sábado, 22 de abril de 2017

Comentario a las Lecturas del II Domingo de Pascua 23 de abril de 2017

Durante los domingos que siguen a Pascua, la Resurrección del Señor, las lecturas litúrgicas se referirán a los encuentros del Señor con los Apóstoles, lo que con ellos habló y lo que a ellos les encomendó. Pero no fueron exclusivamente estas las reuniones en las que participó con los que en Él confiaban. Si hubieran sido las únicas, el devenir del grupito de los 12, las mujeres y los discípulos, se hubiera convertido en una secta, o hubiera sido necesario que actuara sectariamente para poder subsistir. En los Hechos de los Apóstoles 13, 30 se refiere a otras, sin detallar apenas circunstancias y contenidos y San Pablo en su primera carta a los corintios (15,5) recuerda que en una ocasión los reunidos eran 500.
Se llama a este Domingo, el de Tomás, por la especial escena sobre su fe. Pero además son las apariciones del Señor Jesús en Domingo, lo que produciría la institución del primer día de la semana como Día del Señor, sustituyendo a la veneración por el sábado que profesaba la religión judía. Hoy nos llega el mensaje de la fe de Tomás y de su arrepentimiento por no creer. Y, así, desde entonces en la cristiandad resuena su “¡Dios mío y Señor Mío!” como una de las oraciones más bellas que podemos recitar en presencia del Señor Jesús Resucitado.

La primera lectura es del libro de los hechos de los apóstoles (Hch 2, 42-47), nos presenta las cuatro bases sobre  las que reposa la vida de la primitiva comunidad. Primeramente la catequesis apostólica, es  decir, la profundización de los hechos y palabras de Jesús de Nazaret; ésta es la primera  actividad que agrupa a los cristianos y edifica la Iglesia (cf. Ef 2,20 y 1 Pe 2,4.5). La  segunda actividad básica de la primitiva comunidad es la exigencia de vivir en unión y de  compartir el amor, por fidelidad al mensaje de Jesús de Nazaret; los bienes en común son  una forma de expresar esta unión y amor. La catequesis apostólica y el amor compartido  toman su significado más profundo en la tercera actividad del grupo cristiano: la fracción del  pan, esto es, el ágape religioso de acción de gracias en memoria de Jesús, el Señor.
Es una instantánea de la vida en la primitiva Iglesia. Tiempos de una importancia especial, momentos en los que vivían los apóstoles, cuando vibraban aún en el aire las palabras del Maestro. Tiempos paradigmáticos, modélicos, cuando se echan los fundamentos de la Iglesia, y se vive con más pureza y autenticidad el mensaje que Cristo trajo a la tierra. Se utiliza como una descripción histórica de la primera comunidad cristiana. A partir de ahí se sacan consecuencias, a veces polémicas o desalentadoras, comparándolo con las comunidades cristianas actuales. Pero esa interpretación es demasiado idealista. Parece claro que Lucas no pretende tal descripción histórica y que, de hecho, las cosas no pasaron tal como están presentadas aquí. Todo ello no quiere decir que el texto en cuestión no sea útil. Todo lo contrario. Lucas quiere mostrar cuál es la comunidad cristiana ideal, a dónde ha de tender todo grupo cristiano en la convivencia y cómo ha de repercutir la fe en los aspectos materiales y económicos.
San Agustín pensaba que, si la sociedad civil viviera también según el estilo de vida de esta primera comunidad cristiana, la sociedad, nuestra sociedad sería una sociedad perfecta. Pensemos cada uno de nosotros hasta qué punto y en qué medida podemos cumplir dentro de nuestras familias, y cada uno de nosotros mismos, este ideal de vida común. Que este ideal de vida en común sea nuestro modelo de vida a seguir, aunque necesariamente debamos adaptarlo a las situaciones y momentos particulares que cada uno de nosotros nos vemos obligados a seguir.

El  responsorial es el salmo 117 (Sal 117, 2-4.13-15.22.24). Salmo compuesto para la liturgia hebrea, este salmo recibe un puesto destacado en la cristiana, que encuentra reflejados en él los misterios redentores de la vida de Cristo.177 El Señor cantó este salmo al finalizar la Ultima Cena: así consta -además de otras fuentes- en las notaciones de los salterios más antiguos.178 Y así, la liturgia de acción de gracias de la Nueva Alianza, inaugurada con la Eucaristía, encontró en la expresión de este salmo una admirable conclusión.
Describe el salmista como de nuevo emergieron repentinamente desde la oscuridad, y se me aproximaron peligrosamente hasta poner sus manos sobre mí, y me empujaban una y otra vez con intención de derribarme en la fosa; pero el Señor se transformó para mí en un muro de contención (v. 13).
El coro estalla en una cantata vibrante, y el estallido va saltando de grupo en grupo en la gran asamblea de los justos: «La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa» (v. 15).
Al ser liberado de ese peligro, el pueblo de Dios prorrumpe en "cantos de victoria" (v. 15) en honor de la "poderosa diestra del Señor" (cf. v. 16), que ha obrado maravillas. Por consiguiente, los fieles son conscientes de que nunca están solos, a merced de la tempestad desencadenada por los malvados.
El coro retorna la palabra para comentar, conmovido, los acontecimientos de liberación (vv. 22-25): resulta que aquél que nuestros ojos lo contemplaron pisoteado bajo los pies de sus enemigos, herido por el aguijón de las lenguas venenosas, despreciado con frecuencia, y siempre el último, resulta que ahora ha sido constituido en la piedra angular y viga maestra del edificio (v. 22).
Es un «milagro patente» (v. 23), todo fue obra del Señor: «ha sido un milagro patente» (v. 24), «es el Señor quien lo ha hecho» (v. 23). «Este es el día en que actuó el Señor'» (v. 24) ¡cantos de victoria para el Señor! ¡Aleluyas y hurras para nuestro victorioso salvador!, «sea nuestra alegría y nuestro gozo» (v. 24), resuene la música en nuestra trastienda, sea nuestra existencia una fiesta, nuestros días una danza, y la alegría sea nuestra respiración. Sucedió que el Señor irrumpió en el escenario de la historia, hizo proezas increíbles, sacó prodigios de la nada y dejó mudas a las naciones. ¡Hosanna! Señor, ¡sálvanos! (v. 25).
San Juan Pablo II comentando este salmo dice: " otro símbolo es el de la piedra. En nuestra meditación sobre este punto nos dejaremos guiar por san Ambrosio, el cual, en su Exposición sobre el evangelio según san Lucas, comentando la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo, recuerda que "Cristo es la piedra" y que "también a su discípulo Cristo le otorgó este hermoso nombre, de modo que también él sea Pedro, para que de la piedra le venga la solidez de la perseverancia, la firmeza de la fe".
San Ambrosio introduce entonces la exhortación:  "Esfuérzate por ser tú también piedra. Pero para ello no busques fuera de ti, sino en tu interior, la piedra. Tu piedra son tus acciones; tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta piedra se construye tu casa, para que no sea zarandeada por ninguna tempestad de los espíritus del mal. Si eres piedra, estarás dentro de la Iglesia, porque la Iglesia está asentada sobre piedra. Si estás dentro de la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán contra ti" (VI, 97-99:  Opere esegetiche IX/II, Milán-Roma 1978, SAEMO 12, p. 85)" .(San Juan Pablo II. CATEQUESIS  12-02-2003 ).

