sábado, 3 de diciembre de 2016

Comentario de las lecturas del II Domingo de Adviento. 4 de diciembre de 2016.

 
Desde evangelio de San Mateo  proclamado nos llega un claro mensaje de lo que puede y debe ser el adviento. Hay que convertirse, hay que hacer penitencia, para así mejorar nuestro camino hacia la conversión verdadera. Pero habremos de tener en cuentas las duras palabras que Juan Bautista dirige a fariseos y saduceos. ¿Nos la diría a nosotros también hoy?
Este segundo domingo de Adviento se nos invita a hacer realidad un propósito sincero de conversión. Conversión, es tiempo de preparar los caminos y enderezar las sendas para que se acerque el advenimiento del Reino.
La conversión es un cambio radical de mentalidad y de actitudes profundas, que luego se va manifestando en acciones nuevas, en una vida nueva.
El primer paso de la conversión es el sentirse juzgado por Dios. Lo que puede haber de decisión personal para cambiar, está movido por la acción previa de la iniciativa de Dios. Cuando se ha recibido el fuego de la acción juzgadora de Dios, entonces se recibe el Espíritu.
El juicio de Dios, que nos lleva a la conversión, es el inicio de nuestra justificación.
 
En la primera lectura (Is 11,1-10) La unidad literaria de Is. 10, 33; 11, 10, insertada dentro del "Libro del Emmanuel" (7-11), habla de juicio y de salvación divina. -El castigo divino nunca es, en la Biblia, su palabra última y definitiva.
El profeta Isaías sigue así iluminando nuestro peregrinar terrenal. Isaías profetiza un tiempo de paz y de amor insuperables que, evidentemente, todavía no ha llegado. La fraternidad entre un lobo y un cabrito, pastoreados ambos, por un niño, por un muchacho es un bien deseable. Pero para llegar a esa paz hay  convertir nuestros corazones a la paz del Señor a quien esperamos.
Así el árbol talado aún no está muerto sino que de su tocón va a brotar un tierno vástago; la raíz o tocón se refiere a la muy humilde familia de Jesé, padre de David, de la que brotará este nuevo vástago (v.1), un segundo David que, al igual que el primero, estará equipado para su trabajo con el don del Espíritu divino (v. 2, cfr. I Sam. 16, 1-13; 2 Sam 23, 2ss). Poseerá el espíritu de prudencia y el don de sabiduría para poder percatarse de la situación concreta y obrar en consecuencia (capacidad para saber juzgar), espíritu de consejo para poder prescindir de opiniones interesadas y egoístas (el futuro rey no necesita consejeros parciales), espíritu de valentía para llevar a cabo las sabias y valientes decisiones tomadas. Más aún, su actuar estará en perfecta consonancia con el querer de Dios: "espíritu de conocimiento y respeto del Señor".
-El vástago, equipado con estos dones tan preclaros, ejerce su oficio estableciendo un reino justo (vs. 3-5). Los jueces humanos sentencian de acuerdo con el testimonio que aportan los testigos que, con frecuencia, es falso; el nuevo juez nunca juzgará por apariencias sino por la realidad que conoce con todo detalle. Del juicio divino queda desterrada toda ambigüedad, todo lado oscuro del problema, toda ignorancia, el sentenciar atendiendo a la emoción del momento... El nuevo juez es siempre incorruptible: defiende al pobre y al oprimido, al desamparado (tema muy bíblico, cfr. Is. 9, 6; 32,1; Sal. 72,12 ss.; 101...) sin dejarse violentar por la sinrazón de la fuerza o del poder; su sentencia judicial es la vara que castiga y condena al malvado (I Rey. 8, 32), justicia y lealtad son el lema y la insignia de su reinado.
-En el v. 2, el autor  usa el símbolo de los vientos o espíritus que convergen en el tocón de Jesé, ahora (vs. 6-9) a través de un símbolo vegetal y animal intenta enseñarnos cómo debería ser una sociedad humana ideal: los animales salvajes cohabitan, sin temor, con los domesticados ya que la hierba ha sustituido a la matanza; tampoco se temen el hombre y los animales, todos pueden vivir en paz y armonía, como en el relato primigenio de la creación (Gn. 1, 29), rota por el pecado humano (Gn. 9, 2ss.). Comienza una nueva era paradisíaca en la que el hombre ni mata ni teme a ningún animal, la enemistad con la serpiente se da por terminada y al hombre se le concede la ciencia del Señor (cfr. Gn. 3).
"Y brotará un retoño del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un
vástago" (Is 11, 1).El retoñar de los árboles es un milagro que se repite cada primavera. Troncos aparentemente muertos que echan brotes verditiernos, raíces perdidas en el fondo de la tierra que asoman reverdecidas y pujantes. Con esa imagen Dios llama a la esperanza en este período del Adviento. Isaías se dirige a los hombres de su tiempo. No todo está perdido, les dice. De ese madero carcomido y viejo brotará un vástago, de ese pueblo deportado y dividido surgirá el Mesías que salve a la humanidad entera.
Y esto ¿como será posible?. " Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de prudencia y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor…"  La justicia será el cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Naturalmente que estas palabras del profeta Isaías son palabras utópicas, en el sentido literal de esta palabra, porque nunca se han realizado, ni se realizarán en ningún sitio de esta tierra, mientras el hombre sea lo es hoy: hombre pecador. Pero el mensaje que nos presentan estas palabras de la profecía sí es real y posible: que nos esforcemos todos en construir un camino hacia una fraternidad universal de toda la humanidad entre sí y de la humanidad con la naturaleza en la que vivimos y de la somos huéspedes temporales.
"En aquel día, el renuevo de la raíz de Jesé, se alzará como estandarte para los pueblos, y le buscarán las gentes, y será gloriosa su morada" (Is 11, 10). De este modo contempla el profeta en el horizonte de la historia a ese brote nuevo que se alzará como bandera de salvación. Todas las gentes le buscarán, pues sólo en Él está la libertad, el amor, la paz, la alegría... Nosotros también queremos caminar hacia ti, cambiar nuestras rutas perdidas y orientarlas con decisión hacia donde Tú estás.
Cambiar de ruta, día a día. Mirar tu luz y ponernos en camino, sin rodeos ni demora. Es necesario estar continuamente agarrado al volante, cosido al timón de nuestra nave. Tenemos, sin remedio, un defecto en el mecanismo de nuestra dirección, e insensiblemente nos inclinamos a uno o a otro lado. El Adviento es un período de conversión, de cambio de conducta... Hemos de entrar en este movimiento que la Iglesia alienta esperanzada. Hemos de pararnos a considerar cómo marcha nuestra vida, hemos de hacer una revisión a fondo en el motor de nuestro espíritu. Ponerlo a punto, con el deseo y la ilusión renovada de caminar hacia Cristo, de vivir siempre de cara a Dios.
 
