miércoles, 22 de febrero de 2017

Lecturas del VIII Domingo del Tiempo Ordinario 26 de febrero de 2017



PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 49, 14-15
Sión decía:
«Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado».
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.
Palabra de Dios.



SALMO RESPONSORIAL
Salmo 61, 2-3. 6-7. 8-9 ab (R.: 6a)
R. DESCANSA SÓLO EN DIOS, ALMA MÍA.

Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación;
mi alcázar: no vacilará. R.

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilará. R.

De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme, Dios es mi refugio.
Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 4, 1-5
Queridos hermanos:
Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece.
Palabra de Dios.



ALELUYA Heb 4, 12
La palabra de Dios es viva y eficaz, y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 6, 24-34
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros del cielo: ni siembran, no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».
Palabra del Señor.

domingo, 19 de febrero de 2017

Comentario a las lecturas del VII Domingo del Tiempo Ordinario 19 de febrero de 2017

La primera lectura (Lv19,1-2.17-18) presenta un pasaje perteneciente a una compilación legislativa realizada después del destierro (Lv 17-25) y designada con el nombre de "Ley de santidad" porque se muestra particularmente sensible a la santidad de Dios y a las exigencias que esa trascendencia impone al pueblo que ha establecido una alianza con él. Santidad es la palabra que se repite en el estribillo: "Sed santos, porque yo, el Señor... soy Santo".
La "ley de santidad" sección central y la más compacta del Levítico (Lv 17-26), se trata de modelar el orden humano a partir de la santidad de Dios. Santidad es aquí un concepto que no habla tanto de Dios en sí, cuanto de Dios como fundamento del mundo. De ahí que sea una exigencia radical del mundo mismo para ser verdaderamente lo que es o está llamado a ser. La ley se dirige al pueblo de Dios en el mundo, para enseñarle el camino de acceso a la santidad de Dios o a la plena realización de sí mismo.
-La pericopa litúrgica de hoy recoge algunas leyes, y no las más interesantes.
-v.2: antes de exponer las diversas leyes, el autor nos da la razón o motivo por el que debemos cumplirlas. Así nuestra obediencia no será ciega, sino razonable. Si Dios nos exige es porque primero nos ha dado, porque nos ha otorgado el don de la salida de Egipto, de la tierra de la esclavitud (v.36), por eso puede ordenar el cumplimiento de unos preceptos.
El Señor santo de la Alianza exige la santificación de su pueblo, y esto no se obtiene con la construcción de un santuario y la práctica de un culto (Ex.25-31;35-40), sino con el cumplimiento de los preceptos morales de este Dios santo, como nos lo dice el cap. 19. La santidad implica separación, pero no de un lugar o de un espacio -tan frecuentemente aconsejada por la Iglesia-, sino por la calidad de nuestras obras, como decía Orígenes. Es el mismo mensaje que nos inculca hoy el N.T.: "Sed perfectos..." A través de esta fórmula de presentación, las leyes humanas se insertan en la fe israelítica.
-vs.15-18: en su contexto primitivo, todo estos versículos se referían a las normas que debían observarse en todo proceso judicial. Al emitir sentencia, el juez no debe favorecer al rico para obtener ganancias, ni tampoco al pobre por falso sentimentalismo, sino que en su juicio debe resplandecer siempre la verdad y la justicia (v.15). El v.16 se refiere a los testigos y el v. 17 alude a que todo miembro del pueblo puede recurrir al tribunal en caso de disputa; el hecho de no acudir a este organismo acarrea el peligro de incubar en el corazón humano el odio al hermano, y el odio o rencor pueden llevar a la venganza (v.18)
En este código de preceptos fundamentales de relación humana, la exigencia es no sólo de obras, sino también de actitudes y sentimientos hacia el otro; de ellos son hijas las obras. Denomina por su nombre a las actitudes que no pueden llegar a ningún compromiso con la santidad: el odio, el rencor, la venganza; y a las que son exigidas por ella: la corrección o reprensión justa, el amor. Los primeros son sentimientos que niegan al otro, lo destruyen; por supuesto, destruyen también al sujeto del que emanan. La corrección del culpable y la denuncia del mal son exigencias radicales en el que busca el bien, y son también justicia que el hombre le debe al que está en el error. Es la señal de que busca afirmarlo.
Pero la suprema afirmación del otro la hace el amor. El amor verdadero no es un superficial y caprichoso sentimiento, que puede encubrir un solapado amor propio. Se salvaguarda de cualquier malentendido en un criterio y en una medida que debe valer para acreditarlo: amor al otro como a sí mismo. Este es el reto más grande que se puede hacer a la relación del hombre con el hombre. El yo es llamado a desplazarse hacia el tú que está delante, a considerarlo como un yo y a comportarse con él como consigo mismo.
Este precepto compromete al hombre en sus obras y en sus sentimientos y nunca podrá decir que lo ha cumplido cabalmente; su incumplimiento le estará denunciando siempre.