La segunda lectura es de la primera carta del apóstol San Pedro (Pe 1, 3-9)., Esta carta de Pedro fue escrita -según parece- en un ambiente de persecución, va dirigida a paganos convertidos al cristianismo, que viven su fe en un ambiente hostil. El autor aconseja a diferentes clases de personas: a los esclavos cristianos de amos paganos, a las esposas cristianas de esposos paganos, a los dirigentes de las comunidades cristianas; a cris­tianos en general que tienen que habérselas con las costumbres paganas y con la hostilidad que provocan siempre los grupos minoritarios y singulares en medio de una civilización desarrollada.
El fragmento que hoy hemos leído ha sido equipa­rado a una homilía bautismal pues habla de la acción de Dios, por medio de la resurrección de Jesucristo, que nos hace nacer de nuevo, "a una esperanza viva, a una herencia incorruptible". Se trata pues de Dios Padre que nos hace sus hijos y, como a tales, nos tie­ne destinada una herencia digna de su magnificencia y de su infinita misericordia y ternura. El autor nos exhorta a perseverar aun en las dificultades, pues así se consolidará y purificará la fe que profesamos, como el oro en el crisol, una imagen muy viva y muy usada en la Biblia. Esta fe tiene por objeto a Jesucristo quien, dice el autor, amamos y en quien creemos sin haberlo visto. De quien procede la alegría que experi­mentamos en este tiempo pascual.
Es una colección de enseñanzas sobre los temas más apreciados del cristianismo Está dirigida a creyentes de la segunda generación procedentes de diversas nacionalidades (1 Pe 1, 8) . El pasaje que presentado desarrolla una exhortación para mantener viva la esperanza cristiana (1 Pe 1, 3b). Contiene dos partes claramente distinguibles: la primera (1 Pe 1, 3-5), explica la resurrección como una herencia incorruptible que Dios otorga a su nuevo pueblo; la segunda (1 Pe 1, 6-9), muestra cómo la esperanza se hace realidad en la difícil situación que atraviesa la comunidad a causa de las persecuciones: es una prueba de amor y fidelidad a Cristo.
El texto pone en relación la "regeneración en Cristo" ó "nacer de nuevo" con la resurrección de Jesucristo. La realidad del resucitado no nos alcanza únicamente después de la muerte. Por medio de los símbolos cristianos instituidos por la práctica de Jesús, los creyentes reciben un continuo llamado para realizar en su existencia el ideal del Ser Humano nuevo. Pero este ideal no es una idea imposible que se pierde en el infinito. Es una realidad que nos interpela en la existencia histórica de Jesús de Nazaret, muerto y resucitado. La resurrección es, de este modo, una utopía y una realidad de la comunidad de discípulos de Jesús: es la gran herencia de Dios a los defensores de la justicia.

El evangelio es de San Juan (Jn 20, 19- 31), en el texto nos encontramos que los discípulos, que habían comenzado su éxodo siguiendo a Jesús, se encuentran desamparados en medio de un ambiente hostil. No tienen experiencia de Jesús vivo. pero están en la noche en que el señor va a sacarlos de la opresión. Jesús viene a liberar a los suyos. su primer saludo de paz recuerda a los discípulos su presencia anterior en medio de ellos y su victoria, eliminando el miedo y la incertidumbre. se les da a conocer como el que les demuestra su amor hasta la muerte, con las señales que indican su poder (manos) y la permanencia de su amor (costado)
El Evangelio nos presenta a Jesús irrumpiendo al atardecer del primer día en medio del temeroso grupo de discípulos. En la mañana se ha manifestado a María Magdalena. Ella ha recibido del Maestro la primera catequesis sobre la resurrección. Luego, entusiasta, comunica la buena Noticia al resto de discípulos y discípulas. En una doble escena nos presenta la situación de la comunidad frente al resucitado.
En la primera (Jn 20, 19-23), los discípulos se encuentran reunidos a puerta cerrada; temerosos del ambiente hostil representado por las autoridades judías. Jesús irrumpe justo en medio del grupo. La puerta cerrada es símbolo de la condición de la comunidad: por una parte, el ambiente los obliga a replegarse sobre sí mismos; por otra, la experiencia del resucitado acontece al interior de la comunidad aunque ésta no esté resuelta a dar testimonio de El.
La paz que Jesús les comunica es realización de una promesa (Jn 14, 27-28) y cumplimiento de un Gozo (Jn 16, 21-22). El saludo de Jesús manifiesta la nueva condición que experimentan con el resucitado. De la incertidumbre pasan al gozo, del temor al entusiasmo. La identificación del resucitado con el crucificado ahuyenta cualquier intento de ver a Jesús como un ser abstracto. El resucitado es el hombre masacrado por la injusticia y abandonado por sus amigos. Ahora, por la acción de Dios, manifiesta su nueva condición y compromete a la comunidad a identificarlo a partir de su pasión.
Al reiterarles el saludo de paz, el gozo pascual, el resucitado extiende el alcance de su envío. Los discípulos y discípulas reciben ahora el encargo de reconciliar a la humanidad con Jesús. El Espíritu comunica la fuerza de la resurrección: la utopía humana vence la negatividad de una historia de violencia y muerte. El Dios de la vida recompone la comunidad por la fuerza de su Palabra.
La segunda escena se contrapone a la anterior. Un personaje representativo, Tomás, se muestra reticente ante la experiencia del grupo. Tomás no puede creer que en el cuerpo del hombre masacrado se manifieste la gloria de Dios. Por eso, exige rehacer la experiencia del grupo como requisito para participar de la misma fe.
El resucitado irrumpe el domingo siguiente en medio del grupo. En un ambiente eucarístico, como en la anterior escena, invita a Tomás a palpar la realidad del crucificado en la nueva condición del resucitado. Tomás le manifiesta de inmediato su adhesión personal: "Señor mío, Dios mío". Comprende que para creer en el resucitado es necesario "meter la mano" en la realidad del crucificado. La fe de Tomás resulta contradictoriamente paradigmática para la comunidad de creyentes. Muchos aceptarán la fe del Señor haciendo el mismo proceso de la comunidad, pero ya no en la experiencia inmediata con Jesús, sino conociéndolo a través de los miles de crucificados en los que germina una inquebrantable esperanza de resurrección.
El evangelista concluye recordándonos que su obra no es una simple biografía de Jesús. Es ante todo un testimonio de una comunidad que muestra un camino para llegar a Jesús. Los evangelios son caminos comunitarios para alcanzar la fe en Jesús, el Mesías crucificado y resucitado.

