda demasiado empobrecida y vacía de amor y testimonio.

La primera  lectura del libro del Deuteronomio  (Dt 8, 2-3. 14b-16a). Este libro exhorta al pueblo para que cumpla los mandamientos de Dios. Trae a la memoria de todo el pueblo la experiencia fundamental de los 40 años por el desierto, camino de la tierra prometida. Recuerda que fue Dios quien liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto.
Pero estos acontecimientos del pasado histórico de Israel los interpreta el autor, como un proceso educativo bajo la dirección sapientísima de Dios, que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Por lo tanto, la historia de la liberación coincide con la historia de la educación y de la formación de Israel.
Por eso es importante recordarla en todo momento; pues, si Israel se olvida de la educación recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes.
La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor.
Cuando el autor escribe estas palabras -que él atribuye a Moisés- el pueblo de Israel vive ya tranquilamente en la tierra que le había sido prometida, una tierra que mana leche y miel. Pero la fertilidad de la tierra y la tierra misma se pueden perder. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad. Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto. El autor ve este peligro y avisa la conciencia del pueblo con el recuerdo de sus orígenes.
El desierto es visto por el autor del Deuteronomio, como un lugar de prueba, y el tiempo que el pueblo pasó en él después de la salida de Egipto es visto como un tiempo en el que el Señor educó a su pueblo. La tentación, la prueba es para "conocer tus intenciones".
El maná no sale de la boca de Dios, pero es una señal evidente de la fidelidad eficaz de la palabra que sale de su boca. La referencia a la "palabra de Dios", que da la vida al hombre, la encontramos también en los profetas, y el evangelio de Mateo ha utilizado este texto para hablar de la opción que hace Jesús ante la tentación.
El pueblo debe recordar el camino del desierto, debe recordar que el Señor le liberó de la tierra de esclavitud. Y ahora, cuando el pueblo se ha convertido ya en sedentario, tiene la tentación de olvidar su origen y a Aquél que es su vida. Ahora pueden olvidar al Señor, ya que recogen la cosecha de los campos y tienen agua en las fuentes y los ríos. El recuerdo del pasado les hará presente la mano amorosa del Señor, que continúa actuando, alimentando a su pueblo.

El responsorial es el Salmo 147  (Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20 ). Este salmo, en el texto hebreo, es la segunda parte del salmo 146 y  continuación del mismo tema: Himno de alabanza a Dios Señor de todo y cuya bondad se  manifiesta en toda clase de beneficios. Para los pueblos rurales de otros tiempos, la  "ciudad", rodeada de murallas y protegida por sólidas puertas, era el símbolo de la  seguridad. Para los pueblos flagelados por el hambre, el "pan" en abundancia es símbolo  de la felicidad y de la vida. Para los pueblos de países cálidos, los fenómenos  meteorológicos del invierno (nieve, escarcha, hielo) ocurren raras veces y son símbolos de  lo irreal, de lo sobrenatural, de lo admirable... Maravillas que sólo Dios puede realizar.
Israel no olvida nunca que el mayor beneficio es el maravilloso don de la "Ley", de la  "alianza" de Dios con su pueblo: ningún otro pueblo fue tratado de igual manera, ningún  otro pueblo conoció sus voluntades. Estos dos temas, el de la intervención de Dios en la  historia y el de la intervención de Dios en la naturaleza están estrechamente unidos por el  tema de la "Palabra", del "Verbo" de Dios: es el mismo Dios "que se expresa" en los dos  casos... Y las maravillas del cosmos son como la garantía de la verdad de su ley. El hombre  que conoce la voluntad de Dios tiene la posibilidad de saber "la ley de su ser": es una  seguridad de éxito. Lejos de considerar la ley como una sujeción o un peso, Israel la  considera como liberadora. Se la ama, como la luz que permite caminar sin vacilar. Saber lo  que es "bueno para el hombre", saber "lo que lo destruye", ¡qué beneficio!          
Muy grafica de la intención orante del salmo es la estrofa repetida: R. Glorifica al señor, Jerusalén.