  El responsorial de hoy,  el  salmo 102 (Sal 102,1-2.3-4.8.10.12-13) es atribuido a David y tiene un mensaje casi idéntico al conocido salmo 50, al “Miserere”. Es, un himno de alabanza que recorre toda la historia de Israel señalando que todos los bienes proceden del Señor. Para nosotros mismos, hoy, debe ser una oración de agradecimiento por todo lo que somos y recibimos.
El salmo 102 es el gran salmo de la ternura de Dios. El concepto de amor contiene variados y múltiples alcances, y uno de ellos es el de la ternura. No obstante, a pesar de entrar la ternura en el marco general del amor, tiene ella tales matices que la transforman en algo diferente y especial en el contexto de amor.
La ternura es, ante todo, un movimiento de todo el ser, un movimiento que oscila entre la compasión y la entrega, un movimiento cuajado de calor y proximidad, y con una carga especial de benevolencia. Para expresar este conjunto de matices disponemos en nuestro idioma de otra palabra: cariño.
Allá, en las raíces de la ternura, descubrimos siempre la fragilidad; en ésta nace, se apoya y se alimenta la ternura. Efectivamente, la infancia, la invalidez y la enfermedad, donde quiera que ellas se encuentren, invocan y provocan la ternura; cualquier género de debilidad da origen y propicia el sentimiento de ternura. Por eso, la gran figura en el escenario de la ternura es la figura de la madre.
Ciertamente, la Biblia, cuando intenta expresar la ternura de Dios, siempre saca a relucir la figura paterna, debido sin duda al carácter fuertemente patriarcal de aquella cultura en que se movieron los hombres de la Biblia. No obstante, si analizamos el contenido humano de las actividades divinas, llegaremos a la conclusión de que estamos ante actitudes típicamente maternas: consolación, comprensión, cariño, perdón, benevolencia. En suma, la ternura.
En el salmo 102 se han condensado todas las manifestaciones de la ternura humana, transferidas esta vez a los espacios divinos. Desde el versículo primero entra el salmista en el escenario, conmovido por la benevolencia divina y destacando la realidad de la gratitud; salta desde el fondo de sí mismo, dirigiendo a sí mismo la palabra, expresándose en singular que, gramaticalmente, denota un grado intenso de intimidad, utilizando la expresión «alma mía» y concluyendo enseguida «con todo mi ser».
En el versículo segundo continúa todavía en el mismo modo personal, dialogando consigo mismo, conminándose con un -«no olvides sus beneficios». E inmediatamente, -y siempre recordándose a sí mismo- despliega una visión panorámica ante la pantalla de su mente: el Señor perdona las culpas, sana las enfermedades y te ha librado de las garras de la muerte (v. 3-4). No sólo eso: y aquí el salmista se deja arrastrar por una impetuosa corriente, llena de inspiración:
"te colma de gracia y ternura,
sacia de bienes todos tus anhelos
y como un águila se renueva tu juventud
" (v. 4-5).
No hay mejor palabra, que misericordia, que mejor defina a Dios; ella expresa admirablemente los rasgos fundamentales del rostro divino. Es, además, hija predilecta del amor y hermana de la sabiduría; nace y vive entre el perdón y la ternura.
Estas dos palabras, entrañablemente emparentadas -ternura y misericordia- sintetizan la riqueza viviente del responsorial de hoy. 
Todas las experiencias vividas por Israel a lo largo de los siglos, y por el salmista a lo largo de sus años, están expresadas en esa fórmula que parece el artículo fundamental de la fe de Israel:
«El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia» (v. 8).
Israel -y el salmista- que ha convivido largos tiempos con el Señor, con todas las alternativas y altibajos de una prolongada convivencia, sabe por experiencia que el ser humano es oscilante, capaz Je deserción y de fidelidad pero que el Señor se mantiene inmutable en su fidelidad, no se cansa de perdonar, comprende siempre porque sabe de qué barro estamos constituidos.
Para El perdonar es comprender, y comprender es saber: sabe que el hombre muchas veces hace lo que no quiere y deja de hacer aquello que le gustaría hacer, que vive permanentemente en aquella encrucijada entre la razón que ve claro el camino a seguir y los impulsos que lo arrastran por rumbos contrarios.
Por eso no le cuesta perdonar, y el perdón va acompañado de ternura, y a esto lo llamamos misericordia, sentimiento-actitud espléndidamente expresado en este versículo: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 145,8). Parece una fórmula litúrgico que, con variantes, va apareciendo en los distintos salmos, y que el pueblo la proclamaba como la verdad fundamental acerca de Dios.
A partir de versículo 9 el salmista penetra en las entrañas mismas de Dios, esto es, de la Misericordia, y, después de desmenuzar todos los tejidos constitutivos, va sacando a la luz los mecanismos e impulsos que mueven el corazón de Dios.
Le han puesto la fama de que no hace otra cosa que levantar el índice y acusar, y de que guarda las cuentas pendientes hasta la tercera o cuarta generación. Pero no sucede nada de eso, sino todo lo contrario: el pueblo sabe que si el Señor nos tratara como lo merecen nuestras culpas, ¿quién podría respirar? Si nos pagara con la fórmula del «ojo por ojo», para este momento todos nosotros estaríamos aniquilados en el polvo:
«No nos tratan como merecen nuestros pecados,
ni nos paga según nuestras culpas» (v. lo).
Mucho más. Si nuestras demasías, amontonadas unas encima de otras, alcanzaran la cumbre de una montaña, su ternura alcanza la altura de las estrellas. ¿Hay alguien en el mundo que pueda escudriñar las profundidades del mar y que logre llegar hasta aquellas latitudes últimas, hechas de silencio y oscuridad? Mucho más profundo es el misterio de su amor.
¿Quién consiguió tocar con sus manos las cumbres de las nieves eternas? ¿Qué ojo penetró en las inmensidades del espacio para explorar allí sus misterios? Pues bien; si nuestros desvíos y apostasías tocaran todos los techos del mundo, lo-largo-y-lo-ancho-y-lo-alto-y-lo profundo de su misericordia alcanza y sobrepasa todas las fronteras del universo. Bendice, alma mía, al Señor. «Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; -como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos» (vv. 11-13).
En los versículos siguientes, la misericordia y la ternura se dan la mano explícitamente: «como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles; porque El conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro» (vv. 13-14).
Dios, ante la fragilidad humana, en lugar de sentir rencor y cólera, siente piedad y compasión. Y no podía ser de otra manera porque nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, y por eso nos comprende y perdona más fácilmente que nosotros a nosotros mismos. De donde deducimos ¡qué sabio y realista es el contenido de la revelación de Jesús! cuando dice que los últimos serán los primeros, que los pobres son especialmente amados, que los heridos y pecadores se llevan las preferencias y cuidados del Padre y que, en fin, el Papá-Dios vuelca todo su cariño sobre la resaca humana que deja el río de la vida; y que, cuanto más miseria, mayor ternura, porque, al final, sólo el amor puede sanar la miseria.