Para nuestra vida.
Los cristianos estamos convencidos de la presencia del Señor  (según el Misal, IGMR 28, con el saludo "El Señor esté con vosotros", el presidente  "manifiesta a la comunidad reunida la presencia del Señor"). También nosotros le  descubrimos en su Palabra ("Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de sus  fieles": (cf.IGMR 7. 9. 33). También nosotros nos gozamos de la presencia y la donación de  Cristo que se hace nuestro alimento en cada Eucaristía.
El domingo, la Pascua semanal, el día que Cristo  Resucitado, presente en nuestra vida los siete día de la semana, nos muestra su cercanía  de un modo especial. Como a los apóstoles, nos da su Espíritu, nos comunica su paz, nos  envía a anunciar la reconciliación y fortalece nuestra fe.
Nuestra reunión eucarística dominical es algo más que cumplir un precepto o satisfacer  unos deseos espirituales. Vale la pena presentar los valores del domingo cristiano en unos  tiempos en que está peligrando su misma existencia, o al menos su sentido profundo.
Fajémonos en las lecturas de hoy.
La primera lectura nos presenta la vida de las primeras comunidades. "Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones…" Comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón. Este es uno de los “sumarios” del autor de Hechos que más han impresionado a lo largo de la historia del cristianismo a muchos Padres de la Iglesia. San Agustín, en concreto, quiso hacer del estilo de vida de la primera comunidad cristiana de Jerusalén el modelo y el ideal que deberían tratar de vivir sus frailes dentro del monasterio: rezarían juntos, celebrarían juntos la eucaristía, todos los bienes materiales los tendrían en común y, lo que no necesitaran para vivir lo darían a los pobres.
La gente estaba maravillada ante aquel espectáculo. Mirad cómo se aman, decían. Y la multitud de creyentes crecía sin cesar hasta el punto de exclamar sin jactancia: Somos de ayer y lo llenamos todo... La Iglesia, nosotros los cristianos, es, somos, un signo de salvación para todos los pueblos. Un testimonio evidente del amor infinito de Dios. Un testimonio que ha de estar hecho de una vida honrada y laboriosa, una vida sincera y casta. Dando testimonio de comprensión y de apertura, de perdón,  de lealtad a unos principios y a una moral, de constancia y fidelidad en escuchar y practicar lo que enseña la Iglesia.
No nos desanimemos si no podemos vivir siempre con perfección cristiana, porque sabemos que también dentro de la primera comunidad cristiana de Jerusalén hubo sus fallos. Lo importante es que lo tratemos siempre de vivir con alegría y de todo corazón, como buenos creyentes cristianos, fiándonos de la cercanía y fidelidad del Señor.

El Salmo 117 revela claramente un uso litúrgico en el interior del templo de Jerusalén. Los fieles exaltan la protección de la mano de Dios, capaz de tutelar a los rectos, a los que confían en él incluso cuando irrumpen adversarios crueles. Al ser liberado de ese peligro, el pueblo de Dios prorrumpe en "cantos de victoria" en honor de la "poderosa diestra del Señor", que ha obrado maravillas.
Por consiguiente, los fieles son conscientes de que nunca están solos, a merced de la tempestad desencadenada por los malvados. En verdad, Dios tiene siempre la última palabra; aunque permite la prueba de su fiel, no lo entrega a la muerte. Para expresar la dura prueba que Jesús ha superado y la glorificación que ha tenido como consecuencia, le compara a la "piedra que desecharon los arquitectos", transformada luego en "la piedra angular".

  En la segunda lectura San Pedro, habla de que no hemos visto a Jesús y lo amamos. Las duras pruebas que la comunidad enfrenta son un crisol que templa la fidelidad al Señor. La fe se prueba en el servicio a los hermanos. El servicio a los excluidos es la verdadera fragua de la fe cristiana. Pero el servicio a los hermanos no es un mar de rosas. Como la realidad histórica es constitutiva de la humanidad, nadie está exento de las irremediables tentaciones, dificultades y pruebas de la vida . Cuando la fe es de "buena calidad", como un metal bien caldeado, enfrenta con vigor y sobriedad las dificultades. La comunidad se robustece, siendo camino de redención para la humanidad explotada y deprimida. Este es el testimonio de fidelidad a Jesús, al Dios de la vida.
En el texto resuena el agradecimiento al Señor que brota de las palabras del apóstol Pedro en la segunda lectura: por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Durante estos domingos pascuales iremos leyendo fragmentos de esta carta que tiene un regusto de gozo pascual-bautismal que nos invitará a llenarnos de un gozo inefable y transfigurado.

Y desde esa vivencia nos invita a la alegría " La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final… Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco". Sí, alegrémonos, como nos dice hoy el apóstol san Pedro, con un gozo inefable y transfigurado. El evangelio es siempre buena noticia y nunca amarga la vida. Es lo contrario de un cristianismo de cumplimientos mínimos o de actitud resignada. Será precisamente esta satisfacción interior la fuerza psicológica que moverá espontáneamente a la evangelización de los demás. La diferencia entre el obrar por amor y el obrar por obligación no sólo tiene repercusiones en el interior del sujeto, sino también en su talante exterior.
  La fe, acompañada de la  confianza cristiana, debe producirnos la alegría de saber que la fuerza de Dios nos salvará por los méritos de nuestro Señor Jesucristo. Una fe sin alegría sería una fe sin esperanza, y, como sabemos, sin esperanza, no se puede vivir. También las primeras comunidades cristianas tuvieron que sufrir, a veces hasta el martirio, y san Pedro les recomienda que no perdieran nunca la alegría de ser cristianos.
La enseñanza trasmitida por los Apóstoles y sus herederos nos ha dado el conocimiento autentico de Jesús. Y los elementos para reforzar una fe que, sin duda viene de la profundidad del Espíritu. Hay gracias especiales en estos tiempos de Pascua. Debemos aprovecharlas. Hemos de poner nuestra mirada espiritual en estos textos que tanto nos ofrecen. No podemos perder la oportunidad. Hemos de leerlos y meditarlos con entrega y esperanza.