El responsorial es el salmo 71  (Sal 71,2.7-8.12-13.17). Este salmo  era para los judíos del tiempo de Jesús una plegaria de espera a la venida de Dios o de su Mesías.
El salmo está  escrito después del exilio, en una época en que ya la dinastía de David no estaba en el trono, se refiere directamente al "rey-Mesías", ¡al reino Mesiánico esperado como "universal' y "eterno"! Sólo Dios puede tener un reino eterno, "que dure tanto como el sol, hasta la consumación de los siglos". En vano un rey cualquiera puede pretender tal cosa. Como en los demás salmos, encontramos en éste, el procedimiento literario llamado de "revestimiento": se trata de un lenguaje florido, que utiliza el "estilo de las cortes reales de oriente", con sus hipérboles gloriosas y su ideología real, para expresar un "misterio", para "revestir" una revelación no sobre un sistema político sino sobre Dios mismo.
Comentando este salmo dice san Juan Pablo II: " ...Es de notar la particular insistencia con la que el salmista subraya el compromiso moral de regir al pueblo según la justicia y el derecho: «Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud... Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador» (versículos 1-2.4).
Así como el Señor rige al mundo según la justicia (Cf. Salmo 35, 7), el rey que es su representante visible en la tierra --según la antigua concepción bíblica-- tiene que uniformarse con la acción de su Dios.
2. Si se violan los derechos de los pobres, no se cumple sólo un acto políticamente injusto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, pues el Señor es el tutor y el defensor de los oprimidos, de las viudas, de los huérfanos (Cf. Salmo 67, 6), es decir, de quienes no tienen protectores humanos.
Es fácil intuir que la figura del rey davídico, con frecuencia decepcionante, fuera sustituida --ya a partir de la caída de la dinastía de Judá (siglo VI a.C.)-- por la fisonomía luminosa y gloriosa del Mesías, según la línea de la esperanza profética expresada por Isaías: «Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra» (11,4). O, según el anuncio de Jeremías, «Mirad que días vienen --dice el Señor-- en que suscitaré a David un germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra» (23,5)." ( San Juan Pablo II. Dios es defensor de los oprimidos. Comentario a la primera parte del Salmo 71. ROMA, miércoles, 1 diciembre 2004).
 
En la segunda Lectura : Rom 15,4-9 San Pablo , habla a los fieles de Roma de las antiguas Escrituras y del tiempo del Reino de Jesús. Es perfectamente válida también para nosotros, porque en definitiva, Cristo esta viniendo para también salvarnos.
El v. 4 es una consideración sobre el valor de las Sagradas Escrituras, que naturalmente se refiere a lo que nosotros conocemos como A.T., supuesto que el Nuevo no estaba todavía escrito cuando se envía esta carta a la comunidad romana. Se destaca entre esas funciones la del consuelo y esperanza. No está escrita la revelación para opresión o angustia del género humano, sino para lo contrario. ¡Ojalá no desvirtuáramos ese carácter como normalmente, por desgracia, sucede! ¿Cuántos cristianos piensan en la Escritura -con mayor razón se puede decir esto del N.T.- como fuente de consuelo y esperanza?
Los vv. 5-6 son exhortación a la concordia y oración común de alabanza. Cuando uno está contento, cosa que debería ser lo normal en el cristiano, precisamente porque cree en lo que dice la Biblia, es más fácil orar y ayudarse, alabar y dar gracias.
Por último, (vv. 7-9) se nos pone delante el ejemplo de Cristo. Tenemos en él la realización de las promesas, de los compromisos de Dios con el Hombre. Ha puesto en marcha desde el comienzo del tiempo la historia de la salvación humana. No tratamos de algo futuro sin más, sino que, aun cuando haya proyecciones hacia adelante, ella se basa en lo acontecido, la intervención de Dios en Cristo a favor del hombre. Por eso nos ha de resultar más fácil la mutua entrega y solidaridad, cuyo ejemplo máximo es precisamente Cristo.
Pablo continúa describiendo la obra de la redención como un servicio, servicio hecho precisamente en favor de los hermanos, de los judeocristianos, que ahora son los débiles en la fe. Cristo, siervo del pueblo judío, ha libertado a los judíos, y con ellos, subraya el autor, a vosotros, a los paganos (vv 7-8). La libertad, si es cristiana, debe ser como la de Cristo, no debe estar al servicio del propio placer o deseo, sino al servicio de los otros, cuando así lo exige su fe. Que el carisma de nuestra libertad esté al servicio de los otros no implica ponerse a merced del capricho de unos eternos niños en la fe, sino contribuir constantemente a su crecimiento en la fe.
 
Evangelio : Mt 3,1-12. A diferencia de Marcos y de Lucas, Mateo introduce a Juan Bautista en acción y después lo presenta. De esta forma resalta más el mensaje transmitido (v.2) que la identidad del mensajero (vs. 3-4). Como los otros evangelistas, también Mateo resalta el impacto y acogida del mensaje (vs. 5-6), pero a partir del v. 7 tiene un punto de mira propio: fariseos y saduceos. Ellos, en exclusiva, son los destinatarios del desarrollo del mensaje. Fariseos y saduceos representaban las dos corrientes religiosas más representativas de la sociedad judía. Los fariseos, con sus haburot o fraternidades laicales, empeñadas en el más estricto cumplimiento de la Ley, interpretada ésta de acuerdo a una tradición que buscaba acomodar los principios a las situaciones siempre cambiantes; los saduceos, con su sacerdocio y su culto en el Templo y con su fundamentalismo religioso que sólo tenía en cuenta la Ley escrita, sin la dinámica de la tradición.
Fariseos y saduceos son objeto de crítica en su calidad de corrientes religiosas que apelaban a su pertenencia al Pueblo de Dios. No os hagáis ilusiones pensando que sois descendientes de Abrahán. A pesar de esa pertenencia se les acusa de no dar frutos adecuados de conversión y por eso se les amenaza con la llegada del día del Señor, una llegada en la que precisamente ellos tenían depositada la máxima esperanza. Se les dice que esa llegada es inminente en la persona del que tiene toda la fuerza y la autoridad de Dios para discernir los corazones.
En su identificación de Juan en los vs. 3-4, Mateo lo había presentado vestido a la usanza de Elías (ver 2 Reyes 1, 8). Para Mateo, Juan es el mensajero del día del Señor, el Elías esperado inmediatamente antes del final de los tiempos para preparar a los miembros del Pueblo de Dios a salir airosos ante la llegada del Mesías.
Juan Bautista , es el último profeta del Antiguo Testamento y marca la transición entre las dos etapas de la acción de Dios en el mundo. Juan tenía una vocación fuerte y un comportamiento austero que lindaba ya con lo infrahumano. Su sinceridad era evidente y esa sinceridad le costó la vida ante Herodes por no callar los pecados del rey. Juan, además, no se atribuyó jamás poder alguno y solo su capacidad anunciadora. El Evangelio hace referencia a la profecía de Isaías que marca el ámbito de la proclamación del Nuevo Camino en el desierto. Y en el desierto iba a formarse Juan a la espera de la Primera Venida.
"Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos..." (Mt 3, 2). La
ansiedad de salvación que todo hombre lleva dentro de sí, escondida quizá en lo más íntimo de su ser, es un sentimiento que se agudiza cuando crece el temor y la angustia, motivados quizá por circunstancias particularmente difíciles. Eso es lo que ocurría en los tiempos en que aparece el Bautista a orillas del Jordán. Israel estaba bajo el yugo de Roma, tiranizada además por los herodianos, los descendientes del cruel Herodes el Grande que dejó su reino entre los hijos que le quedaron, después de haber matado él mismo a aquellos que más derecho tenían a subir a su trono. Eran años de intrigas palaciegas que intentaban acabar con el viejo rey, que no acababa de morir y eliminaba fríamente a quienes intentaran algo contra él, aunque fuesen los hijos de su más querida esposa, o el primogénito. Días de violencia y de terrorismo en los que la sangre corría con frecuencia por las calles, en los que la tortura y el encarcelamiento estaban a la orden del día. Por otra parte la corrupción moral llegaba a límites inconcebibles en una degradación cada vez más profunda y extendida. Por todo ello el anhelo de un salvador, la esperanza de que llegara pronto el Mesías se hacía cada vez más intensa.
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Juan Bautista sabía muy bien que él era sólo el precursor, el que venía a preparar el camino al Señor Jesús. A esto aspiramos nosotros en Adviento: a llenarnos del Espíritu Santo, a vivir como bautizados en el Espíritu del Señor Jesús. Este Espíritu Santo del Señor Jesús es el que nos describe, en la primera lectura, el profeta Isaías.
 