En la segunda lectura (  primera Carta a los Corintios 1 Cor 3,16-23) San Pablo  , marca la esencia predicadora y evangelizadora del cristiano. Y que no es otra cosa que la unidad de Dios Padre con Jesús y, al mismo tiempo, nuestra unidad total con la Trinidad Santa mediante el Espíritu.
En el proceso de la primera carta a los corintios, San Pablo termina el tema de la sabiduría divina, recapitulando lo ya expuesto en perícopas anteriores. Pero con matices: uno de ellos es el mostrar cómo el abrirse a Cristo-sabiduría no es cuestión de pensamiento sólo, sino que implica la inhabitación del Espíritu en todo el hombre, lo que implica también un modo de vivir en consonancia con esa realidad.
Esta es la actitud básica de la que brotará el amor. Y además tiene otra consecuencia, a primera vista inesperada, que aparece en los últimos versículos: quien se encuentra de esa forma unido con Dios es libre y está por encima de todo.
"¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?":
Pablo contempla su ministerio evangelizador como una obra de construcción de la que la comunidad de Corinto es el resultado. También en otros pasajes aplicará la imagen del templo al cuerpo de los bautizados. Es una aplicación que depende de esta otra: los bautizados son templo del Espíritu en tanto que comunidad.
- "Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios": Los corintios han cometido el error de valorar a sus evangelizadores a partir de los criterios de este mundo y no a partir del criterio de la sabiduría de la cruz. Pablo les censura por eso utilizando dos citas del AT: una de Job 5,12, acomodándola sustituyendo el término "hombres" por "sabios", y otra del Salmo 93,11.
- "Que nadie se gloríe en los hombres...": Ningún cristiano ha de poner su confianza en los hombres, aunque éstos sean los mensajeros del Evangelio, en perjuicio de la unidad de la comunidad eclesial. El apóstol está al servicio de la construcción de la Iglesia y no a la inversa.
- "Todo es vuestro...": toda la obra de difusión del Evangelio y toda la realidad creada están al servicio de la salvación de los hombres. Cristo es el artífice de esta salvación y el único Señor, de acuerdo con los planes de Dios. La comunidad cristiana participa de ese dominio de su Señor en la fe y la esperanza.
Se trata de construir el templo de Dios. Este templo es la comunidad cristiana; no es un grupo cualquiera, y san Pablo la compara con un cuerpo; también la ha comparado con un edificio. Ahora la ve como un templo sagrado, un templo de Dios. Este templo está construido en cada cristiano habitado por el Espíritu. Campo de Dios y edificio de Dios, la comunidad es también templo de Dios. Esta vez hemos llegado no ya a una imagen, sino a una realidad que coincide exactamente con lo que es la comunidad. Pues la comunidad es cuerpo de Cristo, y Cristo crucificado es templo que supera a todo edificio material. Desdichados los que profanan este templo. Pues bien, se le profana si se da preferencia a la sabiduría de este mundo: los razonamientos de los sabios no son más que viento.
San Pablo vuelve al verdadero objeto de su inquietud: no hay que gloriarse en los hombres. Entonces reanuda el tema de la libertad, que más arriba desarrolló. El cristiano trabaja y vive ya en este Templo que es eterno, y debe dejar atrás lo que es secundario: el cristiano es de Cristo, y Cristo es de Dios. A todos se nos invita a ver en la comunidad una presencia dinámica que supera a todo y exige que nuestra fe se sitúe por encima de toda sabiduría según el mundo, para vivir nuestra liberación en Cristo y en Dios.

En el evangelio de hoy (Mt 5,38-48 ), San Mateo sigue narrándonos las enseñanzas de Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña. Hoy expresa la plenitud del amor cristiano que rompe hasta lo razonable: nos pide que amemos a nuestros enemigos. Pero sucede que para Jesús no puede haber amores a medias, amores de conveniencia. El amor ha de romperlo todo y construirlo de nuevo si hubiera desaparecido.
Dios es el Santo. Nadie como Él es justo y bueno, distinto y singular, trascendente y diverso. Por eso los que ha elegido para formar parte de su Pueblo, los que creen el Él, han de ser santos, perfectos, hombres consagrados para servirle.
De hecho, al ser bautizado el creyente es consagrado, santificado. Todo su ser queda, en cierto modo, separado del uso meramente profano, su persona queda consagrada a Dios. De tal forma que cuanto el bautizado haga, si permanece unido al Señor por la gracia, viene a ser algo grato al Señor, algo también santo. El estar consagrado implica dedicación a Dios, y por eso mismo supone también perfección.
En efecto, cuanto se consagraba a Dios había de ser intachable, sin el menor menoscabo. Por eso la consagración supone santidad, e implica también perfección y rectitud en el orden moral. El creyente, mediante el Bautismo, es un ser sagrado, queda constituido en hijo de Dios, y como tal ha de comportarse.
Lo dirá expresamente Jesús: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto". El lugar paralelo de san Lucas formula de otra forma lo mismo al decir: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso". Es una aclaración muy provechosa, ya que es en la misericordia donde está el aspecto divino que podemos imitar. Hay que extirpar como mala hierba cualquier tendencia que nos incline al rencor o al odio. Más aún hay que fomentar el deseo de ayudar al prójimo en cuanto podamos, no sólo en el plano moral sino también en el material. Hay que aprender a ponerse en el lugar del prójimo, de ese que está junto a nosotros. Hay que amar al otro como a uno mismo.
En otra ocasión Jesús nos dará una medida aun mayor para la práctica de la misericordia, para vivir el amor. Como yo os he amado, nos dice, así habéis de amaros los unos a los otros. Por tanto, la medida de amor que tiene el Corazón divino de Jesús, esa ha de ser nuestra propia medida. Sólo así llegaremos a esa perfección y santidad que el Señor nos exige.
" ojo por ojo, diente por diente". Este pasaje corresponde a una de las antítesis que Jesús pronuncia en el Sermón de la Montaña. Aunque es cierto que la Ley sigue en vigor, hay sin embargo un modo nuevo de vivirla, una exigencia de mayor interiorización y autenticidad en su cumplimiento. Jesús dirá que el mandamiento de no matar implica también un respeto hacia el hermano, hasta el punto que quien se enfade contra su prójimo, o le insulte, es reo de juicio o del fuego de la Gehena.
En el caso de la ley del Talión, Cristo abre unas perspectivas nuevas. Es cierto que el ojo por ojo y diente por diente en la ley del Talión era un modo de atemperar la venganza personal o la represalia. Se intentaba, en efecto, que quien se tomara la justicia por su mano no se excediera, llevado por su indignación ante el daño sufrido, y causara un mal desproporcionado.
Sin embargo, Cristo considera que hay que desechar todo deseo de venganza o de justa compensación por el daño sufrido. Según la doctrina evangélica, no hay que enfrentarse a quien nos perjudica, no hay que devolver mal por mal. Aunque eso sea lo normal, e incluso podemos decir que lo natural.
Jesucristo, por el contrario, desea que actuemos, no como hijos de los hombres, sino como hijos de Dios. Es decir, quiere que nos parezcamos más a nuestro Padre Dios. Y si Él no distingue entre buenos y malos a la hora de mandar la lluvia o de hacer salir el sol, tampoco quienes somos sus hijos podemos dejarnos llevar de criterios meramente humanos. Hemos de luchar por ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, o, como dice el paralelo de Lucas, hemos de ser misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso.

Para nuestra vida.
La primera lectura  del Libro del Levítico, nos muestra que ya Dios, encarga a Moisés que enseñe a cada miembro del pueblo elegido que tiene que amar al prójimo como a sí mismo. En realidad la enseñanza de Dios ha sido siempre la misma. Pero el pueblo judío olvidó la enseñanza divina y tuvo que venir Jesús a dar plenitud al mensaje del Padre de todos.
El Levítico advierte al pueblo para que deje a un lado el odio, el rencor y la venganza. Llega incluso a decir que cada uno debe “amar al prójimo como a uno mismo”.
En el Levítico, la santidad tiene una relación directa con el amor al prójimo. En el tiempo en que se escribió este libro, unos 1400 años antes de Cristo, ya regía la Ley del talión, una ley que prohibía la venganza desproporcionada, sólo podíamos castigar al que nos ofendía en la misma proporción y medida en la que habíamos sido ofendidos, nunca más. Y, además, en este tiempo la palabra prójimo se refería literalmente a la persona cercana, próxima a nosotros, esto es, a nuestros parientes y personas de nuestra misma etnia o religión. Amar al prójimo como a nosotros mismos era amar a los nuestros como a nosotros mismos. En eso consistía fundamentalmente la santidad humana. "