La segunda lectura  es de la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios (1 Cor 10, 16-17). Este texto es parte de una carta dirigida a una comunidad marcada por las divisiones.
El texto de hoy está en mitad de una argumentación contra la participación en los sacrificios paganos. En él, San Pablo explica el significado de la Eucaristía como en ningún otro texto del NT. El cáliz de la bendición era una expresión judía para designar la cena pascual. Se refería a la tercera copa que se bebía durante la cena, la más importante, ya que era el momento en que el padre de familia pronunciaba la acción de gracias o bendición. Al decir "que nosotros bendecimos", probablemente hace alusión a las palabras de acción de gracias que pronunciamos los cristianos sobre la copa, las mismas de Jesús en la última cena.
El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo. Bebiendo este cáliz, los cristianos entran en comunión con el mismo Cristo, que ha derramado su sangre, realizando así la obra de la reconciliación.
Seguidamente San Pablo pasa a hablar del pan partido (que pronto significó la Eucaristía) como comunión con el cuerpo de Cristo, estableciendo un paralelismo evidente entre cáliz y pan, sangre y cuerpo. Pero enseguida hace un giro sorprendente: ya no habla del cuerpo de Cristo sino de la comunidad.
De hecho, continúa hablando del cuerpo de Cristo, como hará evidente en el capítulo 12 de la carta. Participar del mismo pan implica formar parte del mismo cuerpo, del único cuerpo de Cristo.
Así comenta San Agustín este texto:
" Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche, pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa, ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es un pan y un cáliz; vuestros ojos así os lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada. Dice, en efecto el profeta: Si no creéis, no comprenderéis (Is 7,9 LXX). Ahora podéis decirme: «Nos mandas que lo creamos; explícanoslo para que lo entendamos». En efecto, puede surgir en la mente de cualquiera el siguiente pensamiento: «Sabemos de dónde tomó carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. Siendo pequeño, tomó el pecho, fue alimentado, creció, llegó a la edad madura, fue perseguido por los judíos, colgado en un madero, muerto en el madero y bajado del madero; fue sepultado, resucitó al tercer día y cuando quiso subió al cielo, llevándose allí su cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos, y allí está sentado ahora a la derecha del Padre. ¿Cómo este pan es su cuerpo y cómo este cáliz, o lo que él contiene, es su sangre?».
A estas cosas, hermanos míos, las llamamos sacramentos, porque una cosa es la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende, posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois. A lo que sois respondéis con el amén, y vuestra respuesta es vuestra rúbrica. Se te dice: «El cuerpo de Cristo», y respondes: «Amén». Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén.
¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos nada personal al respecto; escuchemos de nuevo al Apóstol, quien, hablando del mismo sacramento dice: Siendo muchos, somos un único pan, un único cuerpo (1 Cor 10,17). Comprendedlo y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan. ¿Quién es este único pan? Siendo muchos somos un único cuerpo. Traed a la memoria que el pan no se elabora de un único grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos, erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como aspergeados; cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol a propósito del pan.
Lo que hemos de decir respecto al cáliz, aún sin indicarlo expresamente, lo mostró con suficiencia. Para que exista esta especie visible del pan se han conglutinado muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo que dice la Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32). Lo mismo ha de decirse del vino. Recordad, hermanos, cómo se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las mismas se mezcla, formando un único vino. Así también nos simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe el misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí." (San Agustín. Sermón 272)

ALELUYA Jn 6, 51-52Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor, quien coma de este pan vivirá para siempre”.