Para nuestra vida
En este Adviento tenemos la oportunidad de pararnos  y preguntarnos: ¿qué camino estamos siguiendo, el falso o el que conduce a la felicidad? Si vivimos obsesionados por el dinero, el placer, la vanagloria, el pensar sólo en ti mismo, nos estamos equivocando. Esto no puede traernos la felicidad. A lo largo de esta Adviento, tiempo de gracia y de conversión, tenemos la oportunidad de rectificar y allanar el camino. ¿Cómo podemos  preparar el camino que conduce a Jesús, qué piedras son las que te hacen tropezar, qué baches son los que te encuentras? Sólo si tienes ilusión y ganas por llegar a la meta, podrás llegar. No lo harás solo, pues hay otros muchos que te acompañan.
No olvides que otra Navidad es posible. Prepárate para la Navidad. No te dejes arrastrar por el desenfreno de las cenas, el gasto inútil, las prisas..... Sólo merecerá la pena esta Navidad si encuentras de nuevo tu camino interior y escuchas al Dios de la misericordia, que viene a consolarte y a regalarte la salvación. ¿Estarás atento a su voz?
 
La primera lectura del Profeta Isaías expone las  profecías sobre la llegada del Mesías.
El texto describe la era mesiánica con imágenes agrícolas y ganaderas, que vosotros, mis queridos jóvenes lectores, debéis traducir a realidades de hoy, a realidades vuestras, cotidianas. El león, la serpiente, el cabrito, el novillo, serán para vosotros imágenes lejanas, imaginarias tal vez. A mí no tanto. He tocado cabritos, serpientes y culebras, me ha picado un escorpión y nada me ha hecho. Los peligros que acechan hoy serán seguramente el alcohol, el malgastar inútil, la egoísta satisfacción sensorial, sensual y sexual. El dinero para presumir, el poder para avasallar, el atractivo personal para arrastrar y dominar.
Nosotros esperamos al Mesías salvador. El que esperamos será justo y dará paz a la tierra y los conflictos desaparecerán. No sólo los que el género humanos ha producido a lo largo de los siglos, si no también –y eso es muy interesante-- habrá paz en la misma naturaleza. La fraternidad llegará incluso a las especies animales que siempre están en conflicto por su propia supervivencia: “La vaca –dice el profeta-- pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey”. ¿No es especialmente hermoso? Nuestra esperanza es saber que todo el contenido de la Escritura, del Antiguo y del Nuevo Testamento, profetizado en torno al Mesías se cumplirá. No es una utopía o un bello texto de ficción lo que nos dice Isaías. Se cumplirá.
Le va a llegar a Israel la savia que fluye todavía de David el elegido, el mítico más bien, el que impulsó a su pueblo, protegió, defendió y enriqueció. El árbol de las promesas no se ha secado, todavía puede dar fruto, es capaz de vitalizar a su pueblo. Esto se le dice a Israel, el elegido. Esto se nos dice a nosotros, ya que la Iglesia es la realización de las antiguas promesas hechas a Abraham y a los profetas.
Promesas cumplidas en Jesús de Nazaret, el es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Jesús mientras vivió en esta tierra manifestó el cumplimiento de las promesas.  Vivió en su propia vida, la fraternidad universal, amando a todos: a ricos y pobres, a santos y pecadores, a los amigos y hasta a los propios enemigos. Si dejamos que sobre nosotros se pose el espíritu de Señor también nosotros seremos personas fraternas, solidarias, amantes y nunca excluyentes. Que nunca juzguemos a los demás por apariencias, ni de oídas, sino siempre con justicia y rectitud, sobre todo a los que se encuentren más desamparados.
 
El salmo proclamado hoy es muy indicado para este Segundo Domingo de Adviento. Salmo marcadamente mesiánico, con la riqueza y la fuerza evocativa de sus imágenes proclama el reino universal de justicia y de prosperidad, de paz y abundancia de liberación y rehabilitación del rey-mesías, el esperado de Israel. De esta filigrana se destaca la figura ideal del descendiente de David, el verdadero ungido de Dios, dibujado con prerrogativas grandiosas; en efecto, él realizará cosas maravillosas y manifestará su gloria, que es la gloria misma de Dios. La lectura litúrgica ve aquí el sentido pleno de la bendición perenne realizada en Jesucristo.
 El canto de este salmo durante el adviento expresa igualmente la espera de Cristo, rey de paz, ayuda y defensor de los pequeños y de los pobres, de los débiles y de los oprimidos, en contra de toda violencia y de todo abuso.
 