El salmo de hoy (102) señala que  Dios es siempre, compasivo y misericordioso, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.
Es un salmo de alabanza, que nos invita a una actitud de admiración y alegría, sobre todo por el amor que Dios nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mía, al Señor". Es, pues, una auto invitación a la alabanza, desde lo más profundo del ser. Cada uno de nosotros -"alma mía"- está llamado  a esta bendición.
b) El Salmo va describiendo con entusiasmo un retrato de Dios: "perdona, cura, rescata, colma de gracia, sacia de bienes, hace justicia, defiende, enseña...". Pero sobre todo, siguiendo la idea de Moisés (Ex 34,6), llega a la definición: "el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia"; y hace suyo el comentario del profeta (Is 57,16): "no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo"... Es una imagen entrañable de un Dios que se muestra perdonador, magnánimo, paciente, Padre. La experiencia la ha tenido el salmista y todo el pueblo de Israel. La cita de Moisés está en el contexto del perdón que Dios ha concedido a su pueblo después de su grave pecado: el becerro de oro.
c) El autor del Salmo, en clave poética, no sabe cómo expresar su admiración ante esta paciencia y este amor de Dios:
-"como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre sus fieles",
-"como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos",
- "como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles"...
d) El Salmo hace un diagnóstico de nuestra naturaleza humana acentuando sus límites y debilidades. Pero a cada una de estas flaquezas se contrapone el amor de Dios, que es muy superior a todo lo que nosotros podemos experimentar:
-el pecado: "él perdona todas tus culpas", "no nos trata como merecen nuestros pecados" "ni nos paga según nuestras culpas";
-la enfermedad: "y cura todas tus enfermedades", "él rescata tu vida de la fosa", y "como un águila se renueva tu juventud";
-la opresión: "el Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos"; "su justicia pasa de hijos a nietos";
-la caducidad: "los días del hombre duran lo que la hierba...", "pero la misericordia del Señor dura siempre"; "porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro"...
Por encima de toda nuestra historia, está el amor y la misericordia de Dios. Y esto lo sabe muy bien el pueblo de Israel, muchas veces reincidente en los mismos pecados y desgracias, pero siempre objeto de la paciencia amorosa de un Dios que se le ha mostrado Padre: "enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel". Dios siempre ha superado el mal con su amor.
e) Aplicación a nuestra vida de hoy. Este cuadro de flaquezas humanas, y a la vez experiencia constante del amor de Dios, no es exclusivo de los tiempos del salmista judío: seguimos débiles, pecadores, caducos (somos de barro), oprimidos por enfermedades y angustias...
El Salmo, es una invitación  a nosotros a ver la vida desde esta perspectiva de admiración y de confianza: estamos en las manos de un Dios que muestra su grandeza no sólo en las obras magnificas de la creación sino sobre todo en su ternura de Padre que siempre está cerca para ayudar y perdonar.

San Pablo en la segunda lectura nos habla del  templo de Dios y señala como tal a la comunidad cristiana de Corinto, a la asamblea reunida en el nombre de Jesús. No cualquier persona, o cualquier grupo, es templo de Dios, sino sólo aquellos en los que el Espíritu de Dios habita en ellos. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? .El Espíritu de Dios es el Espíritu de Jesús, del Jesús crucificado, muerto y resucitado. Es “la sabiduría de la cruz”, frente a la cual la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Según la sabiduría de este mundo Pablo, Apolo, Cefas, eran distintos, pero según la sabiduría de Dios, la sabiduría de la cruz, los tres debían ser lo mismo, porque los tres hablaban no según su propia sabiduría, sino según la sabiduría de la cruz de Cristo. Que nuestra sabiduría y nuestro amor sean sabiduría de la cruz y así habitará en cada uno de nosotros y en nuestra propia comunidad cristiana el Espíritu de Dios. A esta perfección es a la que estamos llamados cada uno de nosotros.
El texto  de San Pablo es un párrafo muy importante que deberíamos leer varias veces y hacerle sitio en nuestros corazones.

Jesús, como hemos visto en el evangelio de hoy, amplió el concepto de amor al prójimo, y, consecuentemente, el concepto de santidad, extendiendo este amor hasta los mismos enemigos. Para los discípulos de Jesús este texto del Levítico se queda corto y estrecho: no es que Jesús haya anulado la ley del talión, es que la ha ampliado y mejorado, como se puede ver con toda claridad en la parábola del Samaritano. "Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo…", No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás, ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". La perfección de la que aquí habla Jesús es la perfección en el amor. El amor perfecto es amar a todos, porque Dios, nuestro padre celestial ama a todos y “hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”.
Sí, Jesús nos manda amar a todos, incluidos los enemigos, y a poner la mejilla izquierda cuando nos abofetean en la derecha. En esto, nos dice Jesús, consiste la perfección del amor, perfección a la que estamos llamados todos los discípulos de Jesús. ¿Es realmente posible esta perfección que Jesús nos pide?.
 Sí, entendiendo bien lo que significa la palabra <amor>. No se trata de un amor afectivo y sensible, sino de un amor religioso, que consiste, en querer hacer siempre el bien a los que nos ofenden y ultrajan. Es una verdad evidente y comprobable que a quien le han matado un ser querido no siempre puede amar afectivamente a quien ha matado injusta y violentamente. No le puede amar afectivamente, pero sí le puede amar religiosamente, es decir, puede desear de corazón el bien a su enemigo, y rezar por él para que se convierta y viva. Dios quiere que todas las personas se salven, que los pecadores se conviertan y vivan. Esto es lo que nosotros debemos querer para todos, incluidos nuestros enemigos, y esta es la perfección a la que Jesús nos llama.
Una persona es moralmente perfecta, acabada y madura, cuando ha alcanzado la perfección a la que está llamada, la suya, de acuerdo con las posibilidades de su naturaleza. Nunca podremos alcanzar la perfección de Dios, porque la medida de Dios es infinita y nosotros somos finitos, pero siempre podremos alcanzar, con la gracia de Dios, nuestra propia perfección. A esta perfección, a la nuestra, es a la que debemos aspirar.
¿Por qué perdonar a nuestros enemigos?. Porque Dios es el primero que nos perdona a nosotros, porque, como proclamamos en el salmo, “el Señor es compasivo y misericordioso”. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros.
Contrasta la “ternura” de Dios con aquella imagen de Dios “eternamente enojado”, que me parece muy poco acorde con el Evangelio. ¿Cómo puedo llegar a amar a un enemigo? Miremos a Jesús en la cruz. Dijo "Perdónalos porque no saben lo que hacen". Estas palabras sólo se pueden pronunciar cuando se ve algo distinto de un populacho excitado sádicamente. Sólo lo puede decir cuando en todos los que rodean su cruz ve hijos pródigos y equivocados. El amor al prójimo no reside en un acto de la voluntad, con el que intento reprimir todos mis sentimientos de odio, sino que se basa en una gracia: en que se me dan unos nuevos ojos para ver al prójimo.
Al rezar hoy el Padrenuestro no seamos hipócritas. Seamos sinceros al decir “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Nos daremos cuenta que lo imposible es posible.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org


Lecturas del VII Domingo del Tiempo Ordinario 19 de febrero de 2017

PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DEL LEVÍTICO 19, 1-2.17-18
El Señor habló a Moisés:
«Di a la comunidad de los hijos de Israel:

"Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor"».
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13 (R.: 8a)
R. EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.

Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen. R.


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 3, 16-23
Queridos hermanos:
¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.
Palabra de Dios.

ALELUYA 1 Jn 2,5
Quien guarda la palabra de Cristo, ciertamente el amor de Dios ha llegado a su plenitud.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 5, 38-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente". Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera
ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Palabra del Señor.

sábado, 11 de febrero de 2017

Comentario a las lecturas del VI Domingo del Tiempo Ordinario 12 de febrero de 2017.

Comentario a las lecturas del VI Domingo del Tiempo Ordinario 12 de febrero de 2017

La fraternidad -solidaridad- constituye lo más típico del culto cristiano. A los cristianos nuestra liturgia nos invita a la solidaridad. No olvidemos que la palabra "liturgia" se deriva de un verbo griego que significa "servir".
Este año Manos Unidas nos propone para la Campaña Contra el Hambre el lema. "El mundo no necesita más comida, necesita más gente comprometida" Según Naciones Unidas, en el mundo 795 millones de personas no tienen alimentos para saciar su hambre, mientras que tiramos a la basura la tercera parte de la comida…
Esta campaña se enmarca en el trienio de Lucha contra el Hambre (2016-2018) en el que Manos Unidas está trabajando para dar respuesta a las causas y problemas que provoca en el mundo. Para Manos Unidas, solucionar esta lacra pasa por acompañar a los más pobres, reforzar el derecho a la alimentación de los pequeños productores, contribuir al cambio hacia unos sistemas alimentarios más justos y educar para una vida solidaria y sostenible. Durante todo el año 2017, Manos Unidas hará hincapié en tres cuestiones esenciales y urgentes para acabar con la pobreza y el hambre en el mundo como son el desperdicio de alimentos, la lucha contra la especulación alimentaria y el compromiso con una agricultura respetuosa con el medio ambiente que asegure el consumo local.
Las lecturas de este domingo nos iluminaran y motivaran para vivir esta invitación de Manos Unidas.
Eclesiástico 15, 16-21: "Ante ti, hombre, están puestos fuego y agua, echa mano a lo que  quieras. Delante del hombre están muerte y vida. Le darán lo que él escoja..."
San Pablo. I Cor 2, 6-10: "Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida,  predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria"
Ev. según san Mateo 5, 15-37 : "A los antiguos se dijo: no matarás... Pero yo os digo: todo  el que esté peleado con su hermano será procesado"
 
La primera lectura  (Eclo 15,15-20) del Eclesiástico, libro también llamado también Sirácida o Ben Sira, autor que vivió casi 200 años  antes de Cristo, disputa en el capítulo 15 de su libro con quienes pretenden atribuir a Dios el  "pecado" del hombre.
El autor borda el eterno problema humano de la responsabilidad del pecador y expone la forma en que a su juicio es posible resolverlo. Lo que no cabe es que el pecador haga responsable de sus pecados al Señor y le eche la culpa. El buen sentido dice que «el Señor aborrece la maldad y la blasfemia» (13). Por tanto, también han de aborrecerlas quienes lo temen. El responsable de sus culpas es el hombre, al que «el Señor creó y lo dejó en manos de su albedrío» (14). A partir de ese momento, es el hombre, y sólo él, quien debe escoger entre lo que tiene delante: agua y fuego, vida y muerte. Sin embargo, el Señor no lo pierde de vista, contempla qué hace y advierte quiénes lo temen y quiénes no, sin intervenir para nada en las decisiones humanas.
"Si quieres, guardarás sus mandatos": El contexto de esta primera lectura viene centrado en la reafirmaci6n de la libertad del hombre a la hora de elegir él mismo el camino de la sabiduría o el camino del pecado. El bien y el mal aparecen ante el hombre para que éste realice su opción.
- "Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo": Al lado de la afirmaci6n sobre la libertad del hombre encontramos la afirmación del poder de Dios. Un poder, pero, que no incapacita en absoluto al hombre para ejercer su libertad. El mal y el pecado no proceden de Dios, sino de la libre elección del hombre.
La enseñanza del libro del Eclesiástico es pues bien clara: el mal no procede de Dios, sino que tiene su causa en la libertad del hombre únicamente. Dios no quiere jamás el mal. Si éste se da, lo castiga. Ante el hombre siempre está la posibilidad de la vida o la muerte (pecado). El hombre, si quiere, puede optar por la primera, pero, si elige el pecado, la responsabilidad es sólo suya. Libertad y responsabilidad del hombre. " A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar".
No hay lugar para una concepción fatalista de los acontecimientos. "Dios hizo al hombre desde el  principio y le dejó en manos de su albedrío". Esa es su grandeza, ser libre. Si no se accede  a ello, no se es hombre.
Hay que enfrentarse, por tanto, a la bella realidad que somos: "si tú quieres, puedes  guardar los mandamientos", y "es de sabios hacer su voluntad"; pero si no quieres, caes en  tus propias manos, sentimientos, juicios y caprichos...
 
 
En el responsorial de hoy, el salmo 118 (Sal 118,1-2.4-5.17-18.33-34) una idea central domina: la Ley, cuyas excelencias proclama. Este amor a la Ley de Dios, es decir a su Palabra, a su designio, a su voluntad soberana, es tan acendrado, que el texto abraza en sí casi todos los géneros literarios. El autor agrupa, bajo cada una de las letras del alefato hebreo, ocho versículos (7+1, como expresión de una perfección consumada) y en cada estrofa suele mencionar ocho sinónimos de la Ley: leyes, decretos, palabras, promesa, mandamientos, preceptos...166
El texto representa, pues, el deseo -que en el salmista es vehemente- de que la Ley sea el principio conductor de la propia vida. La Ley de Dios, es también la "Ley interna" del hombre. La Ley, para un hebreo, no era este código jurídico, rígido, de "permitido y prohibido", transmitido por la herencia romana. La Ley  era el más bello regalo de Dios, el don de Dios al pueblo que El amaba, con el que había hecho Alianza. El hombre sin Ley, es un hombre abandonado a sí mismo, que no sabe cómo comportarse, que no conoce las normas de su propio ser. La Biblia, a menudo, establece una relación entre las leyes del universo y las leyes morales, siendo las primeras garantías de las segundas. En efecto, el desarrollo de las ciencias, en estos tiempos modernos, nos ha enseñado hasta qué punto los seres están construidos según estructuras delicadas y complejas que no se pueden violar impunemente. Quien no respeta las leyes de la naturaleza, las leyes internas que rigen su vida... se destruye inexorablemente. La Ley de Dios es "vital", es una regla de vida.
Bendecido responsorial el de hoy que nos ha hecho repetir ” Dichoso el que camina en la ley del señor”.
 