El evangelio es de San Juan  (Jn 6, 51-58) El texto nos sitúa después del relato de la multiplicación de los panes. San Juan continúa con el discurso del pan de vida, que al final se transforma en discurso de la Eucaristía, que es el que leemos hoy. Jesús se presenta como el pan vivo, bajado del cielo, que da vida por siempre. Así hace la transición del discurso del pan al discurso de la Eucaristía.
El término carne designa la realidad humana, con todas sus posibilidades y debilidades. Recordemos que en el prólogo de este evangelio se dice que la Palabra se hizo carne. Observemos que Juan no utiliza el término cuerpo, probablemente porque quiere subrayar la realidad de la encarnación.
La reacción de los judíos, que seguramente manifiesta los equívocos que provoca en ciertos ambientes la Eucaristía, da pie para insistir tenazmente en el realismo eucarístico, que quiere salvaguardar la encarnación.
Carne y sangre expresan la totalidad de la vida. Comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre es participar de la vida divina. Efectivamente, Jesús, enviado del Padre, tiene la vida del Padre; los que comen la carne y beben la sangre de Jesús (su vida) tienen la vida de Jesús, que es la vida del Padre. Por eso la vida recibida es eterna.
Más aún, se afirma que sólo se puede tener vida si se participa de la vida de Jesús. La comparación con el maná ayuda a subrayar este sentido. El pan de la Eucaristía da la vida por siempre: es el pan salvífico.
También habría que tener en cuenta que, así como la carne nos recuerda la encarnación de Jesús, la sangre nos recuerda su muerte en la cruz. Así, participar de la vida de Jesús comporta asumir a fondo la propia humanidad, como hizo Jesús, y, como él, dar la vida por amor.
El cuerpo de Cristo es, en primer lugar, la carne y la sangre que él da "para la vida del mundo", es decir, toda su existencia concreta: su cuerpo muerto para destruir la muerte y su cuerpo resucitado para manifestar la resurrección. En segundo lugar, cuerpo de Cristo significa el "pan que partimos", el "pan de vida": "El que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn/06/52).
Por último, cuerpo de Cristo significa la Iglesia, el pueblo que Dios reúne en JESUCRISTO, el descendiente de Abrahán y el heredero de las promesas. Por nuestra incorporación a Cristo, significada y realizada en la recepción de su cuerpo eucarístico, todos somos en él herederos de las promesas y constituimos el verdadero Pueblo de Dios (Ga 3. 16/28-29) Todos somos cuerpo de Cristo, pues todos comemos de un mismo pan que es el cuerpo de Cristo muerto y resucitado; todos somos un mismo Pueblo de Dios, Iglesia, peregrinos en Cristo hacia el Reino de Dios, alimentados por Cristo con su propia carne: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre". Sólo en Cristo y por Cristo constituimos un pueblo, un cuerpo, una Iglesia comprometida con Cristo en su muerte y resurrección para dar vida al mundo.
Para nuestra vida
Conmemoramos hoy la permanencia real de Cristo en la tierra, bajo las especies de pan y vino, en la Eucaristía. Es algo tan grande que sólo es posible explicarlo, partiendo de algo muy íntimo. Y así, en mi experiencia personal arroja un balance de enorme importancia la recepción diaria de la eucaristía. Celebración y comunión, responden a una necesidad que tiene mucho de espiritual, pero que también incide en lo físico.
La presencia  real de Jesús en las formas de pan y vino comunica una corriente espiritual intima. No es solamente un rito sacralizado por la fe. Es una realidad que transforma, y enriquece. Siempre hay un antes y un después en la recepción de la Eucaristía. Muchos días se llega a la misa cotidiana con problemas, tristezas, distracciones o dudas. Gran parte de todos esos problemas van a aclararse. Nuestro cuerpo, alma y pensamiento han cambiado después de la comunión. No es un espejismo, no es una falsa emoción.
No es posible dejar de proclamar tal efecto real de un don espiritual. El mayor bien "terreno" que podemos dar a nuestros hermanos es comunicarles lo que sentimos a la hora de recibir el Cuerpo de Cristo. Y la mejor ayuda es predibujarles con las obras de nuestra vida  tales dones. Porque el alimento espiritual que supone la recepción del Cuerpo y Sangre de Jesucristo es fundamental para construir nuestra identidad total como cristianos, con todo lo que eso significa y debe significar. Por todo ello debemos celebrar esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo con especial dedicación, amor y cuidado espiritual.
El hecho de que hoy se celebre el "Día de la Caridad" y que hagamos la colecta a favor de Cáritas, nos ayudará a remarcar el vínculo indisoluble entre la comunión eclesial y la comunión con los pobres: el pan eucarístico, don del amor de Dios, nos mueve a compartir el pan de cada día. El alimento de nuestra fe nos hace ser alimento para los demás, para los pobres; nos hace descubrir la voluntad de Dios: que el pan de cada día sea para todos.