En la segunda lectura San Pablo: se nos presenta una doctrina y enseñanza dirigidas  a la  comunidad de Roma que se hallaba dividida en dos grupos o facciones: los "débiles" y los "fuertes". Los primeros se abstenían de comer carne y de beber vino los días señalados, por motivos religiosos; los segundos no distinguían los alimentos, pensando que todas estas prácticas no son lo importante para la fe. Aunque Pablo reconoce en teoría el buen sentido de los "fuertes", invita a los dos grupos a que se respeten y se acojan los unos a los otros como hizo Cristo.
Una comunidad dividida en facciones intolerantes no puede unirse para tributar a Dios una misma alabanza. Por lo tanto, la asamblea eucarística presupone, al menos, la unidad de todos sus participantes en una misma esperanza y en una misma fe en Jesucristo. Pero esta unidad en Cristo, el verdadero punto de coincidencia y el único mediador, es un don de Dios.
Cristo nos ha dejado el mejor ejemplo de comprensión mutua: él se sometió a la "circuncisión", es decir, a la Ley, y aceptando la Ley y sirviendo a los judíos, dio pruebas de la fidelidad de Dios que cumple las promesas hechas a los patriarcas y al pueblo de Israel; pero no se olvidó de acoger también a los gentiles para manifestarles la misericordia de Dios y lo alaben por esa misericordia. De unos y otros, de judíos y gentiles, hizo Cristo un solo pueblo de Dios. De igual manera es preciso que los cristianos, superando todas las diferencias, lleguen a la unanimidad de una misma alabanza al Padre por Cristo y en Cristo.
San Pablo nos recuerda " Cristo salvó a todos los hombres". En los designios divinos Cristo, del que todos los hombres necesitan para ser salvados, es el gran Reconciliador. San Pablo llama al amor la «ley de Cristo» (Gál 6,2) o «la plenitud de la ley» (Rm 13,10; Gál 5,14). La importancia del amor cristiano es tal que no puede absolutamente ser llamado una virtud; sería como vaciar de su sentido verdadero al amor de Dios mismo o de su Hijo hacia nosotros.
Para San Pablo, el ejemplo de Cristo, que para salvarnos se hace obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 8), ha de ser estímulo y acicate para que nosotros hagamos lo mismo por la salvación de los hermanos.
 San Pablo  exhorta "En una palabra; acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios". Estas palabras que escribe a los primeros cristianos de Roma deben servirnos a nosotros para formular, un propósito de  conversión a Dios y a los hermanos, siguiendo siempre el ejemplo de Cristo que nos acogió a todos nosotros para gloria de Dios Padre. No es posible una verdadera conversión cristiana sin este propósito de amar a Dios y al prójimo, siguiendo siempre el ejemplo de nuestro Señor Jesús. Que en nuestras palabras y en nuestras obras se note siempre que estamos bautizados con el Espíritu Santo y con el fuego de nuestro Señor.
El Adviento, tiempo de espera, debe incitar a todos los cristianos a una profunda reflexión sobre nuestra responsabilidad en la salvación de los hombres alejados de Dios.
 
Todos los evangelistas cuentan con la actividad del Bautista como previa a la de Jesús. Cada uno lo presenta desde un punto de vista y los diversos aspectos de esta figura singular nos proporcionan otros tantos elementos para reconstruir su extraordinaria personalidad. Mateo acentúa el aspecto de predicador que lleva a cabo su quehacer al estilo profético. Los profetas antiguos se distinguían tanto por sus vestidos ásperos como por la austeridad de su vida (2 Re 1, 8). El Bautista entra en escena como un predicador penitencial.
El contenido esquematizado de su predicación coincide absolutamente con lo que después anunciaría Jesús (4, 17). Exige la conversión. Era tema y exigencia continua también entre los fariseos. La diferencia estaba en el modo de entenderla. La conversión "farisaica" significaba únicamente el "cambio de mente". La conversión exigida por el Bautista, y por Jesús, es mucho más: la exigencia de un cambio radical, total, en la relación con Dios y esta relación con Dios comprende no sólo el interior sino también lo externo, todo lo que es visible en la conducta humana (v. 8: dar frutos dignos de penitencia). La recta relación con Dios debe traducirse en la correspondiente ordenación y conducta recta de toda la vida. El ejemplo del árbol lo ilustra: si el árbol es bueno, produce buenos frutos, frutos dignos de sí. Quien se convierte a Dios es como una planta de su inmenso campo y sus frutos-obras deben ser buenos. Si el árbol no produce buenos frutos es señal evidente de que no es bueno.Entonces será cortado y arrojado al fuego.
La radicalidad en las exigencias del Bautista molestaban a los piadosos de la época: los "fariseos", movimiento de laicos instruidos y piadosos, que buscaban, con su conversión interna, la seguridad frente al juicio divino, y los "saduceos", la nobleza sacerdotal influyente.
El motivo de estas exigencias es la proximidad del reino de los cielos. Mateo, al estilo judío, evita en lo posible, por un exagerado respeto, pronunciar el nombre de Dios y recurre a sucedáneos, como "el cielo". El reino de los cielos y el reino de Dios -de que nos hablan Marcos y Lucas- son la misma realidad. El reino, o mejor, reinado de Dios, era la más alta aspiración y esperanza del Antiguo Testamento y del judaísmo. Algo que pertenecía al más allá y que Dios concedería en el momento oportuno. Sería como el nuevo cielo y la nueva tierra donde no habrá pecado, muerte ni dolor. El Bautista anuncia que todo esto, que los judíos esperaban para un futuro incalculable, se realiza en la persona de Jesús y a través de ella. Estamos ante la razón última de las exigencias de la conversión: el hombre debe volverse a Dios, porque Dios se ha vuelto a los hombres.
Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: “convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”. Las palabras de Juan Bautista, predicando la conversión, siguen teniendo hoy valor total para todos nosotros. Porque todos los nacidos de mujer nacemos empecatados, es decir, con unas tendencias innatas al pecado.
Juan es el último profeta del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo, es el precursor del salvador. Nos invita a la conversión, al cambio de mente y de corazón, de pensamiento y sentimiento. Nos invita a tomar postura, de ella depende la diferencia que separará a unos de otros. Nosotros preguntamos también: ¿entonces, qué hacemos? Él nos indica un camino: compartir nuestros bienes, servir al necesitado, no aprovecharse de los demás, dar de comer al hambriento...
Juan predicaba a unas personas inmersas en una sociedad de vilencia e injusticias. Sociedad dominada por Roma y gobernada por los fieles a Roma en lo civil y en lo religiosos por unos estamentos que generalmente olvidaban a Dios y presentaban los medios como lo que salvaba. Demasiadas veces parece que vivimos tiempos parecidos, o tal vez peor. sí Se puede afirmar que hay miedo en las calles, sobre todo a determinadas horas y por ciertos sectores de cualquier ciudad. Es verdad también que la sangre salta con demasiada frecuencia, y con excesiva cercanía, a las páginas de los rotativos. También podemos decir, sin exageraciones, que la degradación moral está destruyendo los cimientos de nuestro viejo mundo, que se rompe la familia, sin que haya formas adecuadas para recomponerla una vez rota. Se busca con demasiada frecuencia el placer y el confort por encima de todo y a costa de lo que sea. Sí, sin ponernos trágicos, hay que reconocer que cada día ocurren cosas de las que hemos de lamentarnos, o que hemos de temer.
Ante todo esto podemos pensar que el hombre de hoy anhela con ansiedad la salvación, ese nuevo Mesías que nos redima otra vez, sin considerar que ya estamos redimidos y que lo que hay que hacer es cooperar con Dios para hacer realidad sus planes de redención. Por ello las palabras del Bautista tienen plena vigencia. Sí, también nosotros tenemos que convertirnos, hacer penitencia y preparar nuestro espíritu para la llegada del Señor. Convertirnos y hacer penitencia. Volver a Dios, que eso es convertirse a Él. Dejar nuestra situación de pecado, o de tibieza que es peor quizá, por medio de una buena confesión de nuestras faltas. Dolernos en lo más hondo de haber pecado, proponernos sinceramente rectificar. Y luego hacer penitencia, mortificar nuestras pasiones y malas inclinaciones, prescindir de nuestra ansia de comodidad, huir del confort excesivo, contradecir alguna vez nuestro gusto o deseo. Conversión y penitencia. Sólo así haremos posible la salvación y recibiremos adecuadamente a nuestro.
 