El evangelio nos presenta el choque del Resucitado con los apóstoles que les llevaba a dar su testimonio, como algo natural, espontáneo y lógico: disfrutaban hablando de Aquel que, bajando a la muerte, subió de la tierra tal y cómo les anunció en los días de su pasión.
Estando reunidos en casa... entró Jesús. La comunidad es el ámbito de la presencia de Jesús. Sin comunidad no hay presencia. Así lo entendieron y practicaron los primeros cristianos: Vida común, todos unidos. Esto es lo que impresionaba y atraía a los judíos. Y esa comunidad, llevada a las consecuencias de compartir, ayudarse y ayudar. Así podía el Espíritu ir agregando nuevos brotes de olivo alrededor de la mesa del Señor.
La presencia de Jesús trae Paz y perdón. "Y entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros»". El signo de la presencia de Jesús era y es la paz. Alegría y gozo, que alejaban la tristeza y la turbación.
En el pasaje de hoy, el Señor transmite a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados, "dicho esto, exhaló el aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados»". Con su soplo, simbolizó que les comunicaba la vida de Dios para perdonar los pecados, como se la insufló a Adán en el paraiso. Es el fin principal de Cristo, Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, como obstáculo que impide que el Reino de Dios entre en el mundo. Mientras reine el pecado, no puede vivir Dios. Los que quieren convertir a la Iglesia en una institución social benéfica, en una ONG más, no han penetrado en su vida mistérica. Ignoran que la Iglesia es un misterio. La Iglesia ha recibido la misión de prolongar a Cristo con sus poderes sacramentales, quitando los pecados y dando la vida de Dios, que incluye la filiación divina, la amistad de Dios, la fraternidad con Jesús y la herencia eterna y gloriosa, "incorruptible, pura e imperecera".
Ese soplo de Cristo sobre los apóstoles recuerda pues, el soplo de Yahvé sobre el rostro del primer hombre, En el caso de Cristo, también ese soplo hizo posible una nueva creación, una nueva historia en la que el hombre puede reconciliarse con Dios, ser perdonado y restituido en su condición de hijo de Dios.
Como, en todos los grupos, salió una voz discordante y disconforme. Tomás, el incrédulo, no solamente no creía que Jesús hubiera resucitado, es que además se negaba a dar por válido y serio el testimonio del resto de sus compañeros. Su fe, la de Tomás, estaba sostenida por su forma particular de comprender y de acoger las cosas: todo lo que no veo, queda fuera de mí.
Pronto, Jesús, se hizo presente. Las puertas estaban tan cerradas como la mente de Tomás y, a la vez, tan fáciles de abrir como el corazón de aquel testarudo apóstol con la simple presencia del Resucitado.
En ese momento, y no lo olvidemos, todos los esquemas de Tomás caen por el suelo. Aquel que, sin ver no creía, de pronto se fía. ¿Y por qué cree? ¿Por qué ve? ¿Por qué siente que su rostro se sonroja ante la evidencia de la nueva vida? ¿Tal vez por qué, Jesús, no merecía tanta incertidumbre, racionalidad o dudas? En el fondo, Santo Tomás, creía pero…quería un cara a cara con el Señor. Pudo más en él, el afán de seguridades, que el misterio de la fe. Su confesión “Señor mío y Dios mío”, no solamente es un grito de fe. También lo es de arrepentimiento.
La respuesta de Tomás a Jesús resucitado –tras verlo-- ha dado origen a una de las hermosas y breves oraciones de la cristiandad. La jaculatoria "¡Señor Mío y Dios Mío!" tan repetida después por miles y miles de hermanos en el momento de recibir la  Comunión.
También, a nosotros, el Señor nos reclama la fe. No tenemos la suerte de asomarnos a ese sepulcro que todavía conserva el calor del cuerpo de Jesús. No poseemos el privilegio de sentarnos frente a Pedro, Juan o Santiago para preguntarles sobre el cómo Jesús resucitó y cómo era. Pero, precisamente por ello, nuestra fe vale lo que el oro fino: creemos por el testimonio de los apóstoles. Creemos por lo que nuestros padres nos han transmitido. Creemos porque, en la experiencia que otros tuvieron del Resucitado, tenemos también puesta nuestra esperanza, nuestra ilusión y nuestra certeza de que Jesús es el principio y final de todo. Creemos porque, la Iglesia, nos ha ido transmitiendo todo esto con sufrimiento, convencimiento y amor: ¡Jesús ha resucitado!
Nosotros no hemos tenido la oportunidad de meter nuestros dedos en el costado o en las marcas que, la pasión de Jesús, dejó en su cuerpo. Pero, también es verdad, que en la Eucaristía, la escucha de la Palabra, la oración personal, los dramas del mundo, la celebración del resto de los sacramentos nos pueden hacer sentir en propia carne la alegría y la experiencia de Cristo Resucitado.
En una visión de conjunto, Lucas nos presenta lo fundamental de la Comunidad cristiana de todos los tiempos: escuchar la Palabra, participar en la fracción del pan (=Eucaristía), oración y vida en común. ¿Son éstas las características de mi Comunidad?
- Como cristianos, peregrinos hacia una patria definitiva, sufrimos dificultades y desánimos. ¿Puede más nuestra esperanza, nuestra fe en el Amor del Padre? ¿O nos puede el abatimiento, y dudamos de su cercanía cuando llegan los problemas?
- ¿También nosotros reclamamos, como el apóstol, ver para creer? ¿Nos sentimos enviados de Jesús a anunciar el Evangelio a los pobres, igual que el Padre lo envió a El?


Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

Lecturas del II Domingo de Pascua 23 de abril de 2017



PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2, 42-47
Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes
vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas, y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.
Palabra de Dios
SALMO RESPONSORIAL
SALMO 117, 2-4.13-15.22.24
R.- DAD GRACIAS AL SEÑOR PORQUE ES BUENO, PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA. (O ALELUYA)
Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R.-

Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos.- R.-

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.-


SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PEDRO 1, 3-9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e imarcesible, reservada en el cielo a vosotros que mediante la fe estais protegidos con la fuerza de Dios; para la salvación dispuesta a revelarse en el momento final.
Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco, en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él; y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas..
Palabra de Dios

ALELUYA Jn 20,29
Porque me has visto, Tomás, has creído dice el Señor: Dichosos los que creen sin haber visto.

EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
-- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
-- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
-- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
-- Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:
-- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
-- ¡Señor Mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
-- ¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
Palabra del Señor

viernes, 21 de abril de 2017

Comentario a las lecturas del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor 16 de abril 2017

Comentario a las lecturas del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor 16 de abril 2017


La fe en la Resurrección del Señor es el tema fundamental de este día. “Este es el día en el que actuó el Señor” canta el Salmo 117. Es el domingo por excelencia. Es el día en el que se expresó su poder soberano venciendo la muerte y que, en consecuencia, es motivo de gozo y alegría para todos los cristianos. En su discurso, Pedro proclama que se le ha encomendado el anunciar y predicar la Resurrección de Cristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él. Ellos han recibido el encargo de predicar que Cristo resucitado ha sido constituido juez de vivos y muertos (1L) San Pablo subraya, de modo especial, que la Resurrección del Señor instaura una nueva vida en el bautizado. El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva. La fe en la Resurrección es la roca firme para san Pablo, el lugar donde se asienta todo su dinamismo apostólico.(2L). El Evangelio nos muestra a Pedro y Juan que, entrando en el sepulcro, “ven y creen”. El sepulcro vacío es para ellos el inicio de una meditación que los conduce a la fe en Cristo resucitado.

La primera lectura es del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 10,34a.37-43) presenta varios versículos del cap. 10, se narra la predicación de Pedro ante un prosélito romano: el centurión Cornelio en Cesarea. Es la primera vez que el mensaje cristiano sale del círculo estrictamente judío en sus diferentes grupos religiosos. Pedro se centra en el anuncio kerigmático típico de los múltiples discursos del libro de los Hechos: 1 / Cristo ha muerto y ha resucitado;
2 / la Escritura, los profetas en este caso, ya lo anunciaban;
3/ nosotros somos testigos de todo lo sucedido;
 4 / cambiad de vida, aceptad la fe en Cristo y bautizaos.
Dios es protagonista absoluto: ha guiado a Jesús con su Espíritu, lo ha resucitado, ha dejado que lo vieran aquellos que él ha querido, y ha encargado a los discípulos la predicación de su mensaje. La resurrección de Cristo es, pues, don de Dios para el pueblo, empezando por los judíos e incluyendo a los paganos.
Lucas no ha inventado el hecho, aunque lo ha enriquecido y acomodado. Del relato que circulaba en la comunidad, Lucas deduce dos conclusiones fundamentales:
1ª. Dios ha mostrado que hay que admitir a los paganos sin imponerles la ley mosaica;
2ª. Pedro, por voluntad de Dios, acepta la hospitalidad de un incircunciso-pagano.
En el trasfondo está la problemática de las relaciones entre judío-cristianos y pagano-cristianos. La interpretación de la visión había hecho comprender a Pedro que no debía preocuparse por la impureza legal (Hech 10, 10-16).
Este quinto discurso de Pedro en Hechos es, en sus detalles, estructura y estilo una composición de Lucas, pero presenta los temas básicos de la predicación cristiana primitiva, del "kerigma" como suele decirse.
En este anuncio lo esencial es el acontecimiento pascual, aunque "la cosa haya empezado en Galilea". La referencia rápida a la vida de Jesús sirve para introducir y razonar el acontecimiento central. No se puede separar la muerte de Jesús de toda su vida anterior, como si fuera algo mágico o inesperado, sino provocado por la misión de Jesús contra los poderes del mal encarnados en los personajes concretos de su tiempo. Los oprimidos que Jesús ayuda no son sólo victimas del "diablo", sino del mal producido por los hombres, simbolizado en esa figura, pero que no ha de despistar al lector.
A Jesús lo matan los hombres (nótese el "lo mataron" del v. 39) y, en contraposición Dios lo resucita. Es decir, le da la razón y se la quita a los poderosos que lo han ejecutado. La resurrección es el Sí de Dios a la forma de vivir de Jesús en favor de los oprimidos y contra los opresores.
No es sólo algo positivo para Jesús, sino para todos los hombres. Ni sólo una esperanza, sino un juicio sobre la situación del mundo. Ni del mundo sólo de entonces. Una forma de "quitarle hierro" a la resurrección es referirla sólo a los judíos, contra los que se yergue el Resucitado. En realidad es condena de toda opresión y mal humanos. Y un grito de esperanza liberadora para todos los que ahora viven.
Lucas quiere dejar muy claro que acoger a los paganos en la Iglesia, sin las obligaciones de la ley judía, no es obra ni de Pablo, ni de Pedro sino de Dios. Obra de Dios como la resurrección, obra plena de la liberación humana.