La segunda lectura de hoy  (1 Cor 2,6-10) es parte del tema de los primeros capítulos de esta carta, en ellos San Pablo comienza a desarrollar el punto de la revelación de Dios. El contexto del fragmento es la exposición de la Sabiduría de Dios y su contraste con la del mundo. En este contexto destacan los gnósticos que se envanecían en una sabiduría que decían alcanzar los "perfectos" después de ser iniciados gradualmente en los "misterios". Frente a esta sabiduría (gnosis) de las religiones, San Pablo opone la verdadera sabiduría que no es de este mundo y que Dios concede a todos los que llegan, purificados en el bautismo e iluminados por el Espíritu Santo, a participar de la misma vida divina. Esta sabiduría, como experiencia de la salvación cristiana es la que se esconde en la voluntad divina de salvar a los hombres y se manifiesta ya en los creyentes, aunque ha de llegar aún a revelarse plenamente al fin de los tiempos.
La sabiduría de Dios es Cristo. Es importante esta identificación. El plan de Dios, fruto de su sabiduría, es realizado y aún concebido por y en Cristo. Ya se sabe que además las distinciones entre las personas divinas en cuanto a su acción hacia afuera son siempre imperfectas y aproximadas. En todo caso queda claro que esa acción de Dios está totalmente vinculada con Cristo y con el Espíritu (2,10).
Pablo contrapone este plan de Dios con la actitud del hombre seguro de sí, cerrado sobre él mismo, confiado en su estrecha visión de la realidad. Son los "príncipes de este mundo", sometidos, a su pesar, a otros señores distintos de Dios. Es evidente que los dirigentes de este mundo no han entendido todavía esta sabiduría divina: los filósofos paganos no han sabido reconocer a Dios (tema de Rm 1,19-20) y los escribas y doctores de la Ley, en el judaísmo, no han reconocido a Jesús como el Mesías esperado. La sabiduría de Dios ha permanecido "escondida" en la cruz, escándalo para los judíos y necedad para los paganos.
"Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo...": La predicación de Pablo se centra en la sabiduría de Dios manifestada en Cristo resucitado. Pero, para comprenderla, es necesaria la fe. Por eso Pablo se dirige a aquellos que teniendo una fe más madura pueden comprender más plenamente sus palabras. Ahora bien, este misterio de la muerte y resurrección de Cristo queda todavía lejos de una parte de la realidad, lo que llama "este mundo", sujeto a los espíritus malignos y a la espera de ser transformada por Cristo.
- "... nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria...": la condena de Jesús por los dirigentes de este mundo ha manifestado su ceguera. No sabían qué hacían. Pero todavía podemos hacer una lectura mucho más crítica de esta frase "si hubiesen conocido al que condenaban no lo habrían hecho porque su misma actuación les ha llevado a la ruina. La muerte de Jesús ha significado la destrucción del mundo de pecado y el hundimiento de los hombres de este mundo.
- "Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu...": Los bautizados, o quizá mejor, aquellos que han madurado más en la fe, son los que han conocido el misterio escondido en la cruz, gracias a la revelación de Dios por medio del Espíritu.
 
El evangelio de hoy  (Mt 5,17-37) es continuación de los dos domingos anteriores en cuanto que los destinatarios de las palabras de Jesús son los mismos que hace dos domingos eran declarados bienaventurados y el domingo pasado eran designados sal de la tierra y luz del mundo. Sin embargo, el texto de hoy ya no va a tratar de ellos, de sus dificultades y funciones, sino de Jesús y de sus relaciones con la Ley y los Profetas.
Jesús, siguiendo con el Sermón del Monte, nos presente unas enseñanzas profundas y actuales. Destacar dos aspectos:
* la vigencia del Antiguo Testamento y
*la fidelidad matrimonial como camino de estabilidad solidaria.
Hay muchos cristianos que, casi, detestan la narración del Antiguo Testamento. Otros no lo entienden. Y una mayoría creen que es una “servidumbre obligada” pero no muy necesaria. Y ello contrasta con la firmeza y solemnidad con que Jesús dice que no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle cumplimiento. Y que aquel que se salte uno de los preceptos menos importantes de la Ley, será ya él mismo el menos importante. Realmente, la ley de Moisés la tenemos presente todos los días. Y ahí están los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, que son la base primera de nuestro comportamiento ético y moral. Jesús ha venido a ampliar y modernizar toda esa ley, tal como ha dicho en el largo recorrido de las frases que comienzan por “se dijo por los antiguos”, Y terminan con “pero yo os digo…”
Así San Mateo pone en frases de Jesús un repaso rápido de cuanto la Ley exigía a sus contemporáneos. Y la advertencia de que El no ha venido a destruirla sino a darle su cumplimiento. Pero hechas esas dos afirmaciones, Jesucristo se dirige a los suyos, a los que con El estaban en aquel momento histórico y a los que a través de los tiempos seguirían. Y pone ante sus ojos un reto. La Ley decía esto y aquello, pero para vosotros la Ley, que hay que cumplirla, hay que superarla.
De estas relaciones se habla a dos niveles, por lo que podemos dividir el texto en dos partes.
Primera parte (vs 17-2O). El v.17 de este capítulo (omitido en la lección breve) es una declaración de la actitud fundamental de Jesús respecto a la "ley y los profetas", es decir, al A.T. en su totalidad. Jesús reconoce el A.T. como palabra de Dios, pero no como palabra definitiva, ya que para pronunciar precisamente esta palabra definitiva vino él al mundo.
En consecuencia, Jesús no se presenta como un revolucionario religioso que rompa drásticamente con la herencia de Israel: "No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud".
Ley y Profetas es la expresión judía para designar el conjunto normativo al que todo judío debía ajustar su vida.
Segunda parte (vs.21-37). Cuatro ejemplos prácticos de la relación de Jesús con el conjunto normativo que le tocó vivir.
En los cuatro se reproduce un mismo esquema: Se ha dicho... yo os digo. Un esquema que avanza no por abolición o supresión de lo dicho, sino por ahondamiento y enriquecimiento de lo dicho. Es el esquema letra-espíritu de la letra.
Versos 21-26. No matarás (Ex.20,13; Deut.5,17). Por supuesto. Pero, ¿sólo se mata con las armas? ¿Y las peleas? ¿Y los insultos? ¿Y los pleitos? Hay palabras y actuaciones que matan. La reconciliación debe ser algo previo a todo tipo de cumplimiento religioso.
La segunda sentencia del v.26, que también se halla en /Lc/12/57-59), agudiza la obligación de la reconciliación con el enemigo, y lo hace mediante el ejemplo de la vida cotidiana. Quien con su enemigo de proceso se reconoce totalmente culpable, cuando aún va de camino hacia el juez, obrará muy razonablemente, si da por terminado el contencioso y se pone de acuerdo con él, antes de encontrarse con la dureza del juicio. En la composición de Mateo, en lugar de la relación a Dios, se encuentra como telón de fondo la relación al prójimo.
Versos 27-30. No cometerás adulterio (Ex.20, 14;Deut. 5,18). Por supuesto. ¿Basta sin embargo, con no acostarse con la mujer de otro? Hay que tener también un corazón limpio y desinteresado. Intencionadamente digo corazón y no mirada, porque hay que reconocer que se han dicho muchas tonterías y se han creado muchos traumas debido a una miope y mezquina interpretación de la expresión "mirar a una mujer".
Versos 31-32. El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio (/Dt/24/01). El objetivo de esta ley era garantizar a la mujer repudiada un mínimo de dignidad y de aceptación social, que por ser mujer y por haber sido repudiada fácilmente se le negaban. El acta de repudio era un instrumento jurídico de defensa mínima de la mujer. ¿Basta esta defensa mínima? ¿No sería mejor no perjudicar a la mujer hasta el punto de obligarla a tener que buscar otro hombre? Este tercer ejemplo hay que enmarcarlo en el contexto social, económico y cultural de la época. En él no se trata de la indisolubilidad del matrimonio, a la que, por cierto, se le reconoce una cláusula exceptiva, sino de profundizar en el respeto y en el reconocimiento de la mujer.
Versos 33-37. No jurarás en falso, cumplirás tus votos al Señor (Lv 19, 12; Nm 30, 2; Dt 23, 21). Por supuesto que está mal jurar a sabiendas de que lo que se jura es falso o que no se va a cumplir. Pero, ¿hay que estar poniendo siempre a Dios por testigo o garante de que lo que se dice o promete se va a hacer? ¿Somos por nosotros mismos incapaces de cumplir lo que decimos y prometemos? ¿Somos tan inmaduros que necesitamos de la ayuda de Dios para que se nos crea? Interesante ejemplo de desacralización.
Jesús pide a los suyos una integridad a toda prueba. Un cristiano debía ser una especie de "fe pública". En reiteradas ocasiones, Jesús advierte en el Evangelio a su discípulos que deben bastarles dos palabras para ir por el mundo dando testimonio suyo. Son las dos palabras más importantes de la vida: si y no. Sin más añadidos. Cuando un hombre sabe decir si a determinadas situaciones y mantener ese sí, por encima de todo y, al propio tiempo, sabe decir no ante otras situaciones determinadas y mantener ese no por encima de todo, nos hemos topado con un hombre conforme a la voluntad de Jesús .
 