El adviento, nos sugiere ser más un tiempo de esperanza, de alegría que de penitencia.
¿ No merece el Señor, que –aquello que desafina y no está atinado en nuestra forma de ser- sea cambiado para que su Nacimiento sea algo real y palpable en lo más hondo de nuestras entrañas?
El adviento, por ser tiempo de esperanza…también es época de poda. De cortar aquellas ramas que, en el tronco de nuestras personas, pesan o aparentan más de lo que son, sobran o no dan fruto, son frondosas por fuera...pero quién sabe si no están huecas por dentro.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
 

Lecturas del II Domingo de Adviento. 4 de diciembre de 2016.


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 11, 1-10
Aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre. Herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad ceñidor de su cintura.
Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará con la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.
Palabra de Dios


SALMO RESPONSORIAL
SALMO 71, 1-2.7-8.12-13.17
R.- QUÉ EN SUS DÍAS FLOREZCA LA JUSTICIA Y LA PAZ ABUNDE ETERNAMENTE
Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R.-
En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R.-
Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R.-
Que su nombre sea eterno
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R.-


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 15, 4-9
Hermanos:
Todo lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. Qué el Dios de la paciencia y del consuelo, os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos según Cristo Jesús; de este modo, unánimes, a una voz glorificaréis al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo.
Por eso, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios. Es decir, Cristo se hizo servidor de la circuncisión en atención a la fidelidad de Dios, para llevar al cumplimiento las promesas hechas a los patriarcas y, en cuanto, a los gentiles para que glorifiquen a Dios por su misericordia; como está escrito "Por esto te alabaré entre de los gentiles y cantaré para tu nombre."
Palabra de Dios

      
ALELUYA Lc 3, 4-6
Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos los hombres verán la salvación de Dios.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 3, 1-12
Por aquel tiempo, Juan Bautista se presenta en el desierto de Judea predicando:
“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: "Voz del que grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos".
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán; confesaban
sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo:
“Raza de víboras, ¿quién os enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones pensando: "Tenemos por padre a Abrahán", pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga”.
Palabra del Señor

sábado, 26 de noviembre de 2016

Comentario a las Lecturas del I Domingo de Adviento 27 de noviembre 2016.

Hoy empezamos un nuevo año cristiano. Y lo empezamos con una convocatoria que nos resulta conocida y nueva a la vez: somos invitados a celebrar el Adviento, la Navidad y la Epifanía. Desde hoy (27 de noviembre) hasta el final del tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor (7 de enero), van a ser cinco semanas de "tiempo fuerte" en que celebramos la misma buena noticia: la venida del Señor. Las tres palabras. Adviento, Navidad y Epifanía, o sea, venida, nacimiento y manifestación, apuntan a lo mismo: que Cristo Jesús se hace presente en nuestra historia para darnos su salvación.
En este  Ciclo litúrgico (A) el evangelio propio es el de  S. Mateo. Se trata, sin duda, del escrito evangélico con un mayor protagonismo en la historia de la Iglesia, tanto por el amplio número de comentarios sobre el mismo, como por su mayor utilización en la vida litúrgica de la comunidad cristiana.
El Evangelio de san Mateo está dirigido a probar que Jesucristo es el Mesías anunciado por los profetas y que en Él se cumplió todo lo que los profetas habían anunciado. A Mateo lo pintan con la imagen de un hombre, porque su Evangelio empieza haciendo la lista de los antepasados que Jesús tuvo como hombre.
San Mateo pone de relieve la autoridad del único Maestro, Jesús. Tiene la esperanza de que este Maestro hable por medio de su evangelio. Todas las demás autoridades pierden fuerza donde Jesús se convierte en el Señor.
Las comunidades son, sobre todo, unas comunidades de hermanos y hermanas, regidas por las enseñanzas y autoridad de un único Maestro, Jesús, que es el Mesías judío esperado, pero también el Señor universal para todos los pueblos. El sueño de Mateo: una iglesia que evidencie el único señorío de Jesús, no deja de ser el sueño de muchos cristianos y cristianas hoy., que continuamos caminando en las múltiples y coloridas comunidad cristianas.

La primera lectura de hoy  del capítulo segundo del Libro del Profeta Isaías ( Is 2,1-5 ) , marca el tiempo mesiánico. Una de las formas de representar el tiempo escatológico es presentarlo como un tiempo en el que no hay guerras, donde Dios mismo romperá las armas de la muerte (Os 2, 20; Zac 9, 10; Sal 46, 10). Aquí, las naciones, tras haber recibido las instrucciones de la palabra del Señor, se encargarán de romper lo que pueda ocasionar la guerra. El hombre que trabaja por ser artesano de la paz se acerca a su destino verdadero, es ciudadano de la nueva Jerusalén.
Isaías predica en Jerusalén en tiempos del rey Joatam (alrededor de los años 740-734 a.C.). Es un momento de prosperidad económica, pero que esconde la presencia de la injusticia y de la falsa piedad. El profeta, influenciado por el estilo denunciador de Amós, saca el tema a la luz y llama a la conversión: Jerusalén tendrá que volver a ser la ciudad fiel.
Isaías, hombre de Dios, profeta y poeta al mismo tiempo, sueña en lo que ha de venir: la reunión de todos los pueblos de la tierra, el cese de todas las guerras y contiendas, la transformación de las espadas en arados y de las lanzas en podaderas...
Pero Isaías no se queda sin hacer nada. Los sueños son para convertirlos en realidad, por eso grita en medio del pueblo: "casa de Jacob, vamos, caminemos a la luz del Señor", y la esperanza se hace camino, comienza el éxodo, la salida. No hay advenimiento, venida del Señor, si no hay éxodo, salida del pueblo de Dios.
En este texto, Isaías mira más allá, hacia el futuro, para vislumbrar el destino de la ciudad en los planes de Dios. Jerusalén, y con ella el monte de la casa del Señor, será un centro de irradiación de la Palabra de Dios: "porque de Sión saldrá la ley.."; y un centro de atracción para todos los pueblos: "Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos". Centro ascensional, que con un movimiento vertical atrae hacia arriba, no por el hecho de ser una elevación geográfica, sino por el hecho de la presencia de Dios. Es la contrarréplica a la torre de Babel: ésta era una elevación obra de los hombres, que llevó a la confusión del lenguaje y a la dispersión, aquélla, Jerusalén, ofrecerá a los hombres la palabra de Dios y la unidad.
Nos comenta Aloso- Schökel "Este poema es uno de los más inspirados y profundos del A.T. El monte se vuelve centro y origen de un doble movimiento, propuesto en orden cronológico inverso: movimiento centrífugo de irradiación, ley y palabra; movimiento centrípeto de concurrencia universal... ¿Quién los ha convocado? ¿qué fuerza de gravedad invertida los ha puesto en movimiento, para que converjan y asciendan?... Del centro del mundo ha salido una fuerza misteriosa, no de ejércitos ni de violencia, sino de convicción pacífica e irresistible". (L. Alonso ·Schökel-A)