La primera lectura, sacada del Libro de Deuteronomio, nos lleva al desierto, porque el desierto ayuda a vivir con intensidad, ayuda a vivir el momento presente, ayuda a dar sentido a nuestra sed, nos recuerda nuestras carencias y nos encamina a la interminable sorpresa que da la búsqueda de un sustento gratuito capaz de saciar nuestra hambre de lo auténtico.
El camino del desierto quedó como paradigma, como ejemplo que sería recordado muchas veces. Fueron momentos inolvidables en los que Dios estuvo cerca de su pueblo como nunca. El desierto se convertía así en una mística, un vivir en soledad y silencio, en intimidad entrañable con Dios. Por eso, a lo largo de la Historia hubo quienes buscaron, y buscan, el desierto o la montaña como lugar de encuentro con el Señor.
El pueblo de Israel ha cambiado de vida. La etapa del desierto: aflicción, hambre, sed, miedos, zozobras..., han quedado ya en el olvido (vs. 2-6 y 14-17). Si Israel se olvida de la ayuda recibida en el desierto, caerá de nuevo en las viejas esclavitudes. La lección del desierto es ésta: que Israel vive de la palabra de Dios. En la abundancia y en la escasez, lo que hace sobrevivir al pueblo es siempre la obediencia al Señor. La única posibilidad de supervivencia sigue siendo para Israel la confianza en Dios y en el acatamiento de su voluntad.
Desde la nueva situación de prosperidad y de abundancia relativa, el desierto es para Israel una realidad terrible, felizmente lejana; sin embargo, la nueva situación es mucho más peligrosa en cuanto favorece el sentimiento de autosuficiencia y lleva al olvido del Señor, que sacó al pueblo de la esclavitud y le dio de comer y beber en el desierto.
La lectura recuerda la necesidad de alimento que el pueblo tuvo. Necesidad sentida colectivamente. Dios lo alimentó haciéndole ver, al mismo tiempo, que "el hombre no sólo vive de pan". Y el alimento que Dios les dio les hace sentir, aún más, pueblo. También nosotros debemos hacer esta experiencia: sentirnos miembros de un colectivo que es el pueblo de Dios y miembros de otro colectivo: pueblo/barrio, país...; sentir las necesidades que tienen estos colectivos, y no tan sólo las propias individuales; la Palabra de Dios nos ayuda a descubrir estas necesidades, que para muchos son de pan, pero que para todos son de solidaridad.
El mismo peligro tenemos nosotros cuando abandonamos la participación en la Eucaristía. En este día del Corpus Christi se nos recuerda a los cristianos de ahora que, como escribió San Juan Pablo II, la Iglesia vive de la Eucaristía –“Ecclesia de Eucharistia”-

Como responsorial hoy recitamos el salmo 147 que se inicia en el versículo 12 del 147 judío. El texto exalta al Señor, Dios, al Salvador de Israel. Qué manifestó todo su poder en la creación y su amor y ternura al favorecer a los pobres y a los humildes. Ese poder y amor, para nosotros, está representado en el gran milagro que es la permanencia de Cristo en la Iglesia, la cual nos propone este salmo en la "Fiesta del Corpus Christi", la Fiesta del  "Cuerpo y Sangre" del Señor. Este "pan de trigo que nos sacia" no puede menos de  hacernos pensar en este "pan de vida" del que Jesús habló con frecuencia (Juan 6).
El salmo 147 dice que Dios "envía su palabra a la tierra... y que su Verbo la recorre...".  Se trata de una "palabra" casi personificada, que tiende a ser distinta de quien la profiere.  El autor del salmo no podía pensar en una tal perspectiva, pero nosotros no podemos  olvidar las palabras de San Juan: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan  1,14). Sí, Jesús fue la mejor "expresión" de Dios. Sus hechos, sus gestos, sus palabras,  nos hablan mejor de Dios que todos los estudios que se han hecho sobre El. El es  "verdaderamente la Palabra" de Dios en el mundo.
Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía:  "Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice:  el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6, 53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?" (74 Homelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

El punto de unión de la primera lectura con la segunda, que procede de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios es éste: es "El Cáliz de nuestra acción de gracias". Porque comer el mismo pan y beber el mismo vino en la Eucaristía compromete a una sólida comunión, no sólo superficial durante la liturgia, sino auténtica en nuestra propia vida. El texto es parte del relato que describe lo que ocurrió con la  polémica que se desató en la primera comunidad cristiana sobre la licitud o no de comer carne que hubiera sido "sacrificada" a los dioses.
San Pablo, defiende también en este caso la libertad de los hijos de Dios; pero les advierte que sean considerados respecto a la opinión de los que siguen atados a la opinión antigua y no hieran su sensibilidad. Además les amonesta para que no se pasen  y lleguen por ese camino a una participación personal de los cultos paganos. La razón es que para Pablo no hay componenda posible entre la comunión con Cristo y la Cena del Señor y la comunión con los demonios y el culto pagano. Por eso expone el sentido profundo de la Cena del Señor, que nos une a todos en la comunión con Cristo. Por eso, la Eucaristía es sacramento de unidad y vínculo de caridad.