Para nuestra vida.
La primera lectura nos recuerda que tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es verdad, fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros intereses. El otro duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu cómodo. Pero ya sabemos por la fe, y muchas veces  por la experiencia, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida.
.- Si quieres, guardarás sus mandamientos, porque es prudencia cumplir su voluntad… Ante ti están fuego y agua, echa mano a lo que quieras. En este texto del libro del Eclesiástico aparece el problema de la libertad humana. Dios quiere que le amemos y cumplamos sus leyes, no a la fuerza, sino libremente. Sabemos que somos de barro, que somos débiles, que nuestra voluntad es frágil y quebradiza, pero esto no nos impide actuar con libertad. No es una libertad absoluta, porque ya nacemos fuertemente inclinados al mal, pero, con la ayuda de Dios, podemos superar nuestras malas inclinaciones y actuar de acuerdo con nuestra recta conciencia.
"Ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja".  Dios ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos. Necesitamos la gracia de Dios para obrar el bien, pero Dios no niega a nadie su gracia, si sabemos pedírsela con insistencia y humildad.
Dios es inmensamente sabio, infinitamente poderoso. Él es capaz de hacer libre al hombre, de darle una voluntad apta para la lucha, para querer, para decidirse por una cosa o por otra. Querer, intentar, poner los medios. Y es esa voluntariedad, esa intención lo que determina la bondad o la maldad de nuestros actos. Tanto es así que si intentando, de buena fe, hacer algo bueno, resulta algo malo, Dios mirará a lo que intentamos y no a lo que hicimos.
 
En el salmo 118 se hace un elogio de la ley compuesto por un judío piadoso. Al cantarlo hoy como salmo responsorial en la Misa se proclamamos de nuevo que la verdadera felicidad nace en la fidelidad a Dios, que manifiesta su voluntad por medio de la ley.
 