El responsorial es el salmo  (Sal 121,1-9) , el mismo de la semana pasada, aunque los versículos que se proclaman hoy son otros, si es el mismo la misma antífona. “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Sin duda está en perfecta relación con la primera lectura que acabamos de escuchar.
Respecto al domingo pasado se añaden los versículos 6-9.
Decíamos de  este salmo el domingo  pasado: " Salmo de "peregrinación" en ritmo gradual, con palabras claves que se repiten. Es era el último salmo que los judíos entonaban en su peregrinación a Jerusalén, cuando la impresionante mole del Templo se hacia visible ante sus ojos. Muestra la alegría desbordante por llegar a la Casa del Señor. Igual tiene que ser para nosotros, hoy. Mostremos nuestra alegría por estar, juntos, en la Casa de Dios.
  Los peregrinos, después de un largo viaje de acercamiento llegan finalmente ante Jerusalén. Uno de ellos exclama de alegría y admiración. La ciudad ¡qué bella es! Se siente la sorpresa de un pueblerino o de un nómada pasmado al mirar las construcciones que forman un todo compacto: casas, calles, palacios, el templo, todo rodeado de murallas y torres sólidas.
El tono principal es de alegría. En forma de "inclusión" al principio y al fin del salmo, la razón profunda de esta alegría: "la Casa del Señor"... Sí, Yahveh vive en esta ciudad. Junto al nombre de la ciudad repetido amorosamente, un conjunto de expresiones poéticas y aliteraciones.
Fijémonos en la expresión: "Invocad la paz sobre Jerusalén" : la palabra "paz" tiene las mismas consonantes de Jerusalén... Cuando no utiliza ni "shalom" ni "Ieruschalaim", dice "allí" adverbio que casualmente tiene dos de las consonantes de Jerusalén. El conjunto, cantado en hebreo, es una pequeña maravilla musical. Es obra de un gran poeta.
En cuanto a un sentido más profundo, es también de perfecta unidad: Jerusalén, la capital, hacia la cual convergen caminos de todas partes, de arquitectura compacta (ciudad construida en la cima de una montaña), ciudad cuyo nombre significa "paz", es también símbolo de unidad de las tribus dispersas... La fe en el único Dios cuya gloria habita en el Templo, es el fundamento de esta comunidad fraternal.
Jerusalén es el corazón del judaísmo, centro de su pensamiento y de sus cantos, a quien los grandes poetas hebreos de todos los tiempos han dedicado sus más inspirados poemas.
En todo tiempo Jerusalén ha sido la capital del mundo judío: en tiempo de David y de los reyes, en tiempo de Esdras y Nehemías después del exilio, en tiempo de los Macabeos y en la época del Nuevo Testamento. Y en los 2000 años de Diáspora, después de su destrucción en el año 70, Jerusalén ha sido siempre el centro espiritual de su vida, la capital de su destino, como lo es actualmente en el moderno estado de Israel.
El salmo 121 canta la emoción de la ida a Jerusalén y las excelencias de la ciudad. Tiene una estructura sencilla que se puede presentar así:
a) Anuncio de la ida a Jerusalén y alegría (vv. 1-2)
b) Elogio de la ciudad: de su templo e instituciones (3-5).
c) Augurios de paz y de felicidad (6-9).
a) Anuncio de la ida a Jerusalén y alegría (vv. 1-2)
            Los versículos de este domingo (6-9), añaden mayor esplendor a la alegría expresada. Bendiciones sobre la ciudad: «Desead la paz... te deseo todo bien» . Los peregrinos pronuncian sus bendiciones sobre la ciudad. Le desean todos los bienes, sobre todo la síntesis de bienes que es la paz. La razón de este deseo, al mismo tiempo garantía de su eficacia, es la casa del Señor de la alianza.

La segunda lectura  es de la Carta del Apóstol San Pablo a los romanos (Rom 13,11-14 ).
La carta debió ser escrita por Pablo en Corinto durante el invierno del 57-58, a punto de partir para Jerusalén, desde donde espera ir a Roma y de allí a España.
El texto pertenece a la segunda parte de la carta de San Pablo a los fieles de Roma. En la primera parte (1, 18-11, 36) les ha dicho lo que ya son los cristianos, ahora les dice lo que deben de ser. Pues la fe cristiana no es un estado o situación establecida de una vez por todas, sino una vida y un proceso en permanente evolución para responder día a día a las sorprendentes llamadas de un Dios que siempre está viniendo. Tampoco el Evangelio es simplemente el anuncio de lo que ya ha sucedido, es también promesa pendiente de lo que aún ha de suceder y el imperativo de un deber que es preciso cumplir. El motivo poderoso que impulsa la vida de fe es la venida inminente del Señor.
La expectación de Pablo y de los primeros cristianos, que vivían en vilo esperando esa venida del Señor, parece para nosotros agua pasada. Diríase que el Señor se ha retardado, diríase que nosotros nos hemos dormido cansados de tanto esperar. Sin embargo, lo cierto es que vivimos en el principio del fin. Pues nada puede ocurrir ya verdaderamente decisivo después de la muerte y resurrección de Jesús; todo lo demás, con ser importante en gran manera, son consecuencias de este suceso de salvación. A gran manera, son consecuencias de este suceso de salvación. A nivel individual, lo decisivo de nuestras vidas es la incorporación a Cristo y a su pascua por el bautismo y la fe . De ahí se sigue, la urgencia de vivir atentos a los siglos de los tiempos y los días para responder al Señor que viene y nos llama.
Creer en Jesús conlleva una actitud, una toma de postura bien definida: vivir en esta vida teniendo presente que pensar con los criterios de la sociedad injusta es no darse cuenta del "tiempo" en que vivimos, del tiempo de la salvación, del tiempo de Jesús. Aquí, las "actividades de las tinieblas" hacen referencia no sólo a la vida a veces desenfrenada de los paganos (hay que pensar en Nerón yendo por las tabernas nocturnas de Roma: Suetonio, Nero, XXVI), sino al mismo ser pagano que es tinieblas. El creyente que vive a lo pagano es una contradicción en vida. Para mantener la fe hoy, y para darle nuevo aliento, es preciso caer en la cuenta de que ser cristiano implica una serie de exigencias de tipo espiritual y también moral.
El "momento" parece indicar los últimos días, la era escatológica, inaugurada por Cristo, que se contrapone al tiempo anterior. Se trata del tiempo de la Iglesia. La conciencia que el cristiano tiene de la importancia de este tiempo debe influir poderosamente en su actuar como hijo de la luz.
La Biblia no concibe a Dios en abstracto como podían hacerlo Platón o Aristóteles, sino que lo percibe y lo entiende en el marco de sus intervenciones acá en la tierra, que convierte la historia del mundo en historia de salvación, puesto que parte de ésta se da en la historia. Frente a los ciclos cósmicos de eterno reposo de las cosas, en la Biblia domina la concepción de que los jalones son acontecimientos únicos que no se repiten. La humanidad se enriquece poco a poco acumulando experiencia y, así, se hace posible el progreso y una marcha hacia la plenitud final que no es la vuelta al principio.
El "día-de-Yahvé", cuya fecha es desconocida, será comienzo de una nueva era de justicia y felicidad, de nuevos cielos y nueva tierra. De los textos no se puede sacar una satisfacción de la curiosidad sobre el momento final, sino únicamente la conciencia de las exigencias espirituales que comporta el tiempo en que vive. Jesús, que vive en el tiempo histórico (6 a.C al 30 d.C.), divide la historia en antes y después e inaugura el tiempo del cumplimiento, el tiempo de la Iglesia. Los últimos tiempos están sólo inaugurados, pero todavía no se palpan todos sus frutos. Es el "ya" pero "todavía no" en el que la conversión a Dios se realiza a través del seguimiento de Jesús. La venida del Hijo del Hombre, de la que el cristiano está en espera continua, define a Cristo como el alfa y omega de la historia humana.