El responsorial es el salmo 117 (Sal 117,1-2.16ab-17.22-23), salmo pascual por excelencia, el texto sálmico más expresivo de la acción de gracias por la victoria pascual del Señor.
Este salmo fue utilizado por primera vez el año 444 Antes de Jesucristo, en la fiesta de los Tabernáculos (Nehemías 8,13-18). Hace parte del ritual actual de esta fiesta. La fiesta de los Tabernáculos era la más popular: el "patio de las mujeres" en la explanada del Templo, permanecía iluminado toda la noche...
Procesionalmente se iba a buscar el "agua viva" a la piscina de Siloé... Y durante siete días consecutivos, se vivía en chozas de ramaje en recuerdo de los años de la larga peregrinación liberadora en el desierto... En el Templo la alegría se expresaba mediante una "danza" alrededor del altar: en una mano se agitaba un ramo verde; la otra se apoyaba en el hombro del vecino, en una especie de ronda... se giraba alrededor del altar balanceándose rítmicamente y cantando "¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!"
 Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el "Hallel pascual", es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto:  "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (vv. 1 y 29).
En el domingo de hoy cuando se renuevan los misterios y la gracia del día que ha hecho el Señor, nuestro corazón podría desbordar de alegría porque en él pasamos del exilio a la Patria, somos liberados de la esclavitud del Demonio y entramos en posesión de la herencia gloriosa que Dios reserva a sus hijos. Transcurrirá el tiempo en la tierra y, sin embargo, permanecerá este gran Domingo eterno en el cual confluyen -como ríos en la mar- los días de la historia humana.
La Iglesia utiliza este salmo con particular frecuencia y eficacia en el Tiempo Pascual durante el cual conmemora la Resurrección de Cristo. Celebramos el día de la Creación, pero, sobre todo, el Domingo de la Resurrección, cuando la humanidad, perdida por el pecado, es hallada de nuevo en el paraíso de la gracia. Ese Domingo señala para el género humano el inicio de una nueva era y la Iglesia, en la noche de la Vigilia pascual y a lo largo de toda la Octava, saluda el nacimiento de ese día glorioso con el canto solemne de este salmo.
"Nada más grande que esta pequeña alabanza: porque es bueno. Ciertamente, el ser bueno es tan propio de Dios que, cuando su mismo Hijo oye decir 'Maestro bueno' a cierto joven que, contemplando su Carne y no viendo su Divinidad, pensaba que El era tan sólo un hombre, le respondió: '¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios'. Con esta contestación quería decir: Si quieres llamarme bueno, comprende, entonces, que Yo soy Dios."<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]>
No he de morir, viviré. Cristo ya no morirá más. Vive 'según la fuerza de una vida indestructible.
 Ahora «viviré» (v. 17), ya que en los días de aflicción no vivía, agonizaba: mi existencia era un morir viviendo o un vivir muriendo, porque mi alma agonizaba en la fosa de la tristeza; ni podía respirar, la angustia tenía paralizados mis pulmones. Era la muerte. «no he de morir» (v. 17), «viviré» para transformar mis días en un himno de gloria para mi Dios, «para contar las hazañas del Señor» (v. 17).
No he de morir, viviré: "Es una profecía de la Resurrección; en realidad, es como decir: la muerte ya no será más la muerte. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte: Es Cristo quien da gracias al Padre no sólo por haber sido liberado, sino incluso por haber sufrido la Pasión."<![if !supportFootnotes]>[2]<![endif]>
El coro retorna la palabra para comentar, conmovido, los acontecimientos de liberación (vv. 22-25): resulta que aquél que nuestros ojos lo contemplaron pisoteado bajo los pies de sus enemigos, herido por el aguijón de las lenguas venenosas, despreciado con frecuencia, y siempre el último, resulta que ahora ha sido constituido en la piedra angular y viga maestra del edificio (v. 22).
Es un «milagro patente» (v. 23), todo ha sido obra del Señor. Sucedió que el Señor irrumpió en el escenario de la historia, hizo proezas increíbles, sacó prodigios de la nada y dejó mudas a las naciones.
 Jesús es piedra angular de una nueva construcción. Los versículos describen la obra salvífica maravillosa de Dios mediante un proverbio: la liberación de la muerte ha sido tan extraordinaria como si una piedra, desechada como inservible por los canteros, se convirtiera en piedra clave para la edificación.
Este es el día en el que la diestra del Señor se revela como verdaderamente excelsa y poderosa, exaltando a Cristo de la muerte a la gloria. A partir de él, la piedra desechada por los arquitectos es colocada sobre la tierra como piedra angular, porque sobre ella se podrá levantar la construcción de la nueva humanidad, que se alza hasta formar una sola ciudad santa en la que Dios habita con los hombres.

La segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (Col 3,1-4) presenta cuatro versículos de la carta a los de Colosas situados entre la parte de la carta en polémica con las falsas doctrinas -de la que sería al final- y la exhortación a lo que debe ser realmente la vida cristiana.
El pasaje está colocado en una de las secciones exhortativas que se alternan con las secciones dogmáticas de la carta a los Colosenses. Previamente el Apóstol ha ratificado nuestra pertenencia a Cristo por el bautismo (2,11-13a), un tema que retomará más adelante (3,5-11). De este modo el tema del bautismo funge de marco al pasaje propuesto para este domingo de Resurrección, en cuanto que por el bautismo participamos en el misterio pascual de Cristo: pasión, muerte y Resurrección.
Pablo nos define primeramente al cristiano como aquel que, al bajar a las aguas bautismales "murió", y salió de ellas "resucitado con Cristo" a una nueva vida. Si ésta es la realidad fundamental del creyente, todo su modo de pensar y de actuar debe acomodarse a ello: "buscad los bienes de allá arriba". El bautismo, la unión con Cristo resucitado, marca para el cristiano la orientación fundamental de su vida. Y se trata de una vida que camina hacia una plenitud y que está llamada a crecer continuamente.
Este texto aparece en el contexto de la nueva vida en Cristo. Es insistir una vez más en la fuente de donde ella brota y en las consecuencias que tiene. Subraya la dimensión salvadora de la Resurrección, porque no otra cosa es la vida que Cristo resucitado nos da a quienes estamos unidos con él.
Por un lado, se hace la afirmación fuerte de lo ya sucedido a quien por la fe y el bautismo, la vida en la iglesia, ha establecido relación íntima y total con Cristo. Unión que es también, y sobre todo, por el amor a El y a los hombres. El autor de Colosenses llega a afirmar una resurrección del cambio que produce en la vida esta unión con el resucitado. De ahí surge la motivación de cualquier conducta del cristiano.
En primer lugar san Pablo revela que el bautismo no consiste en una piadosa ceremonia, sino que es un gran misterio y, como anteriormente ha indicado, lo más importante que puede acontecer en la vida del creyente. El motivo reside en que en el bautismo participamos plenamente del misterio pascual, de modo que un hombre viejo muere y es resucitado un hombre nuevo "juntamente con Cristo". De esta realidad acontecida en el bautismo, deriva la consecuencia inmediata del cambio de mirada interna que debe caracterizar la vida del cristiano. Ya no puede tenerla fija en las cosas de abajo, sino que tiene que dirigirla resueltamente hacia "arriba" (v.1). Allá está el nuevo centro donde deben converger los deseos de la comunidad cristiana y de cada uno de los cristianos: Cristo, que desde su ascensión a los cielos está enaltecido a la derecha de Dios. El que busca a Cristo allí le encuentra.
Juntamente con este nuevo horizonte que dirige nuestro caminar por esta tierra y hacia donde debemos elevar nuestra mirada, san Pablo recomienda encarecidamente a "aspirar" a las cosas de arriba (v.2). De este modo su exhortación se especifica aún más invitándonos a elevar nuestros juicios, pensamientos y anhelos al "cielo" (es decir, a nuestro Señor Jesucristo glorificado, en quien ya se ha renovado toda la creación), no a las cosas terrenas. Esto significa, sin duda, una radical transmutación de todos los valores y exige del cristiano un desprendimiento creciente de las cosas terrenas. Pero esto no quiere decir que el cristiano pueda descuidar sus obligaciones y tareas terrenas, pero no debe extraviarse en ellas, como si tuvieran un valor definitivo y supremo. El cristiano cumple sus obligaciones terrenas dirigiendo sin ruido su mirada a Cristo, su Señor y su esperanza.
(v.3) "habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios", san Pablo apoya su exigencia precedente de dirigir resueltamente la mirada hacia arriba, en la indicación de que ya hemos "muerto" en el bautismo. Pero también se nos ha dado en Él la nueva vida, la participación en la vida de Cristo resucitado (2,13), que ahora está sentado en el trono de la gloria celestial. Esta vida se sustrae por ahora a la mirada terrena, como el Señor glorificado, está "oculta, juntamente con Cristo, en Dios". Con estas palabras, el Apóstol no quiere decir que el cristiano tenga una doble existencia, una impropia en la tierra y otra propia en el cielo. Lo que se sustrae a la mirada terrena es la misteriosa conexión vital del bautizado con Cristo, manantial de su vida oculta: porque ésta es el mismo Cristo (v. 4). El cristiano vive del misterio que se llama Cristo. Por eso, su mirada también tiene que estar dirigida a Él.