            San Pablo nos  habla de esta sabiduría de Dios, una sabiduría que Dios nos da a través de su Espíritu. "Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo". Los cristianos lo tenemos muy claro en la teoría: actuamos con sabiduría divina siempre que actuamos con la sabiduría de Cristo. Actuar como cristiano es actuar dirigidos por el espíritu de Cristo. Y como Dios es Amor, según nos dice repetidamente san Juan, si actuamos dirigidos por el amor, actuamos dirigidos por Cristo, es decir, actuamos con sabiduría divina. La ley de Cristo es el amor de Cristo, un amor que se manifestó sobre todo en la cruz de Cristo. Aceptemos las dificultades de la vida, aceptemos la cruz de la vida y hagamos todo con amor y por amor y así Dios nos dará “lo que ha preparado para los que le aman, algo que ni el ojo vio, ni el oído oyó”.
En el evangelio de hoy, se continúa el sermón del monte, iniciado hace dos domingos. La designación de los discípulos como sal y luz del mundo puede ser la razón por la que Mateo ha dado cabida a las afirmaciones de Jesús sobre la Ley. Esta, en efecto, era para los judíos la sal y la luz del mundo. ¿Cuál es su puesto y razón de ser si ya no es ella la luz y la sal, sino los discípulos? No he venido a abolir, sino a dar plenitud (v. 17). Mientras existan el cielo y la tierra, la Ley no perderá punto ni coma de su valor (v. 18). En el original ambas afirmaciones están en relación de efecto y causa, y por lo mismo la segunda afirmación, enunciando la vigencia de la Ley, constituye el punto de partida. Puesto que la Ley tiene validez y vigencia perpetuas, la Ley no puede ser abolida. Los siguientes versículos 19-20 extraen la conclusión lógica: la Ley, pues, debe ser enseñada y practicada en todos sus detalles por el discípulo de Jesús, quien deberá descollar en ello más incluso que los que dentro del judaísmo han hecho de la Ley la guía y norma de conducta.
Sin embargo, la primera afirmación del v. 17 deja ya entrever que la no abolición de la Ley no significa su mantenimiento mecánico y material. Dar plenitud es completar en línea de sentido y de significado. El v. 17 enuncia que Jesús no ha venido a anular la Ley de Moisés ni las enseñanzas de los profetas, sino a darles su verdadero significado. El resto del texto recoge cuatro ejemplos concretos de esta dinámica de plenitud.
Esta nueva manera de cumplir la Ley en su plenitud nada tiene que ver con el legalismo de los escribas y fariseos. No se trata de una hermenéutica más perfecta de la letra de la Ley, sino de la interiorización de su espíritu. Si se encuentra la clave que todo lo simplifica, no sólo se evitan las angustias y el miedo. Paradójicamente, sólo cuando se abandona el legalismo está el creyente en condiciones de ser radical.
En ninguno de los cuatro casos que se proponen -en las frases de Jesús- se fomenta manga ancha, se facilita la Ley, se niega o simplifica la responsabilidad. Pero cobra tal relieve interior la figura del hermano, de la mujer  y de uno mismo (¡la dignidad de "hijos" hace que nos debamos mostrar cómo somos sin más juramentos!), que el respeto al hombre se hace radical. Se convierte en raíz de todo nuestro comportamiento. Una raíz que reside en nuestro interior, no en la pura exterioridad de unos actos públicos o visibles, sino allí donde está el secreto de nuestra verdadera personalidad humana y creyente.
Jesús nos llama a ir más allá del legalismo: «Os digo que si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos». La Ley de Moisés apunta al mínimo necesario para garantizar la convivencia, pero el cristiano ha de procurar superar este mínimo para llegar al máximo posible del amor. Lo que hoy nos enseña Jesús es a no creernos seguros por el hecho de cumplir esforzadamente unos requisitos con los que podemos reclamar méritos a Dios, como hacían los maestros de la ley y los fariseos. Más bien debemos poner el énfasis en el amor a Dios y los hermanos, incluso a los enemigos, amor que nos hará ir más allá de la fría ley y a reconocer humildemente nuestras faltas en una conversión sincera.
El Señor nos llama a ser personas consecuentes: “Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano”, es decir, la fe que profesamos cuando celebramos la Liturgia debería influir en nuestra vida cotidiana y afectar a nuestra conducta. Por ello, Jesús nos pide que nos reconciliemos con nuestros enemigos. Un primer paso en el camino hacia la reconciliación es rogar ellos, como Jesús nos pide.
Jesús pide a quienes le sigan que presten una extremada atención a la Escritura, y a toda la Escritura: a la Ley y a los Profetas, porque la menor de sus afirmaciones adquiere una plenitud nueva a partir del momento en que se la considera con la perspectiva del Reino. Sin duda que Mateo no quiere afirmar que la totalidad de los preceptos de la Ley o de las afirmaciones proféticas tengan su desarrollo en el Evangelio, pero sí pretende que el conjunto de la Ley, el conjunto de los profetas constituyen la base necesaria sobre la que se edifica la novedad traída por Jesús. Los discípulos del Maestro no pueden plantear su vida sin conceder una gran dedicación a "entender" (cf. 13, 51: "entender" antes de "enseñar" a la manera del "escriba", v. 52), y después a "practicar" y, dada la ocasión, a "enseñar" el conjunto de la Escritura, de la Ley y de los Profetas.
Practicar, pero de forma "acabada", que va más allá que su significado primero. De hecho, en la continuación del discurso Jesús prolonga las exigencias antiguas. Para Él, ya no se trata sólo de evitar el homicidio; hay que renunciar también a toda palabra descomprometida, y emplearse lo más rápidamente que se pueda en las actuaciones posibles de reconciliación (vv. 21-26).
No se trata ya sólo de evitar el adulterio, sino que hay que evitar también la mirada impúdica y el deseo que ésta hace nacer (vv. 27-30). Destacar como en este pasaje se da una exigencia radical en la práctica de la virtud de la castidad. En la Ley se mandaba no cometer adulterio. Jesús va más allá y advierte que quien miró con malos ojos a una mujer, ya ha cometido adulterio en su interior. El interior del hombre, lo que hay en su más recóndita intimidad, eso es lo que cuenta a los ojos de Dios, la intención y el deseo consentido. Jesús que se nos entrega del todo y nos promete el todo, también lo quiere todo y de verdad. No se conforma con las apariencias, con un formalismo sin vida ni vibración.
Sin negar las condenas anteriores, la Ley del Sinaí, referentes a la fidelidad matrimonial, que ponían el acento y prueba en lo fisico, Jesús nos dice que la semilla del adulterio está sembrada y germina en el corazón. Aquí radica, fundamentalmente, la bondad o maldad y es una de las diferencias que tenemos respecto a los animales. El adulterio no es solo un acto corporal, limitado en el espacio-tiempo. Es una ofensa a otra persona y a Dios del conjunto del ser humano. Está tiñendo espiritualmente a toda la persona. No por ello niega las dañinas consecuencias familiares o sociales. Se trata de ser íntegro, honesto, coherente, en la totalidad armónica de la persona.
Con respecto al divorcio, no se trata ya de atenerse únicamente a respetar el procedimiento; es necesario renunciar a toda separación de los cónyuges: fuera del caso de una "unión ilícita" (v. 31 s).
No se trata ya sólo de evitar el jurar en falso; no hay que jurar, y por lo tanto, hay que atenerse a la verdad de la palabra, simplemente (vv. 33-37).
No se trata ya sólo de limitar la pena del culpable a lo correspondiente a su falta: hay que responder pacíficamente a la conducta del malo (vv. 38-42).
No se trata ya, en fin, de limitarse al amor al prójimo; hay que ir hasta el amor a los enemigos (vv. 43-47).
Este último párrafo formula algo más que una exigencia; explica el motivo de las novedades exigidas por Jesús.
El discípulo de Jesús es "hijo del Padre que está en los Cielos" (v. 45). Ahora bien, la sociedad de aquel tiempo tenía una teoría simple de las relaciones entre hijo y padre, una doctrina impuesta por el marco artesanal que regía aquella sociedad. El aprendizaje se hacía en casa; el hijo "no hacía nada por sí mismo sin que se lo viera hacer a su padre; y lo que el Padre hacía, debía hacerlo igual el Hijo" Jn 5,19).
La misma relación debe existir entre Dios-Padre y sus hijos; estos últimos no pueden mostrar su espíritu filial más que aplicándose a imitar al Padre. La característica de este Padre que está en los Cielos" es la "bondad" (20, 15), probada en el bien que hace a los "buenos" lo mismo que a los "malos". Por lo tanto, imitando este amor universal es como los discípulos se mostrarán "hijos del Padre que está en los Cielos", y como serán "perfectos como el Padre celestial es perfecto".
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org