El evangelio de San Mateo (Mt 24,37-44), presenta el final del evangelio, con el siguiente desarrollo: el versículo inicial establece una comparación entre la venida del Hijo del Hombre y la época de Noé. Los versículos siguientes 38-41 explican el sentido de esa comparación. Por último, los versículos 42-44 extraen la consecuencia.
Un verbo domina en él: venir. Venida del Hijo del Hombre, del diluvio, de un ladrón. De estas venidas, dos, la del diluvio y la del ladrón, sirven de referencia aclaratoria de la tercera, la del Hijo del Hombre, expresión cuyos orígenes literarios controlables se remontan al singular libro de Daniel.
Las tres venidas tienen un dato en común: su imprevisibilidad y, consiguientemente, el desconocimiento del momento exacto de las mismas. A la luz de este dato, el interés del texto se centra en despertar en los oyentes una actitud vigilante a fin de que no les coja desprevenidos la venida del Hijo del Hombre.
 La alusión a los días de Noé antes del diluvio se hace para explicarnos cómo la venida del Señor será repentina y sin previo aviso. A diferencia de lo ocurrido cuando la destrucción de Jerusalén, no hay señales claras que determinen el momento del fin del mundo. Por eso los hombres harán su vida como si tal cosa y serán sorprendidos como lo fueron en tiempos del diluvio.
La venida del Hijo del Hombre, la parusía, sorprenderá a los hombres en medio de sus faenas y diversiones. No todos serán elegidos y congregados de los cuatro vientos de la tierra por los ángeles (v. 31). Uno será tomado y otro dejado. Los hombres, que han crecido juntos, como la cizaña y el trigo, serán separados en aquel día del juicio. Para los justos será un juicio de salvación (cfr. Lc 21. 28); para los impíos, de condenación.
 La incertidumbre del fin es una advertencia para que vivamos vigilantes en todo momento, pues cualquiera puede ser el decisivo. Vigilar es estar abierto por la esperanza hacia el futuro del Señor que viene, es también estar dispuesto a reconocerle en los pobres y necesitados y a cumplir en cada caso el mandamiento del amor. Es también orar. Sólo el que vigila está preparado para el encuentro con Dios en Cristo. La expresión "vuestro señor" no es original de Jesús, sino del evangelista.
La breve parábola del dueño de la casa que no puede dormir despreocupado porque no conoce la hora en que el ladrón puede robarle, señala claramente cuál debe ser la actitud del cristiano. Así que la espera de la venida del Señor, que vendrá repentinamente como un ladrón que no anuncia la hora de su visita, lejos de ser una buena excusa para evadirse de todos los problemas, es una severa advertencia para vivir atentos la hora de nuestra responsabilidad. Los cristianos deben demostrar que esperan al Señor preparando los caminos de su advenimiento, deben ser los más activos de los hombres en la construcción del mundo. Nuestra sociedad parece cada vez más estúpida e insensible a la verdad y a la justicia. Sin embargo, la justicia vendrá en su día. ¿No es hora ya de despertar del sueño?
El texto pretende que nos percatemos  de que la historia (la particular y la general) tiene un sentido. Vivir sabiendo que tiene sentido: he aquí el significado de la invitación del texto de hoy. Conciencia de perspectiva, percepción del horizonte. ¡Que existen! ¡Porque existen! He aquí la vigilancia y la preparación de las que el texto de hoy nos habla. No habla de la muerte ni del estado de gracia en el momento de la muerte. Nos habla de que él Hijo del Hombre es el sentido mismo de la historia, que no es otro que Dios. El estar preparado es ser consciente de ese sentido, estar abierto a las inquietudes de la trascendencia. Estar en vela es mirar el horizonte de la historia , en la que estamos inmersos. El texto de hoy es todo lo contrario de una escuela de terrores y de miedos. Dicho más llanamente: es una invitación a la perspectiva y al optimismo. Invitación tanto más necesaria cuanto que con más frecuencia de lo deseable, nos encerramos dentro de las cuatro paredes de un universo impremeditado y sin sentido.
Expresamente nos dice que hay que estar en vela en la historia y particularmente en este tiempo de Adviento, para no desaprovecharlo y atender a nuestra más profunda conversión.

Para nuestra vida.
En este Adviento, la llamada es clara: se trata de ver la realidad a través de Cristo, que nos interpela y nos urge a la responsabilidad y al amor. Así es como los cristianos nos preparamos a salir al encuentro del Salvador, y así preparamos esta nueva Navidad. Iluminados por el misterio de Cristo y llamados a su encuentro en la eternidad, volvemos a la convivencia en un mundo en el que los hombres, nuestros hermanos, viven las más de las veces inconscientes de la necesidad que tienen de Cristo. Es preciso, es urgente que seamos luz para ellos.
Las lecturas de este domingo son una llamada a renovar nuestra fe y nuestra responsabilidad ante el misterio salvífico de Cristo.

La primera lectura (Isaías 2,1-5), nos presenta un sueño  del profeta Isaías. Profeta es el que ve más allá y el que ve más adentro. Profeta es el que capta el sentido de las cosas y los acontecimientos. Profeta es el que conoce lo que hay en el hombre y lo que está llamado a ser; el que se hace transparente a todo; el que escucha la voz del Espíritu.
Isaías tuvo una visión, tuvo un sueño. Sueña que todas las naciones se dejarán instruir por el Dios de la verdad y la misericordia, que caminarán por las sendas del derecho y la justicia, que se aprobarán las leyes de la solidaridad. Sueña que un día todos los hombres se darán las manos y se sentarán a la mesa de la fraternidad, y las armas se guardarán en los museos de la historia o se reconvertirán en instrumentos para el desarrollo; sueña que todos los hombres se declararán objetores de conciencia y que «nadie se adiestrará para la guerra».
Isaías  hace un espléndido anuncio "al final de los días", que fue ya, y es hoy y será mañana. es para "Judá y Jerusalén", para la Iglesia y cada comunidad cristiana. Aunque la oscuridad envuelva el mundo, siempre habrá una luz puesta sobre el monte; siempre habrá montes de esperanza; Cristo será el mejor, el más hermoso y luminoso de los montes; siempre habrá hombres y "pueblos numerosos", que busquen y suban a esas montañas luminosas, para saciarse de palabra, de justicia y de paz.
"El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del reino de Dios". No obstante la ignorancia y las aberraciones de los hombres, en los planes divinos el designio de salvación se extiende a toda la humanidad. Todos tenemos total necesidad de Cristo Redentor y de la revelación plena del amor de Dios. En esta primera lectura, el profeta Isaías contempla en lontananza el día del Señor y presenta el carácter universal de toda la salvación. El pueblo de la Alianza (el Antiguo y Nuevo Israel) ha sido elegido por Dios para poseer y transmitir la fe y la salvación a todos los pueblos. Dios obra en favor del mundo a través de la Iglesia, ya que el primer pueblo de la Alianza fue infiel.
De ahí la responsabilidad de todo cristiano de no poner obstáculos a la misión salvadora y redentora de Cristo. A todos nos incumbe siempre una actitud misionera, en la medida de nuestras posibilidades, según los diversos estados en que vivimos nuestra vocación.