El evangelio según San Juan (Jn 20,1-9) presenta los relatos pascuales con notables diferencias respecto a los evangelios sinópticos, si bien es probable que parta de tradiciones comunes, que, no obstante, han pasado por la criba de la teología propia del círculo juánico.
Es el texto que todos los años se proclama en este día de la Pascua, nos propone acompañar a María Magdalena al sepulcro, que es todo un símbolo de la muerte y de su silencio humano; nos insinúa el asombro y la perplejidad de que el Señor no está en el sepulcro; no puede estar allí quien ha entregado la vida para siempre. En el sepulcro no hay vida, y Él se había presentado como la resurrección y la vida (Jn 11,25). María Magdalena descubre la resurrección, pero no la puede interpretar todavía. En Juan esto es caprichoso, por el simbolismo de ofrecer una primacía al "discípulo amado" y a Pedro. Pero no olvidemos que ella recibirá en el mismo texto de Jn 20,11ss una misión extraordinaria, aunque pasando por un proceso de no “ver” ya a Jesús resucitado como el Jesús que había conocido, sino “reconociéndolo” de otra manera más íntima y personal. Pero esta mujer, desde luego, es testigo de la resurrección.
María hace una constatación en el sepulcro y comunica su interpretación a dos discípulos (vs, 1-2).
En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo.
La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. Los dos discípulos inspeccionan por separado el sepulcro, llegando a conclusiones distintas (vs, 3-8). De hecho, se nota un cierto tira y afloja: "El otro discípulo" llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y ve la situación, pero es el otro discípulo quien "ve y cree".
Seguramente que "el otro discípulo" es "aquel que Jesús amaba", que el evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte.
La figura simbólica y fascinante del "discípulo amado", es verdaderamente clave en la teología del cuarto evangelio. Éste corre con Pedro, corre incluso más que éste, tras recibir la noticia de la resurrección. Es, ante todo, "discípulo", y por eso es conveniente no identificarlo, sin más, con un personaje histórico concreto, como suele hacerse; él espera hasta que el desconcierto de Pedro pasa y, desde la intimidad que ha conseguido con el Señor por medio de la fe, nos hace comprender que la resurrección es como el infinito; que las vendas que ceñían a Jesús ya no lo pueden atar a este mundo, a esta historia. Que su presencia entre nosotros debe ser de otra manera absolutamente distinta y renovada.

Para nuestra vida

En el tiempo de Pascua vivimos los acontecimientos fundacionales de nuestra vida cristiana. Así, ser un signo de la Pascua de Cristo para nuestros hermanos debe llevarnos no sólo a invocar a Dios como Padre nuestro en la celebración Eucarística, sentándonos a su mesa junto con nuestros hermanos; sino que nos debe llevar a sentar también nosotros, a nuestra mesa, a todos aquellos que necesitan el pan de cada día, o que necesitan vestir su cuerpo, o tener una vivienda digna, o ser asistidos en sus enfermedades y sacados de sus marginaciones. Si muchos han proclamado el Evangelio de la gracia a los demás dejando sus hogares, no pudieron llegar a ellos sólo para cumplir con una misión de unos días en que no tenían otra cosa que hacer, sino que deben haber iniciado un nuevo compromiso para estar cercanos a aquellos que necesitan el consuelo constante en sus desgracias, o una luz que los guíe y ayude a salir de sus pecados. El Señor espera de su Iglesia un auténtico compromiso de fe para hacer llegar el amor, la paz, la misericordia y la alegría a todos aquellos que viven oprimidos por el mal, por el pecado o por la pobreza. Al paso de los días no podemos dejar que se diluya nuestro amor por aquellos con quienes vivimos intensamente estos días pascuales; los hemos de seguir amando y hemos de volver a ellos para continuar recorriendo juntos el camino de fe, e impulsando hacia una vida más plena a quienes amamos como Cristo los ama y como Cristo nos ama a nosotros.
Meditemos más desde las lecturas proclamadas.

En la primera lectura nos encontramos ante uno de los varios discursos, construidos por Lucas, para presentar el anuncio de la primitiva Iglesia. Reproduce los puntos fundamentales del anuncio, pero están construidos libremente por Lucas.
Este testimonio de Pedro es un modelo de predicación kerigmática, centrada en el anuncio de la salvación que nos viene de Cristo, el que encarnó entre nosotros la presencia de Dios, el que estaba ungido por el Espíritu, el que pasó como un meteoro de luz y alegría, el que fue apagado por los hombres, pero Dios lo devolvió a la luz y se ha convertido en la estrella viva de la mañana.
En este párrafo destaca: 1) la realidad terrestre de Jesús, la referencia a El como base de lo demás. Aunque se nos escapen detalles de esa historia, es imprescindible para apoyar todo el resto; 2) anuncio de la muerte, también histórica y real del propio Jesús. Hay una alusión a los actores de esa muerte, no mítica o casual, sino provocada por su actividad anterior; 3) sobre todo el anuncio de la Resurrección de Cristo, atestiguada por los propios apóstoles. Es el acontecimiento sobre el que se basa el anuncio y la verdad de Jesucristo para nosotros; 4) dimensión salvadora de todos estos hechos. No son puro recuerdo de algo pasado, sino ofrecimiento y realidad de la salvación de Dios, de su comunicación con el hombre que se abre a esta acción de Dios en la historia. La muerte y la resurrección nos constituyen, si nos abrimos a ella, en una relación diferente con Dios que recibe el nombre de salvación que es más que el mero perdón de pecados. Es la vida total de Dios en nosotros. Vida que nos corresponde vivir y testimoniar a nosotros como creyentes en este siglo XXI

En el salmo 117, experimentamos una emoción particular. Encontramos en este himno, de intensa índole litúrgica, una frase que resonará dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. (v 22)  "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles:  "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta:  "Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado" (Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313).
Este salmo nos estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús "el día en que actuó el Señor", en el que "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud:  "el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación" (v. 14). "Este es el día en que actuó el Señor:  sea nuestra alegría y nuestro gozo" (v. 24).
Demos gracias a Dios porque su Misericordia es eterna. Él nos libró de la mano de nuestros enemigos con su diestra poderosa. Envió a su propio Hijo para rescatarnos del pecado y de la muerte y para que, reconciliados con Él, nos hiciera hijos suyos. Aquel que no tenía ya aspecto atrayente, y que más que un hombre parecía un gusano cualquiera, por su actitud reverente y por su obediencia incondicional y fiel a su Padre, ha sido elevado en gloria para reinar eternamente. Quienes unimos a Él nuestra vida participamos de su Victoria y somos hechos hijos de Dios. Pero ser hijo de Dios no es sólo una dignidad, es todo un compromiso para dar testimonio de que nuestras esclavitudes al pecado y a la muerte han quedado atrás. Ya no continuemos en la muerte; dejemos que Cristo nos levante de nuestras miserias y vivamos para contar las hazañas del Señor con una vida recta, que hable de que en verdad Dios está en nosotros y nosotros en Él.