El Evangelio  procede del Cap. 6° del evangelio de San Juan: Jesús se proclama sin rodeos que es el Pan Vivo bajado del cielo y es lo que produce en nosotros la vida eterna.
El texto de hoy  es el gozne que une con la primera parte de los discursos pronunciados, según refiere San Juan, por el Señor en la sinagoga de Cafarnaúm. Primero ha insistido en la necesidad de la fe para alcanzar la vida eterna.
Luego el Jesús expone la doctrina de la Eucaristía, insistiendo en la necesidad de comer su carne y de beber su sangre para alcanzar esa vida eterna. Sus palabras provocan una reacción de escándalo y rechazo. Tanto que incluso los discípulos le abandonan. Ante esa actitud Jesús no suaviza sus afirmaciones, ni aminora sus exigencias.
Sólo con una fe rendida y firme, podremos aceptar el Misterio de Amor que supone que el Señor se haga pan para que le podamos comer.
El cuerpo de Cristo es, en primer lugar, la carne y la sangre que él da "para la vida del mundo", es decir, toda su existencia concreta: su cuerpo muerto para destruir la muerte y su cuerpo resucitado para manifestar la resurrección. En segundo lugar, cuerpo de Cristo significa el "pan que partimos", el "pan de vida": "El que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn/06/52).
Cuerpo de Cristo significa la Iglesia, el pueblo que Dios reúne en Jesucristo, el descendiente de Abrahán y el heredero de las promesas. Por nuestra incorporación a Cristo, significada y realizada en la recepción de su cuerpo eucarístico, todos somos en él herederos de las promesas y constituimos el verdadero Pueblo de Dios (Ga 3. 16/28-29) Todos somos cuerpo de Cristo, pues todos comemos de un mismo pan que es el cuerpo de Cristo muerto y resucitado; todos somos un mismo Pueblo de Dios, Iglesia, peregrinos en Cristo hacia el Reino de Dios, alimentados por Cristo con su propia carne: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre". Sólo en Cristo y por Cristo constituimos un pueblo, un cuerpo, una Iglesia comprometida con Cristo en su muerte y resurrección para dar vida al mundo.
Cuando la comunión se entiende sólo como "mi comunión", asunto privado entre Jesús y mi alma, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia se desintegra: cada uno come su propio pan, y éste ya no es el "pan que partimos".
La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga se compromete con Cristo y con los que son de Cristo, como un solo hombre, en el sacrificio de Cristo, en la salvación del mundo.
Los frutos de acercarse piadosamente a recibir la Eucaristía son abundantísimos: se ilumina la inteligencia, se inflama el alma, se fomenta el amor, cobran vida los sentimientos, se acrecientan los dones, se purifica el espíritu, se multiplican las gracias y las virtudes y, en fin, se pone participativamente con él la plenitud de todos los bienes espirituales". (Santo Tomás de Villanueva. Solemnidad del Corpus Christi).
La Eucaristía es la celebración de la vida, y así la comunidad cristiana que se congrega para celebrarla se acerca a un Dios próximo y lleno de amor y recibe la seguridad de sentirse amada, perdonada, purificada y feliz.
La comunión sólo es auténtica cuando no se privatiza y se apropia, cuando comulgar con Cristo significa también comulgar con los hermanos, más aún, con todos los hombres: recibimos un cuerpo que se entrega por nosotros y por todos los hombres. El que comulga se compromete con Cristo y con los que son de Cristo, como un solo hombre, en el sacrificio de Cristo, en la salvación del mundo.
La comunión no es solo  signo de fraternidad. La comunión también es para vivir como hijos de Dios, como él vivió. Que la realidad de nuestra vida esté muy lejos de este ideal, no nos autoriza a desfigurar lo que la Eucaristía es.
Al comulgar, afirmamos nuestra fe y nuestra esperanza en que es posible y queremos seguir el camino de Jesucristo, aunque de hecho nos quedemos a medio camino. Pero lo más importante no es si nosotros lo hacemos y queremos, sino que Dios lo quiere. El hecho fundamental, por tanto, es que Dios se nos da como alimento por Jesucristo. Sólo aceptando que esto es el hecho primero y fundamental, podemos entender qué significa que la Eucaristía es también para nosotros un "compromiso". O dicho de otro modo: que nosotros al comulgar nos comprometemos porque nos incorporamos a una corriente de vida. Comulgar obliga a una opción: la de seguir el camino de amor de Jesucristo. Pero no como una iniciativa nuestra sino como una respuesta al Amor de Dios.
Es  una cuestión de coherencia, de ser consecuentes con lo que hacemos. Es lo que hemos leído en la carta de san Pablo: ¿cómo comulgar con Cristo y no amar? El comulgar con el cuerpo de Cristo juzga nuestra vida, la impulsa a mayor amor.
La mejor acción de gracias que podemos hacer es repetirnos simplemente estas palabras: he comulgado en el Amor de Dios. Y que estas palabras juzguen, iluminen, alimenten, vivifiquen nuestro camino de cada día.


Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org