El salmo responsorial  de este domingo nos  ayuda a expresar la alegría de sentirnos cerca de la casa del Señor. Cuando en sus peregrinaciones anuales los israelitas llegaban a Jerusalén, sus rostros quedaban iluminados contemplando la ciudad santa. Allí, en santa asamblea, se congregaba el pueblo, como en los tiempos del desierto en torno a la tienda; allí resonaban las alabanzas al nombre del Señor; allí era posible a los israelitas en litigio encontrar justicia, pues en las puertas del palacio real estaban los tribunales de justicia; allí resonaba sin cesar el tradicional «shalom» entre los hermanos de un mismo pueblo. ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!
Lo que para Israel representaba Jerusalén, para nosotros, cristianos, lo representa el domingo. En este día, nos reunimos, y el nuevo Israel aparece como ciudad bien compacta en las asambleas dominicales; en este día, según la costumbre del nuevo Israel, celebramos el nombre del Señor; este día nos aporta la esperanza escatológica y es, para quienes frecuentemente sufrimos, prenda de que se nos hará justicia definitiva; en este día del Señor, intercambiamos todos los cristianos nuestro «shalom» al celebrar la eucaristía...
Que nuestro entusiasmo, al llegar el domingo, no sea, pues, menor que el de Israel cuando se acercaba a Jerusalén: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

La segunda lectura (Romanos 13,11-14), nos urge a una vida renovada:  "Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís; pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe.". Quienes por la fe ya hemos conocido el misterio de Cristo no podemos caer en la inconsciencia de vivir en la irresponsabilidad de los hijos de las tinieblas. Tenemos ansias del encuentro definitivo de Cristo. Nuestra vida presente es una marcha hacia el futuro.
Por eso para el cristiano que espera ese encuentro y que ha hecho suyas las aspiraciones de los hombres de su tiempo, el sentido de la historia de la humanidad es el sentido de su misma historia, que solo tiene valor a la luz de Cristo. Apartarse de ahí es caminar en las tinieblas.
El texto es una invitación a la conversión activa, a salir del mundo viejo y caminar hacia lo nuevo. Pablo, además, anuncia algo muy importante: que nuestra salvación está cerca.
"Daos cuenta del momento en que vivís": Pablo exhorta a la comunidad cristiana de Roma a darse cuenta de que está viviendo ya en los tiempos definitivos, en los tiempos finales. El cristiano se sitúa siempre en este tiempo decisivo y, por tanto, vive en la tensión de la exigencia de ser un testimonio coherente de la fe. Este tiempo ha empezado con la muerte y la resurrección de Cristo; en El Dios ha pronunciado la palabra definitiva sobre el hombre y su historia.
-"Ya es hora de espabilarse": Pablo recurre a las imágenes de la apocalíptica para describir este tiempo definitivo: es el inicio del día, que reclama al hombre la decisión dificultosa de dejar el sueño y emprender la lucha diaria. Día y noche, oscuridad y luz, son imágenes de la opción clave entre el bien y el mal que el hombre ha de realizar. La referencia a la oscuridad queda completada con la descripción de algunos vicios.
-"Vestíos del Señor Jesucristo": El hombre a quien el día sorprende durmiendo aún va sin vestir y no se encuentra preparado para la lucha. El cristiano por el bautismo se ha revestido de Cristo y no tiene que abandonar ese vestido si quiere estar a punto para el tiempo decisivo.

En el evangelio de San Mateo 24,37-44,  Jesús compara la venida del Hijo del Hombre a lo que sucedió cuando el diluvio. Pero la venida del Hijo del Hombre no será un diluvio devastador, sino una lluvia pacífica y fecunda. Lo que pasa es que no avisa. Y la gente ni está preparada ni se da cuenta. Los grandes acontecimientos no suelen anunciarse al son de trompetas. El ladrón tampoco avisa, ni la muerte, ni los cambios culturales, ni las reformas religiosas. Cuando nos damos cuenta, están ahí.
Pues de eso se trata, de darse cuenta. No es que hayamos de vivir temerosos, como si en cualquier esquina nos alcanzara la goma-2 asesina o la navaja ladrona. Temerosos no, porque es falta de fe; pero tampoco inconscientes o dormidos. La consigna es «vigilad». Vigilad porque el Hijo del Hombre viene en cada momento; porque la verdad y la justicia necesitan ser defendidas en cada instante; porque la solidaridad, como el amor, no descansa; porque la libertad hay que ejercitarla en cada hora. Vigilad, para que no os perdáis la gracia del encuentro.
La gente, como en tiempos de Noé, come, bebe, se casa, trabaja, se divierte, pero está insatisfecha y vacía y no se da cuenta de nada. La gente no ve más allá de su cartera o del plato de comida.
" estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor". No sabemos el día ni la hora. Solo la fe vigilante y la fidelidad permanente pueden hacer nuestras vidas dignas de salvación eterna. La realidad cotidiana con su monotonía exasperante nos adormece. A nuestro alrededor hay acontecimientos difíciles: guerras, violencias, injusticias, etc. A todo nos acostumbramos. Existe quien responde y quien se calla, quien se esfuerza y quien se abandona.
San Juan Crisóstomo llama aquí a la vigilancia esperanzada:
" En medio de la oscuridad no puedes distinguir al amigo del enemigo. No distinguimos de noche los metales preciosos de las meras piedras. Del mismo modo, el avaro y el licencioso no distinguen la verdad y el valor de la virtud.
«Así como el que camina de noche va muerto de miedo, de igual modo los pecadores andan continuamente atormentados por el miedo de perder sus bienes y por el remordimiento de su conciencia.
«Ea, pues, dejemos una vida tan penosa. Ya sabéis que después de tantas calamidades viene la muerte... Creen los pecadores ser ricos, y no lo son. Creen vivir entre delicias, y no gozan de ellas... Nosotros vivamos sobrios y vigilantes, como quiere Cristo. “Andemos decentemente y como de día” (Rom 13,13). Abramos las puertas para que aquella Luz nos ilumine con sus rayos y gocemos siempre de la benignidad de nuestro Señor Jesucristo»  (Comentario al Evang. Juan, hom. 5).