El texto de la segunda lectura es una catequesis bautismal. Todo bautizado muere y resucita con Cristo. Por eso, debe empezar a vivir una vida nueva, una vida resucitada. Hay que buscar "los bienes de arriba", no los de la tierra; los valores auténticos, no los del consumo. Hay que alzar la puntería, porque Cristo está arriba.
Vida nueva. En la noche bautismal de Pascua todo era nuevo: el fuego, la luz, el agua, los vestidos, la levadura. Empezamos una vida nueva.
El texto abre la parte parenética de la carta y es como el fundamento de la ética o comportamiento cristiano. Contrapone las cosas de arriba a las de abajo. La diferencia sustancial entre el anuncio de la filosofía y el del evangelio radica en la relación histórica que determina el fundamento de la ética cristiana. A la concepción dualista del mundo no contrapone una metafísica cristiana sino una realidad histórica: Cristo crucificado, resucitado y glorificado. Hay una identidad total entre el Cristo glorificado y el Cristo crucificado.
Por tanto el paso de lo de "abajo" a lo de "arriba" no se realiza por prácticas ascéticas, gnosis o misterios, sino por la confesión de fe en Cristo Jesús.
La contraposición entre las cosas de arriba y las de abajo ha influido fuertemente en la teología y en la piedad cristiana, y ha dejado a un lado con frecuencia la realidad de la vida. Basta recordar algunos textos de oraciones, incluso litúrgicas. Buscar las cosas de arriba no significa despreciar los bienes de la tierra para poder amar los del cielo. La responsabilidad del progreso material no se puede separar de la moral cristiana.
La unión con Cristo lleva necesariamente consigo una forma de vivir acorde con eso que se es. Por otro lado, también hay un recuerdo del "todavía no". La vida poseída está escondida. Aún no se vive en todas sus consecuencias de gozo, seguridad, imposibilidad de perderla. También por ello cabe la esperanza. Pero en algo que ya se tiene, no en algo sólo futuro.
San Pablo concluye este pasaje de la carta señalando el último fin de la vida del creyente y de la historia: "Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él" (v.4). Cristo se manifestará al fin del mundo. Entonces saldrá de su retiro celestial y se mostrará como el verdadero Señor del mundo, con miras al cual todas las cosas fueron creadas (1,16), y en quien están "recapituladas" todas las cosas de los cielos y de la tierra (Ef 1,10).

El evangelio de hoy nos situa ante el  inicio del cristianismo y de la Iglesia. De los acontecimientos pascuales arrancará la propagación de la fe al mundo entero. Porque la Vida ha vuelto a la vida. Cristo resucitado es la clave de todas nuestras certezas. Como dirá San Pablo más tarde: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados… Pero no. Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que duermen” (I Cor 15, 14.17.20). En Él toda nuestra vida adquiere un nuevo sentido, un nuevo rumbo, una nueva dimensión: la eterna.
La fe en la resurrección, nos propone un estilo de vida, que nada tiene que ver con la búsqueda que se hace entre nosotros con propuestas de tipo social y económico. Se trata de una calidad teológicamente íntima que nos lleva más allá de toda miseria y de toda muerte absurda. La muerte no debería ser absurda, pero si lo es para alguien, entonces se nos propone, desde la fe más profunda, que Dios nos ha destinado a vivir con El. Rechazar esta dinámica de resurrección sería como negarse a vivir para siempre. No solamente sería rechazar el misterio del Dios que nos dio la vida, sino del Dios que ha de mejorar su creación en una vida nueva para cada uno de nosotros.
Creer en la resurrección, es creer en el Dios de la vida. Y no solamente eso, es creer también en nosotros mismos y en la verdadera posibilidad que tenemos de ser algo en Dios. Porque aquí, no hemos sido todavía nada, mejor, casi nada, para lo que nos espera más allá de este mundo. No es posible engañarse: aquí nadie puede realizarse plenamente en ninguna dimensión de la nuestra propia existencia. Más allá está la vida verdadera; la resurrección de Jesús es la primicia de que en la muerte se nace ya para siempre. No es una fantasía de nostalgias irrealizadas. El deseo ardiente del corazón de vivir y vivir siempre tiene en la resurrección de Jesús la respuesta adecuada por parte de Dios. La muerte ha sido vencida, está consumada, ha sido transformada en vida por medio del Dios que Jesús defendió hasta la muerte.
No siempre resulta fácil creer en Cristo resucitado, aunque nos parezca una paradoja. Una de las cosas que más me llaman la atención de los pasajes evangélicos de la Pascua es, precisamente, la gran resistencia de todos los discípulos para creer en la resurrección de su Señor. Nadie da crédito a lo que ven sus ojos: ni las mujeres, ni María Magdalena, ni los apóstoles –a pesar de que se les aparece en diversas ocasiones después de resucitar de entre los muertos—, ni Tomás, ni los discípulos de Emaús. Y nuestro Señor tendrá que echarles en cara su incredulidad y dureza de corazón. El único que parece abrirse a la fe es el apóstol Juan, tal como nos lo narra el Evangelio de hoy.
Ahí, en esa tesitura estamos nosotros, creyentes y seguidores del resucitado, en este siglo XXI.
Esta experiencia de fe ha de llevarnos paulatinamente a una transformación interior de nuestro ser a la luz de Cristo resucitado. El mensaje redentor de Pascua no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior –por medio de los sacramentos— sin embargo, se realiza de manera positiva, con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu, la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz, suma de todos los bienes mesiánicos; en una palabra, la presencia del Señor resucitado”.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
<![if !supportFootnotes]>

<![endif]>
<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]>.- San Agustin, Enarrationes in psalmos, 117, 1.
<![if !supportFootnotes]>[2]<![endif]> .- San Juan Crisostomo, Expositiones in psalmos, 117, PG 55.